De todas las ideas importantes que se plantearon durante la reforma energética, sólo hay una que está al borde de volverse irrelevante. Con aciertos y desaciertos, hoy hay más operadores petroleros invirtiendo en México. Hay subastas de largo plazo en el mercado eléctrico. Hay inicios de competencia en las gasolineras y en el mercado de gas. Pero el Fondo Mexicano del Petróleo, prácticamente, no es un fondo.

Hace apenas cinco años, era una idea con potencial transformador. Históricamente, México no había podido ahorrar ni un peso de la renta petrolera en el pasado. Ahora, estábamos siguiendo los pasos de países como Noruega, que en vez de “gastarse” su petróleo al sacarlo, lo han transformado en activos financieros acumulables, invertibles. Podríamos, generando retornos, acelerar nuestra diversificación. Podríamos quitar los ojos del corto plazo para empezar a invertir en nuestro futuro.

Sólo que, si el dinero destinado al largo plazo representa oportunidad, en el corto plazo es poder. Representa gasto y programas, para autoridades federales y locales. En la discusión, se protegió al corto plazo con un límite arbitrario. Si usamos el 2016 como la base, los primeros 49,000 millones de dólares de la renta petrolera se destinan al erario; el resto le corresponde al ahorro del fondo. Todos los años, la renta petrolera le corresponde al corto plazo hasta que llegue a 4.7 por ciento del PIB. Sólo después de eso o con los denominados excedentes netos se puede generar ahorro. Pulso Energético, en su momento, calculó que esto significa que para empezar a generar ahorro sustantivo se necesitaría una producción de más de 4 millones de barriles de crudo (con los precios de 46 dólares por barril) o precios de casi 120 dólares por barril, con el ritmo de producción actual.

Esto no significa que el fondo no registre y reporte toda la renta petrolera como dinero que ingresa. Lo que significa es que prácticamente no puede retener, ni invertir ni controlar, nada de ello.

Hoy el fondo reporta un ahorro de largo plazo de 981.8 millones de dólares. El fondo noruego que nos sirvió de inspiración original tiene más de 1 billón. Asumiendo que el ahorro mexicano se logró en un solo año, tomaría más de 1,000 años alcanzarlo. El fondo petrolero mexicano prácticamente no es un fondo.

La solución, por supuesto, no es extinguir el Fondo. Es revisarlo.

Primero, tenemos que generar condiciones para que pueda actuar como verdadero fondo. Pero, ya entrados en cambios, vale la pena retomar la idea que el Imco plantea. Si logramos conectar al fondo con las pensiones de los trabajadores, estaríamos logrando algo realmente histórico: vincular al mexicano con la renta petrolera que le corresponde. Si una parte de la renta aterriza en nuestro dinero de retiro, creo que seríamos bastante menos tolerantes no sólo del dispendio y la corrupción histórica del sector petrolero y su sindicato, sino de las oportunidades que se desaprovechen por falta de inversión oportuna. Hacia adelante, además, tendríamos un mecanismo potente para impulsar la equidad intergeneracional.

A los cuatro candidatos parece haberles pasado de noche el tema. Mientras que los mexicanos manifiestan en las encuestas serias dudas sobre qué tanto los beneficia Pemex, nuestros candidatos presidenciales han salido a prometer más Pemex, más producción o ambas. O volver a Pemex a sus glorias del pasado, como si no nos acordáramos de los abusos, o llevar la producción a 3 millones de barriles diarios, como si no nos acordáramos de todas las promesas de producción incumplidas.

No abogo por que encojan a Pemex o la producción, por supuesto. Y entiendo que estamos en campaña. Así que mantengo la esperanza de escuchar, ya en la transición, este tipo de soluciones de fondo.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell