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El trasfondo ideológico de la amenaza rusa

La masiva concentración de tropas rusas en la frontera con Ucrania representa sin lugar a dudas la más importante amenaza militar que Europa ha enfrentado desde el colapso de la Unión Soviética. Se trata de una amenaza muy superior en términos de sus posibles consecuencias sobre los Estados que conforman la Unión Europea a la amenaza que, en su momento histórico, representó la desintegración de Yugoslavia y la consecuente guerra de los Balcanes. Para poder calibrar a profundidad la peligrosidad de esta amenaza, conviene analizar el marco ideológico del cual emergen las decisiones estratégicas que el gobierno Ruso ha venido tomando en los últimos tiempos con relación a Ucrania.
En primer lugar es indispensable tener presente que cada Estado nacional posee sus propios fundamentos ideológicos de legitimidad política. Estos fundamentos son producto de su particular historia o, para utilizar un término más preciso, de su particular morfogénesis estructural e institucional. En el caso de la Rusia post-soviética contemporánea y, en especial, de la Rusia que se ha venido desarrollando bajo el liderazgo de Vladimir Putin desde comienzos del siglo XXI, la configuración ideológica del Estado ha venido alejándose sistemáticamente de lo que podríamos denominar el “modelo occidental” originalmente planteado y defendido por Boris Yeltsin. La transformación reciente del Estado Ruso sugiere la apertura de una ruta evolutiva que le aleja cada vez con mayor claridad del clásico modelo occidental basado en una síntesis histórica entre “democracia”, “descentralización” y “capitalismo de mercado”, al tiempo que le aproxima de manera cada vez más evidente al modelo Chino, es decir, a un modelo de evolución política y económica estructurado a partir de una particular combinación entre “autoritarismo”, “centralización” y “capitalismo de Estado”.
Si bien es un hecho que, a diferencia de lo que ocurre en China, la retórica comunista y sus formas institucionales (primacía de las estructuras de poder del Partido Comunista sobre las instituciones gubernamentales) dejó de tener viabilidad histórica tras la caída de la Unión Soviética, resulta cada vez más evidente que la Rusia de Putin constituye una nueva versión de una profundamente arraigada tradición política autoritaria y centralista. Esta tradición política, si bien ya no deriva su legitimidad de un discurso de justicia social y emancipación proletaria de perfiles marxistas, ha encontrado una nueva fuente de sustentación ideológica en un nacionalismo exacerbado semejante al surgido en el contexto histórico de la segunda guerra mundial.
Tal como ocurrió en el caso del Estado comunista fundado por Lenin y que, bajo la dictadura de Stalin, se transformó en un Estado totalitario muy semejante en sus métodos de control, opresión y represión a los regímenes fascistas surgidos en Italia y Alemania, el nuevo Estado Ruso ha desarrollado un discurso ideológico de carácter nacionalista que, entre otras cosas, implica una activa oposición al orden político y económico surgido tras el colapso de la Unión Soviética. La Rusia contemporánea confronta el orden global surgido después de la guerra fría, incluyendo a la Unión Europea, en virtud de que considera que éste constituye una estructura de poder económico y político que, después de la derrota infringida sobre la Unión Soviética en el marco histórico de la guerra fría, ha sido diseñada con la finalidad central de preservar la hegemonía de los Estados Unidos.
Esta activa oposición “nacionalista” a occidente se ha convertido en una de las principales señas de identidad de un régimen político que, a fin de cuentas, no deriva su legitimidad de instituciones y procesos democráticos (Vladimir Putin es de hecho un dictador que se presenta ante el mundo como un presidente electo por el pueblo ruso) sino de formas de interpelación política claramente populistas que, lejos de ser ajenas al país, encuentran sustentación cultural en lo más profundo de la historia Rusa. La existencia de un nacionalismo expansionista anti-occidental es parte fundamental de una cosmovisión que se remonta al origen mismo de Rusia.
Desde la transformación del Gran Príncipe de Moscú, Iván IV “El Terrible”, en el primer Zar (César) de todas las Rusias, el gran país euro-asiático ha construido una imagen de sí mismo que le proyecta como una fuerza imperial autónoma, es decir, como un enorme y poderoso Estado destinado a convertirse en el poder hegemónico del mundo eslavo. Esta cosmovisión se ha impuesto históricamente sobre todos los intentos de aproximación e integración del gigante eslavo en una primera instancia a Europa y, posteriormente, al orden occidental más amplio surgido a partir de la consolidación de los Estados Unidos como la mayor potencia económica y militar del mundo. La idea de un imperio Ruso provisto de un espacio hegemónico propio cuya construcción y preservación justifica la colisión frontal con Europa occidental y Estados Unidos ha sido parte de una narrativa de poder que se ha impuesto históricamente sobre la idea alternativa defendida, entre otros, por Pedro “El Grande” y Boris Yeltsin, de transformar a Rusia en un Estado “moderno” a partir de la asimilación de valores e instituciones occidentales.
La combinación entre este exacerbado nacionalismo sustentado en la añeja doctrina política del pan-eslavismo (la unión en un sólo gran Estado de todos los pueblos eslavos) y la aversión profunda a un mundo occidental que, si bien incluye a la Unión Europea, se encuentra capitaneado por Estados Unidos y el Reino Unido, las grandes potencias anglosajonas, ha generado un marco ideológico dentro del cual la invasión y posterior anexión de Ucrania (ya sea como parte integral de la Federación Rusa o como un Estado títere equivalente a lo que actualmente es la Bielorrusia de Lukashenko) adquiere absoluta viabilidad no solamente como discurso de legitimidad sino también como estrategia real de acción política y militar. En otras palabras es imposible que, en el marco de su actual configuración ideológica, el Estado Ruso renuncie a sus pretensiones de dominación sobre Ucrania.
Es por lo tanto de la mayor importancia que el mundo occidental enfrente esta compleja situación convencido de que la posibilidad de que el ejército ruso penetre en las próximas semanas, desde múltiples frentes (incluido aquellos ubicados en territorio de Bielorrusia), con cientos o incluso miles de tanques el territorio ucraniano es absolutamente real. La masiva concentración de tropas, lejos de ser producto de una estrategia propagandística de corto plazo, es producto de un marco ideológico dentro del cual el espacio económico y político que representa Ucrania es considerado, como lo fue en tiempos tanto del absolutismo zarista como del totalitarismo soviético, parte fundamental de un gran Estado Ruso.
¿Hasta dónde llevar la respuesta militar del mundo occidental en caso de que Rusia decida invadir Ucrania? Esta es la pregunta fundamental que deben formularse europeos, británicos y norteamericanos. En mi opinión es altamente improbable que, dada la limitada importancia que en términos económicos y políticos tiene Ucrania para el mundo occidental, la OTAN esté dispuesta a emprender una guerra frontal contra Rusia y sus aliados. Lo más probable es que la respuesta occidental se limite al envío de armamento a la resistencia ucraniana y a la aplicación de severas sanciones económicas contra Rusia que, hay que decirlo, tendrán fuertes implicaciones sobre el bienestar de los ciudadanos europeos y, en particular, sobre los ciudadanos alemanes.
A partir del reconocimiento de esta realidad, resulta claro que la estrategia occidental debe centrarse en convencer a Vladimir Putin de que invadir Ucrania tendría un costo inmenso para la economía rusa, un costo que sería mucho más grande que el costo correlativo que, en términos de bienestar, habrían de pagar europeos, británicos y norteamericanos. Es indispensable que Putin entienda que la severidad de las sanciones económicas que a su país le impondrían Europa y Estados Unidos eventualmente tendría un impacto enormemente negativo y muy probablemente definitivo sobre la legitimidad de su proyecto político y, por lo tanto, sobre su permanencia en el poder. Occidente debe hacerle ver al Vozhd que, con independencia de su enorme ejército y de su imponente arsenal nuclear, Rusia es en términos económicos, es decir, en términos industriales, financieros y tecnológicos, es insignificante en comparación con la Unión Europea y Estados Unidos. Desde los días del Imperio Romano las grandes guerras se ganan con poder económico y Rusia carece de él. El valor agregado de la economía rusa es ligeramente superior al de la economía española y es casi quince veces inferior al de la economía norteamericana. Putin debe entender que, aun con su arsenal nuclear y sus misiles hipersónicos, Rusia no es la Unión Soviética y frente al enorme poder de occidente no tiene posibilidad alguna de salirse con la suya.