Las discusiones acerca de la crisis ambiental suelen centrarse en señalar actividades industriales, alcanzar una economía de cero emisiones netas de carbono y en el costo para lograr estos objetivos. Ante la crisis climática que enfrentamos se necesita un cambio radical donde el capital natural y sus procesos pasen de tener un valor marginal a una administración y protección activa de estos recursos. Para esto se necesita un claro entendimiento del desequilibrio entre la naturaleza y los humanos.

La producción de recursos naturales se caracteriza por una interacción entre elementos, minerales, vegetales y animales a través de reacciones físicas, químicas y biológicas con la  participación de la energía solar y el agua como principales activos. Un insumo primordial en estos procesos es la energía para hacer las transformaciones que se requieren para sostener la vida en el planeta. En este proceso la energía se convierte en calor residual y el problema del planeta es usar esa energía lo más lentamente posible y reutilizar los desechos generados.

La producción de bienes por los humanos es un proceso similar, extraemos elementos de la naturaleza, usamos energía natural para transformarlos y los desechamos. En algunos casos hemos logrado que los desechos se reintegren a la naturaleza adecuadamente, pero en la gran mayoría de los casos los desechos industriales no se reintegran ni se reutilizan.

El problema es que los humanos primero aprendimos a usar química simple para tratar de entender las transformaciones de la materia, luego química más compleja para fabricar insumos como plásticos y polímeros, pero nuestro conocimiento no está al nivel de la química que opera en la naturaleza, la que da origen a la vida y que ha permitido que los  sistemas ecológicos evolucionen sin dañar el planeta.   En la naturaleza, los elementos bioquímicos circulan una y otra vez usando agua, la energía del subsuelo y del sol. Los procesos industriales son mucho más ineficientes, quemamos elementos bioquímicos que almacenan grandes cantidades de energía para generar calor que utilizamos como fuerza bruta para empujar pistones que mueven cosas. La energía mecánica generada la usamos desde la agricultura hasta la construcción sin tomar en cuenta que esta energía se convierte en calor que calienta la atmósfera y no es reutilizable. 

Es necesario internalizar que una vez que la energía es utilizada es irrecuperable y que toda función humana consume energía y produce calor residual. De esta manera el problema ambiental podría reducirse a analizar la relación entre el comportamiento humano y la velocidad de transformación de la energía útil en calor residual. 

Un cambio urgente debe ser la forma en que entendemos el desarrollo económico actualmente, la cual ha llevado a un consumo excesivo a través de la producción y consumo  desmedidos sin consideración del daño ecológico. Estrategias como la economía circular, que tienen como objetivo reducir tanto el uso de recursos naturales como la producción de desechos, van en esa dirección. La intención es circular en la economía lo que tomamos de la naturaleza durante el mayor tiempo posible para extraer todo su valor potencial. Esto reduce directamente el uso de energía útil.

Cambios en los patrones de consumo, individual y colectivo, juegan un importante papel en esta transformación. Sin una demanda por el consumidor, la oferta de productos no sustentables no es económicamente viable. Estos cambios dependerán de cuánto valoramos el consumo excesivo frente a la conservación de la naturaleza, de la cual depende nuestra  existencia.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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