Errores estratégicos de Mauricio Macri descuidaron la educación

En la maraña de desaciertos de estos casi cuatro años de macrismo hay una cuestión fundamental que nunca fue tomada en cuenta por sus equipos políticos, aquellos que se ocuparon de difundir eventuales logros del gobierno sólo por las redes sociales sin percibir que, debajo de la superficie, se estaba librando una tremenda batalla cultural destinada a dinamitar valores, esencia del populismo, tal como suele pregonar Cristina Fernández.

Ni Marcos Peña ni Jaime Durán Barba jamás se anoticiaron de ello y, en todo caso, estos dos profetas del marketing político de cáscara vacía parece que han llegado bastante tarde para apagar el eventual incendio.

La legión de esperanzados en el “sí, se puede” dar vuelta a la elección entre octubre y noviembre tiene que saber que, más allá de la mala imagen que supo recoger Mauricio Macri y el testimonio de los desencantados por derecha, existe hoy en la sociedad un trasfondo de fin de ciclo, porque el kirchnerismo siguió operando en las sombras sobre sectores sociales que poco y nada saben de los monumentales negocios que se le achacan.

Cuando en la crisis anterior, la del año 2001, el presidente Fernando de la Rúa creyó que quien había metido el país en la convertibilidad iba a ser el indicado para desactivarla, convocó a Domingo Cavallo. No tuvo tiempo para hacerlo, instauró el llamado “corralito” y aquel presidente tuvo que irse.

Hoy, se suele decir que la misma gente, que en el 2015 votó a Mauricio Macri para que arreglara los desaguisados económicos del kirchnerismo, votará nuevamente al kirchnerismo para que saque al país de los problemas que creó.

Apuestan quizás a recuperar aquella mística del 2003, cuando Néstor Kirchner y el precio de las materias primas lo hicieron viable, después del ajuste brutal de Eduardo Duhalde. La historia parece que se repite: “El que trajo al loco, que se lleve al loco”.

Y otra pregunta relevante: ¿estos votantes del 2019 son la misma gente de entonces? Y allí está la clave de las pasadas elecciones primarias, porque si se atiende la composición de la edad de los votantes, la cuestión de la misma gente no parece verificarse, ya que los más jóvenes, de los 16 en adelante, quienes no vivieron casi aquella época del fin de ciclo de los Kirchner, hoy se han volcado masivamente hacia la oposición.

Pero hay más para explicar el problema que sorprendió a Cambiemos, ya que mientras, a fines del 2015, Peña y el gurú ecuatoriano le aconsejaban a Mauricio Macri avanzar con el gradualismo económico por carecer de una mayoría representativa en el Congreso, no hacer olas con las bombas que dejaron los K y parecerse un poco al populismo que se intentaba desarraigar (“kirchnerismo de buenos modales”, definió José Luis Espert), en el subsuelo nunca se detuvo el control ideológico de la educación pública, una prédica sustentada en la pobreza de contenidos y en la deserción, a veces interesada, de los padres.

Si bien los temas del agrado de los jóvenes de hoy están sustentados en tendencias mundiales (diversidad de género, lenguaje inclusivo, ecología, aborto, veganismo, legalización de la marihuana, etcétera), conceptos que la izquierda cree de patrimonio propio, el enfoque local tiene mucho del resentimiento argentino.