El acercamiento que nuestro país busco tener con China tanto el sexenio pasado como el actual no ha logrado materializarse en resultados positivos concretos. El propósito fue inadecuado por lo que fracasó. El error ha sido pretender recibir parte de su abundante liquidez desconociendo que el fondo está en aprovechar la situación geográfica de México para seguir penetrando el mercado de EU. Así, llevamos 10 años viendo circular decenas de cartas de intención supuestamente avalando cientos de miles de millones de dólares para construir trenes suburbanos que conectan aeropuertos, destinos turísticos completos que harían de Los Cabos un balneario sin haber concretado nada. El espejismo de la “fortuna económica China” con la falta de visión estratégica y enfoque equivocado han sido la fórmula para perder tiempo en lo que realmente vale la pena. Nuestro comercio con China viene creciendo al tiempo que ellos pierden terreno en EU. La realidad anterior obliga a construir una estrategia de largo plazo más rentable que esperar que los asiáticos paguen nuestra infraestructura.

En este sentido el presidente Andrés Manuel López Obrador modifica la lógica de su antecesor y la del comienzo de su gobierno, poniendo en la mesa de la Casa Blanca, ante sus homólogos Justin Trudeau y Joe Biden, la pertinente idea de competir con China lo que resta del siglo. La nueva arquitectura económica mundial después de la crisis financiera del 2008, el acelerado avance tecnológico al que asistimos y el Covid, requieren la formación de bloques económicos fuertes que sepan jugar como se hace en el ámbito internacional. El país asiático, es cierto, representa un gran mercado con el agregado de su capacidad logística, tecnológica y de manufactura; desafortunadamente, buena parte de esto lo ha logrado explotando trabajadores, copiando todo lo que puede sin el más mínimo recato para violar los derechos de propiedad, sin mencionar los más elementales derechos humanos y civiles de sus ciudadanos. No estamos ante monjes franciscanos o mejor dicho tibetanos. David Ricardo desarrolló la teoría de la complementariedad de las economías, es lo que vivimos y que propone el presidente para Norteamérica y en su caso, el resto de América. No existe tal globalización, lo que estamos presenciando es la formación de poderosos bloques comerciales con fuertes vicios proteccionistas que nosotros no vamos a cambiar. La salida no es dejarnos que China riegue dólares amasados por vía de vender al mundo billones en mercancías comprando centavos. Ha llegado la hora de que China comience a comprar las mismas cantidades que vende, allí está nuestra oportunidad. Entre tanto el país no tiene de otra, es con EU, Canadá y próximamente Inglaterra con quien tenemos que juntarnos en el vecindario para asegurar agua, energía, dinero, empleos, tecnología y bienestar por los siguientes 100 años. Como vecinos confiables debemos demostrar que tenemos capacidad para producir medicinas, chips, electrodomésticos, materiales aeroespaciales y compartir tecnología con la seguridad de no copiárselas sino compartirla. El nombre del juego es venderle a China siendo actores determinantes en el bloque norteamericano.

Carlos Alberto Martinez Castillo

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho y Filosofía

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaría de Hacienda, la Presidencia de la República y en Washington, DC. Autor de libros en historia económica, regulación financiera, política monetaria, economía y ética.

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