La ciudad se vive, se disfruta y se sufre, pero también –  todo el tiempo –  se imagina, se idealiza o se condena. La ciudad se observa y se construye, se añora, nos desborda, se anticipa y se diseña. Es el locus de los derechos y las aspiraciones. Sin ciudad no hay derechos ni oportunidades: al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la salud, al esparcimiento y a una vida digna. Las ciudades crecen o decaen, se transforman, nos complacen o nos irritan. La ciudad es el clímax espacial de la civilización y el motor más potente e incomparable de progreso, productividad y cultura. Su eficiencia territorial y funcional, particularmente en ciudades verticales, densas y compactas, es capaz de minimizar la huella ecológica de las sociedades modernas. La ciudad y el proceso de urbanización son también reactor casi infalible y único de desarrollo económico y social, de mayores ingresos para todos y de reducción de la pobreza extrema. Son la antítesis deslumbrante de la vida rural.

Casi nada de lo humano le es ajeno a las ciudades – incluso, el interés por la conservación de los ecosistemas y de la naturaleza ha surgido en las ciudades, e irónicamente, se reproduce en ellas. Es inevitable que, al verlas, habitarlas, convivir y trabajarlas, las ciudades nos agobien o nos inciten. En la Ciudad de México la tensión entre la exasperación y el apego que sentimos por ella nos mantiene todo el tiempo alerta, con la mirada penetrante y la sensibilidad afilada. Lo mejor de todos nosotros ocurre en la ciudad, también lo peor; la violencia y la impunidad, el abandono, que retan, angustian y necrosan el alma urbana. Sobre todo, cuando gobiernos e instituciones  y nosotros mismos fallamos y no estamos a la altura de su abigarrada complejidad. La ciudad es el más intrincado ensamble de bienes públicos, donde cada conducta, omisión o decisión privada tiene consecuencias públicas, lo que exige múltiples normas o reglas y complicados sistemas de gobernanza donde la acción del Estado es ubicua e indispensable. Es la contradicción más laberíntica, fecunda y reveladora entre lo público y lo privado. El espacio público, útero de la democracia, es producto urbano arquetípico, que nos permite convivir e interactuar, desarrollar valores cívicos, y adquirir identidad y experiencias políticas, estéticas y culturales vitales.

Ingenieros, arquitectos y urbanistas tienen una capacidad privilegiada para intervenir físicamente en la ciudad desde el intelecto, la técnica, la regulación, e incluso el arte. No es que los demás sean indiferentes, sino que ellos poseen una especial predisposición creativa, además de las herramientas analíticas, de diseño y de ejecución necesarias.  México ha sido cuna de celebridades en estas materias. A través de ellos – y también de economistas y sociólogos urbanos– pocas cosas (vitales para todos) escapan a sus ojos expertos; cosas que revelan la extraordinaria riqueza conceptual y funcional de la ciudad como espacio, sistema, entramado de bienes públicos, escenario, y máquina formidable de generación de riqueza y bienestar. La ciudad es una enciclopedia de gobernanza, de regulación del Estado y de planificación. Es también el sitio de mayor intensidad de la obra pública, y de procesos de cambio social, de capilaridad y ascenso. En la ciudad, lo fiscal se vive en carne propia. Aquí observamos y coexistimos con la mayor parte de la agenda de sustentabilidad: energía, transporte, industria, uso del suelo, conservación, calidad del aire, gases de efecto invernadero, residuos, y agua. En la ciudad se padece el derrumbe de los aparatos de justicia y seguridad pública, o su reconstrucción, y los vicios o virtudes políticas de la metrópolis explican los destinos y desempeño de gobiernos locales y federales. Aquí se incuba o retrae la inversión, el consumo y el empleo, y, por tanto, el destino de la economía nacional. El derecho a la ciudad es el derecho a todo lo demás. Triste y frustrante, aunque no sorpresivo, es que en este gobierno no exista política urbana.

@g_quadri

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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