Desde que la cobardía existe, la mentira goza de barra libre. Donald Trump ha mentido 15,423 veces desde que inició su gobierno, el 20 de enero del 2017, hasta el pasado 10 de diciembre (Fact Checker del diario The Washington Post).

En los dos últimos meses, en promedio, Trump realizó 32 afirmaciones falsas o engañosas por día. El proceso de destitución le “obligó” a mentir con más frecuencia. Toda acusación en su contra la niega porque la mentira es su verdad.

La verdad ya no vende. Si un candidato presidencial se presentara a las elecciones de Estados Unidos el próximo año con una sola promesa, no mentir, ¿ganaría las elecciones?

Evo Morales apuesta a la desinformación para mentir de manera cínica. Dice que los militares le recomendaron abandonar el gobierno, pero hasta el día de ayer no había dicho que el principal sindicato de su país también le pidió su renuncia por el fraude electoral que él cometió. Ocultar es mentir. Mintió al decir que el 10 de noviembre había dicho que ante una nueva convocatoria de elecciones presidenciales él no se presentaría. Sí lo dijo al periódico El País, pero desde México, el 13 de noviembre.

El presidente de Guatemala, Jimmy Morales, le agradeció a la CICIG su investigación sobre la trama corrupta de Otto Pérez Molina, pero prefirió mentir cuando los mismos investigadores encontraron a dos de sus familiares implicados en temas de corrupción. No sólo mintió, también corrió a la CICIG de su país.

Adela Cortina escribe que el costo de la factura de la inmoralidad es impagable, pero quienes la intentan pagar son los más vulnerables. Lo mismo pasa cuando un político no hace buen gobierno, quien más lo sufre es quien más lo necesita.

Mentir es un derecho, premisa de los que apelan a ella en 15,423 veces en 1,055 días en su Presidencia.

En febrero del 2003, el secretario de Estado Collin Powell presentó ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas un conjunto de fotografías satelitales para demostrar que Saddam Hussein utilizaba armas de destrucción masiva. Así inició la invasión de Estados Unidos a Irak en el 2003. Las fotografías eran sobre África, no sobre Irak. Powell renunció al cargo gracias a los últimos gramos de pudor que le quedaban.

La bolita se la pasó a Tony Blair. El primer ministro británico de entonces también mintió ante la Cámara de los Comunes, y según un libro escrito por su ministro de Exteriores, Robert Cook, el líder de la tercera vía sabía que Hussein no contaba con armas de destrucción masiva dos semanas antes de que iniciara la invasión.

José María Aznar mintió al señalar a ETA como responsable del ataque terrorista en la estación de trenes de Atocha, en Madrid, ocurrido el 11 de marzo del 2004. CNN y la BBC revelaron la mentira la misma noche. Fue Al Qaeda. Dos días después, el candidato del PP, Mariano Rajoy, sería derrotado por el PSOE.

Los talibanes no participaron en los ataques terroristas de las Torres Gemelas de Nueva York en el 2001. Sin embargo, George W. Bush los implicó y les declaró la guerra; 18 años después, la guerra continúa en Afganistán.

Es mentira que las redes sociales entren en la categoría de medios de comunicación desde la concepción anglosajona. Al no esclarecer esta sencilla premisa, la proliferación de las noticias falsas se ha disparado a tal grado que empresas como Cambridge Analytica le facilitaron a Trump la llave para entrar a la Casa Blanca gracias a la base de datos de Facebook.

La seducción ya no forma parte de la realidad. Trump o Boris Johnson nos dirían que hay que reinventarla a través de la mentira.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.