La calidad de una sociedad se refleja en gran medida en el trato que da a mujeres, niñas y niños. Se aprecia también en sus actitudes y prácticas hacia las personas extranjeras, en particular hacia las y los migrantes que viven en su territorio o lo atraviesan. La conducta de muchos gobiernos y de la sociedad hacia las mujeres durante esta cuarentena ha corroborado que las transformaciones impulsadas por el feminismo desde el siglo XX no han bastado  para contrarrestar la misoginia social e institucional.  En  México, la ausencia de políticas públicas para prevenir la violencia machista o garantizar la autonomía de las mujeres es responsabilidad del Estado pero es también una falla social añeja. Las medidas hacia la población migrante, tomadas o ignoradas, por los gobiernos de nuestro país y del continente americano, por otra parte, confirman a su vez que la xenofobia y el racismo no son fallas circunstanciales sino parte integrante de políticas públicas y de actitudes sociales excluyentes que las crisis agudizan, con alto costo humano.

Los padecimientos de las poblaciones migrantes, que suelen agravarse en tiempos inestables, han quedado en la invisibilidad para la mayoría, ya que muchos tienen que preocuparse por su propio bienestar, su salud y su vida y las de sus familias. Esta indiferencia social, consciente o no, ha favorecido las tendencias autoritarias y excluyentes que caracterizan a muchos de los gobiernos de nuestra región, y no sólo a Estados Unidos o El Salvador, como sugiere  la cobertura mediática. De ahí la importancia de la iniciativa  (IN) MOVILIDAD EN LAS AMÉRICAS, impulsada por 30 especialistas de diversos países para “mapear” las consecuencias del covid-19 en relación con  las poblaciones migrantes, con el fin de mostrar “los espacios ocultos”, los “conflictos latentes” que solemos ignorar; entre ellos el control social que impone in-movilidad o expulsión a las poblaciones transmigrantes (www.inmovilidadamericas.org).

Así, por ejemplo, este proyecto documenta cómo desde el inicio de la cuarentena en marzo, distintos gobiernos de las Américas fueron cerrando sus fronteras, sin  avisar a las poblaciones binacionales o transfronterizas, sin tomar en cuenta lazos familiares, condiciones de vulnerabilidad o peligro para quienes quedaban atrapadas en un país extranjero, con o sin papeles, expuestas a las políticas del país de residencia o tránsito. Como si la pandemia hubiera tomado a todos por sorpresa, no hubo un acuerdo continental ni regional para garantizar la protección de las poblaciones migrantes. Así cientos de miles o millones de personas han quedado varadas en un territorio, sin apoyo ni protección, o han sido deportadas o encerradas, muchas veces con riesgo para su salud y  su vida, según la buena o mala voluntad de cada gobierno.  Alguno, como Estados Unidos, ha seguido deportando a migrantes “irregulares” , incluso enfermos de covid-19, lo que viola  su derecho humano a la salud. Brasil, en contraste, otorgó a poblaciones migrantes apoyo económico para sobrellevar la pandemia. México, como sabemos, deportó o sacó de las estaciones migratorias a muchos, sigue recibiendo a personas deportadas de Estados Unidos pero carece de una una política humanitaria hacia las miles de personas que han quedado atrapadas aquí, sobre todo en el norte.

En contraste con la falta de acuerdo explícito para garantizar la vida y la salud de millones de migrantes en el continente,  se han dado coincidencias ominosas en las prácticas gubernamentales autoritarias: además del cierre de fronteras, la desposesión de derechos, la anulación del derecho de asilo y de refugio, la promoción del miedo,  el trato despreciativo trabajadores “sin documentos”, aun cuando su mano de obra sea indispensable; maltrato e invisibilización de niñas, niños y adolescentes,  y otras políticas de marginación y precarización que causan sufrimiento y que, al devaluar la vida de unos, devalúan la convivencia y la vida de todos nosotros. Tolerar esta exclusión nos hace corresponsables de ella y nos expone a ser un día también entes “desechables”.  

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).