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La Cultura de la Paz, Dos siglos de Independencia
A José Francisco Ruiz Massieu
En el aniversario XXVII de su asesinato
Ayer se conmemoró la entrada a la capital de México del Ejército Trigarante y hoy, el bicentenario de la suscripción y promulgación del Acta de Independencia.
Tan importante celebración amerita un recorrido histórico para recordar algunos de los más destacados eventos ocurridos a lo largo de esos 200 años.
Iniciamos la vida independiente con el primer Imperio Mexicano al auto proclamarse como emperador Agustín Iturbide. En 1823 se instauró la República Federal, año en el que Santa Anna asumió el poder, quien de manera intermitente gobernó hasta 1855. Participó en la invasión norteamericana ocasionando la mutilación territorial de México.
Los colonos texanos, auspiciados por Estados Unidos, se separaron de México en marzo de 1836 y nueve años después se anexaron a Estados Unidos, país que nos declaró la guerra y nos invadió en mayo de 1846. Finalmente, en febrero de 1848, nos arrebataron los territorios que actualmente ocupan los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma. De tener un territorio de casi 5 millones de kilómetros cuadrados, hoy nuestra extensión territorial es de menos de dos millones. Sin duda, la relación con Estados Unidos y nuestro país siempre ha sido compleja.
Francia también nos invadió en dos ocasiones. La primera de abril de 1838 a marzo de 1839, conocida como “Guerra de los Pasteles”.
Con las Leyes de Reforma, expedidas en los años 50’s del siglo XIX, se suprimieron los privilegios de la iglesia y del ejército, se desamortizaron los bienes eclesiásticos, se decretó la libertad de cultos y se creó el Registro Civil. Dichas leyes polarizaron a la sociedad mexicana, polarización que escaló hasta convertirse en la Guerra de Reforma de 1858 a 1861, que enfrentó a conservadores y liberales, éstos ganaron finalmente. El alto costo de esa guerra impulsó al gobierno de Benito Juárez a aplicar una suspensión de pagos a Francia, España y el Reino Unido, lo que provocó la segunda intervención francesa, que tuvo lugar entre los años 1862 y 1867. Ese conflicto fue aprovechado por los conservadores para propiciar la instalación del segundo imperio en México encabezado por Maximiliano, quien finalmente fuera fusilado en junio de 1867, con lo que se restauró el sistema republicano en México.
El Porfiriato fue otra etapa compleja e importante de nuestro País. Con una presidencia de más de treinta años, de noviembre de 1876 a mayo de 1911. En ese periodo se logró un importante desarrollo económico, en beneficio de unos cuantos. Es de reconocerse que entre los principales logros de ese periodo se encuentra la expansión de los ferrocarriles en México, grandes obras de infraestructura, el crecimiento de la inversión extranjera y el desarrollo del capitalismo en la economía mexicana.
En 1910, a pesar de haber asegurado que no buscaría otra reelección, Díaz no cumplió. Su principal oponente, Francisco I. Madero, fue apresado. Ello no lo detuvo para proclamar el Plan de San Luis en el que convocó al pueblo a levantarse en armas contra el Gobierno. El 20 de noviembre de 1910 dio inicio la guerra civil conocida como Revolución Mexicana. Tristemente, un movimiento contrarrevolucionario, encabezado, entre otros, por Victoriano Huerta, dio un golpe de Estado. Asesinaron a Madero y al vicepresidente Pino Suárez. Huerta se hizo dictador, lo que ocasionó la reacción de jefes revolucionarios como Venustiano Carranza y Pancho Villa. Poco después de un año de levantamientos, y después de la ocupación estadounidense de Veracruz, Huerta renunció a la presidencia y huyó del país.
Debemos tener presente que las hazañas de México, que son la victoria en la guerra de Independencia, la Reforma y la Revolución las logramos solos.
Ya en el México postrevolucionario, luego de los gobiernos militares, durante décadas fuimos capaces de construir un desarrollo estabilizador y continuo, una cadena transexenal, que permitió un crecimiento denominado “milagro mexicano”.
Para la última década del siglo pasado se aceleró el tránsito a la democracia de manera ordenada y concertada, en ese tránsito coincidieron prácticamente todas las fuerzas políticas, de tal suerte que en 1997 se logró el triunfo que se consolidó en el 2000 con la primera transición democrática concretada en una Presidencia de la República que, por primera vez en 70 años, obtuvo un partido distinto al que predominó durante el siglo pasado. No es aceptable ignorar que la Democracia es una forma de gobierno en la que existe división de poderes y contrapesos, es el sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes.
Hoy, dos siglos después de que lográramos la independencia, todo indica que lo nuestro es el conflicto, que nos es imposible la armonía en la evolución de nuestra democracia.
Es fundamental conocer nuestra historia para saber que somos lo que somos, porque fuimos lo que fuimos. Pero es inútil y estéril esforzarnos en intentar cambiar hechos y eventos. Lo hecho, hecho está.
Lo conveniente para todos es actuar responsablemente en el presente, aprovechar nuestro legado y adoptar una visión de futuro.
Debemos estar orgullosos de que México no le debe nada a la OEA, no le debe nada a la América del Norte ni a los países latinoamericanos. Nuestros grandes logros en América y en la ONU han sido el TLC, el TMEC, el Tratado de Tlatelolco, el Grupo de Contadora y el reconocimiento del mar territorial.
Hoy estamos inmersos en una debacle que incluye un constante golpeteo a las instituciones que nos hemos dado los mexicanos a lo largo de décadas y el debilitamiento del Estado de Derecho con contrarreformas y ocurrencias legislativas carentes de análisis de especialistas. Nada más alejado para construir una cultura de la paz y recuperar la armonía.
Dos siglos después, la desigualdad sigue siendo un reto, lo mismo que el tender puentes, que debiera ser una prioridad política. En vez de ello, se ha instaurado una nueva “inquisición” para acabar con quienes no comulgan con las ideas del Presidente.
Detengamos el deterioro de nuestro tejido social, reconociendo que la Ley es la prioridad, el camino y el objetivo a alcanzar.
*El autor es abogado y mediador profesional.
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