Con la entrada en vigor de una normativa que prohíbe la entrega de bolsas de plástico en comercios de la Ciudad de México hubo quienes vieron el regreso de los cucuruchos de papel para transportar las compras y, en consecuencia, una mayor necesidad de papel periódico. El razonamiento sugiere, asimismo, una mayor circulación de periódicos, como si la prohibición del plástico pudiera revitalizar el negocio de imprimir noticias así fuera sólo para aprovechar su segunda función, o dicho de otra manera: haciendo del reciclaje su función primordial.

Es curiosa esta relación en un momento de reconversión en la industria de las noticias —lo mismo que la prohibición de las bolsas de plástico en un momento crucial para la defensa del medio ambiente global—. La Escuela de Medios y Periodismo de la Universidad de Carolina del Norte informó que entre 2004 y 2019 en Estados Unidos cerraron 1 de cada 5 periódicos locales, y la perspectiva es que el número crezca. En México aún no se reproduce el fenómeno —con excepción de un par de cabeceras que abandonaron el papel para concentrar sus esfuerzos en digital; el caso más reciente: El País América—, aunque los nubarrones se volvieron espesos en 2018, tras el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador y el cumplimiento de su promesa de campaña de reducir a la mitad el presupuesto para publicidad oficial federal: para 2019 fue 50% menos que en 2018; para 2020 es 50% menos que en 2019.

La espesura se verifica también en una reducción constante del número de empleados en la industria y muy probablemente en 2020 veremos cerrar los primeros periódicos como consecuencia de su insostenibilidad económica (la reducción de la publicidad oficial federal dejará a muchas cabeceras al cobijo exclusivo de los presupuestos estatales o municipales). Sobrevivirán únicamente los más preparados para generar ingresos del mercado, en una coreografía darwinista verificable donde la prensa depende del subsidio público-político.

Esta relación curiosa sobre periódicos y cucuruchos —cucurucho viene del italiano cartoccio, del que se deriva también cartucho— me llevó a buscar en la hemeroteca usos diversos para estos artefactos de papel más allá del tradicional transporte de mercancías livianas o de envoltorios para acelerar la maduración de frutas y verduras. Recupero aquí algunos usos del cucurucho en el siglo en que Darwin demostró que sólo las especies más adaptadas al ambiente tienen oportunidad de sobrevivir:

Para criar arañas y comerciar con ellas. Son unos caníbales terribles las arañas; los padres se comen a los hijos, y los hijos se devoran entre sí, no teniendo fuerzas para devorar a sus papás. Así es que tengo que sacar buen precio por las que sobreviven. Por lo general las vendo a diez pesos el ciento. Las mando metiendo cada pareja en un cucurucho de papel, lleno de agujeritos para que entre el aire en abundancia, y embalando cien cucuruchos en cada caja. Dos reales por cada araña parece precio excesivo, pero no lo es. El Municipio Libre, jueves 12 de septiembre de 1895.

Para la práctica de la sericultura. Cuando la oruga ha acabado enteramente de crecer, va a establecerse sobre una rama, en un cucurucho de papel, o en un hacecillo de ramitas, donde construye, con la seda que saca de su cuerpo, un capullo de la forma de un huevo, dentro del cual se encierra enteramente. El Municipio Libre, martes 25 de febrero de 1890.

Para fabricar un barómetro casero. Este último (el tubo barométrico) debe ser el que se llene primero, echando mercurio hasta tres cuartos de su altura. El tubo largo es imposible llenarlo sin un embudo, y lo que mejor puede hacer este oficio es un cucurucho de papel de cartas. Conviene hacer la operación estando sentado con el tubo entre las rodillas, apoyado en el suelo por su extremo cerrado. La Sombra de Arteaga, miércoles 9 de agosto de 1905.

Para cubrir la cabeza y soñar progresos personales. ¿Por qué pues el pobre muchacho de la imprenta, que tiene la cabeza cubierta con un cucurucho de papel, y trae y lleva las pruebas corregidas de nuestros escritos, no ha de poder tener algún día también otros tantos caballos, su casa de campo, y su reputación ganada en New-Market? ¿Quién puede impedirle el ir a hacer sus apuestas, y ganarlas tal vez? Repertorio de Literatura y Variedades, sábado 1 de enero de 1842.

Para imaginar las urbanizaciones patagónicas del siglo XIX. Si quereis formar una idea de lo que es una aldea de la Patagonia, no tenéis más que poner una serie de cucuruchos de papel sobre un plano inclinado y os formareis un juicio cabal de aquellos aduares que desaparecen cuando viene el invierno austral, o se van progresivamente hundiendo en el suelo a medida que las nubes del estrecho de Magallanes se hacen más espesas y sombrías. El Siglo Diez y Nueve, jueves 23 de agosto de 1877.

Para disfrutar de las rosas incluso en invierno. Para obtener rosas en invierno, se cortan en estado de capullo próximo a abrirse. El extremo del tallo se mete en un pedacito de cera, y después de cubierta la flor con un cucurucho de papel, se suspende en un armario. Al llegar diciembre o enero, se quema la punta encerada y se introduce el tallo en un vaso de agua fría; el capullo se abre, y aparece la rosa fresca y hermosa como nacida en sazón. La Voz de México, miércoles 8 de febrero de 1893.

Larga vida al cucurucho.

José Soto Galindo

Editor de El Economista en línea

Economicón

Periodista. Desde 2010 edita la versión digital de El Economista en la Ciudad de México. Maestro en Transparencia y Protección de Datos Personales por la Universidad de Guadalajara. Tiene especialización en derecho de las telecomunicaciones y las tecnologías de la información. Su blog personal es Economicón.