Impactante y esperanzadora, Ana y Bruno, película de animación mexicana, se adentra en el mundo de los seres imaginarios que aterrorizan o acompañan a millones de personas. A través del viaje de Ana, una niña cuya madre está encerrada en un hospital psiquiátrico, explora con humor el mundo obscuro de lo que llamamos trastornos mentales y sugiere salidas sanadoras.

El miedo a la pérdida del equilibrio mental, a los vericuetos del duelo y a la locura suele imponer un pesado silencio sobre éstas y una visión funcionalista de la salud mental. Están sanas quienes “funcionan” en la sociedad, quienes se apegan a su lógica, ven el mundo “como es” y han logrado controlar a sus monstruos internos o no los padecen.

Carmen, la madre de Ana, aparece encerrada en una “casa de reposo” que, desde su arquitectura, nos recuerda los métodos medievales que hasta hace poco prevalecían en muchos hospitales psiquiátricos. A merced de empleadas rígidas y de un médico que se siente todopoderoso, sólo puede ser salvada por Ana, quien parte en busca de su padre acompañada de una comparsa de monstruos astutos y valientes, que le enseñarán a sobrevivir en el mundo de los seres imaginarios, a incidir en la realidad humana y a enfrentar sus miedos.

A través de un paisaje que a veces evoca cuadros de Velasco, personajes reales e imaginarios conviven con armonía o en tensión, enfrentan riesgos y los superan con determinación y (se) explican una realidad donde la desigualdad y el dolor golpean pero no derrotan. El arrojo de seres, como Daniel, quien no ve pero se las ha ingeniado sólo en la vida, conduce a aventuras que hacen reír al público infantil y que rompen con las representaciones victimistas de quienes viven en condiciones de vulnerabilidad. Ser pobre y estar solo en el mundo no es ser débil ni impide apoyar a otros. Como aprenden él y Ana, en situaciones adversas se puede estar solo pero que no se puede lograr lo posible sin ayuda. La amistad y la solidaridad son, pues, inestimables.

Es sin duda un acierto de la película la configuración de la protagonista, Ana, una niña curiosa y lúcida, capaz de enfrentar primero a monstruos extraños, horribles y simpáticos, de afirmar ante ellos su identidad humana y de aprender después a comportarse como lo que descubre ser. Su periplo en busca de su padre, la realidad que enfrenta y acepta ante su antigua casa, su persistencia, le otorgan la calidad de heroína sin perder su capacidad de conmoverse, de sentir miedo, o de entristecerse al pensarse ajena a su madre. Mucha falta hacen en el contexto de las películas actuales, ejemplos como éste de niñas o jóvenes que rompen con los esquemas tradicionales de género. En contraste, llama la atención la caricatura de la mujer celosa, encarnada en una monstruosa elefanta, que reproduce un estereotipo de femineidad excesiva, blanco frecuente de burla.

Ana y Bruno se ha publicitado como película infantil por tratarse de anime o porque su protagonista es una niña, clasificación que algunos consideran inapropiada por el tema de la salud mental. En un país con el grado de violencia en que vivimos, eludir este asunto es lo inapropiado. Como dice Bruno, los niños y los animales son capaces de ver lo que los adultos no vemos.

Ana y Bruno es una realización de gran calidad estética, con animación y música de primera, que se atreve a tocar el tema de los trastornos mentales y sus factores sociales, y critica el autoritarismo patriarcal del aparato psiquiátrico que, como bien señalara Foucault, es un sistema disciplinario semejante a la cárcel con una lógica y métodos todavía brutales y excluyentes en muchos casos. Es también una invitación a imaginar otras posibilidades de convivencia, a creer en el poder de la imaginación y en la capacidad de enfrentar el miedo y vencer a nuestros propios monstruos.

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Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).