Toda acción humana presupone riesgos, y en el libre intercambio de productos entre países, con la consecuente movilidad de personas, el mayor de los riesgos es sin duda el de índole sanitaria. 

Hemos sido testigos de cómo el brote de una infección viral originada en Wuhan pronto se propagó a todo el mundo, por tratarse de un epicentro industrial exportador y de un nudo ferroviario desarrollado en el núcleo del enorme país que es China. Si hace 70 años hubiese emergido una enfermedad en las mismas fronteras comunistas, en aquella época cerradas al exterior, lo más probable es que en regiones lejanas como México no hubiera tenido repercusión alguna, ni siquiera en lo que toca a las noticias sobre el hecho.

Hace más de seis siglos, en 1347, apareció en Europa la peste bubónica o muerte negra, como consecuencia de los desplazamientos derivados de las Cruzadas. La pandemia ya había azotado a la humanidad previamente: se cree que la alta mortalidad ocurrida en el siglo VI en Egipto y en la antigua Bizancio fue causada por esa enfermedad letal. Tanto la actual Covid-19 como la de la peste bubónica de la Edad Media se desencadenaron como consecuencia del desplazamiento humano por intereses supranacionales, una por impulso al libre tráfico y comercio, y otra por motivos religiosos, específicamente por el rescate de los lugares santos.

El objetivo original de las Cruzadas nunca se alcanzó, aunque el empeño fortuitamente consiguió dar un impulso al intercambio internacional de mercancías, surgiendo entonces nichos importadores en ciudades portuarias italianas como Venecia y Génova. Con la vista puesta en el Oriente, desafortunadamente el Viejo Mundo también importó aquella peste bubónica.

En el siglo XIV la muerte negra se asentó en la India y fue extendiéndose inexorablemente hacia el oeste, hasta alcanzar el sur de Rusia, siguiendo la ruta de las guerras santas, entre cuyos episodios destacó el asedio de los tátaros musulmanes contra Caffa, en Crimea. Los tátaros desistieron de sus acciones porque fueron atacados por la enfermedad, aunque en su retirada intencionalmente abandonaron cadáveres para contagiar a los defensores cristianos de la ciudad. Los cruzados que no murieron en el sitio y pudieron volver a sus lugares de origen llevaron consigo la infección, viajando con su reservorio, las ratas, y su transmisor, las pulgas anidadas en su pelambre.

Comparativamente, la morbilidad y mortalidad de la peste bubónica hacen ver a la actual pandemia de Covid-19 como muy benigna. Baste señalar que las referencias históricas indican, por ejemplo, que en la ciudad portuaria de Marsella sucumbieron cuatro quintas partes de la población (el 80 por ciento). Seis centurias más tarde, a principios del siglo XX, decenas de millones de personas morirían de muerte negra en la India, Burma y China. Se calcula que en las tres pandemias de peste bubónica que han azotado a la humanidad puede contarse un número de alrededor de cien millones de personas fallecidas. 

Una década después del brote de la peste bubónica en Florencia, Giovanni Boccaccio, el genial autor del “Decamerón”, escribió el relato de cómo en el año del Señor de 1348 “la más excelsa ciudad italiana” fue azotada por la terrible plaga. Boccaccio sugiere como causa posible la influencia de los planetas, además de referirse a un merecido castigo de Dios contra un pueblo sumido en el pozo del pecado. Aun así, reconoce la naturaleza contagiosa de la enfermedad y asienta su origen en Oriente, dejando a su paso hacia Occidente devastación y muerte. 

Según Boccaccio los florentinos desplegaron toda su ciencia y arte de saneamiento expulsando a los forasteros y aislando a los enfermos. Limpiaron a fondo la ciudad y quemaron los cadáveres y sus pertenencias de uso personal. Se abstuvieron de tocar y de acercarse a los infectados e incluso a quienes consideraban portadores sospechosos. Los cuerpos mostraban tumoraciones del tamaño de una manzana en ingles y axilas; se tosía con esputos sanguinolentos y a la postre aparecían grandes manchas púrpura que presagiaban la muerte en pocas horas.

Boccaccio, además de maestro de la prosa, fue el cronista de la Italia del siglo XIV, revelándose como un crítico mordaz de las costumbres, por lo que es muy significativo que atribuya el terror que cundió entre los florentinos de la época a la actitud de médicos y sanadores que dejaron saber que desconocían la cura para la peste. Ante esa realidad desfavorable, pronto se olvidó la caridad cristiana y la generosidad. Los enfermos fueron excluidos y condenados a padecer una agonía sin ningún consuelo a su terror y sufrimientos. La aversión a los extranjeros e incluso hacia los repatriados creció en proporciones de una intensa xenofobia y en otros segmentos de la sociedad el pesimismo se transformó en indiferencia y cinismo —muchos se entregaron a la vida licenciosa haciendo alarde de no creer en la rectitud y de ser ajenos a la lealtad: Bocaccio se refiere a este libertinaje con la tremenda conclusión de que las muchedumbres dejaron de respetar tanto las leyes divinas como las humanas.

Exagerando un poco, cabe la analogía entre el terror medieval florentino y el pesimismo actual por Covid-19. En nuestro país, convenida la falsa idea de que no existe medicación efectiva para su cura y asumiendo que quienes padecen la forma severa de la infección suelen ser intubados para recibir ventilación asistida –circunstancia que, en efecto, tiene un rango de supervivencia muy menor– muchos mexicanos han decidido, si llegan a enfermar, permanecer en casa a esperar la recuperación espontánea o la muerte.

Haciendo memoria, durante la epidemia de influenza con el virus H1N1 del año 2009 también hubo fatalidades y asimismo se optó por el cierre temporal de lugares públicos, el uso de cubre bocas y la aplicación de otras medidas preventivas similares a las de ahora; sin embargo, no se generó tanto temor porque pronto se dio a conocer que se disponía de antivirales como el oseltamivir que eran efectivos para combatir la infección.

El primero de mayo pasado la agencia encargada de la autorización de fármacos y biológicos en Estados Unidos (conocida como la FDA) anunció la autorización, mediante un protocolo de urgencia, para la producción y distribución del antiviral remdesivir, que en pruebas clínicas ha demostrado su capacidad de reducir el lapso de recuperación y la mortalidad en pacientes con Covid-19. Al mismo tiempo, suspendida su moratoria por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para efectos de ensayos clínicos para el propio tratamiento contra el Covid-19, la hidroxicloroquina, medicamento usado contra la malaria, es base del estudio denominado ORCHID, financiado por el Instituto de Cardiología, Neumología y Hematología de los Centros Nacionales de Salud de aquel país (US. National Heart, Lung and Blood Institute). El Ministerio de Salud del Perú también elaboró un protocolo para ensayar con la hidroxicloroquina sumada a la ivermectina, un antiparasitario de amplio espectro con actividades antivirales que se aplica ya en Bolivia, República Dominicana y Chile, aparentemente con resultados alentadores; en Pamplona, España, se llevan a cabo estudios clínicos más rigurosos con este producto.

Estos análisis y experimentos, aunque no prometen el medicamento mágico para cura de todos los males, tendrían que ayudar a disminuir la ansiedad en la población. No es poca cosa saber que existen alternativas para el tratamiento del Covid-19 y que seguramente surgirán más fármacos contra su virulencia: tenemos siete siglos que nos distinguen entre la investigación farmacéutica del siglo XXI y la alquimia de la Edad Media. Lamentablemente, las noticias sobre la pandemia en México guardan pocas referencias sobre los ensayos clínicos y las pruebas de fármacos contra el virus SARS-Cov-2, y como reminiscencia medieval se concentran casi exclusivamente en reportar las defunciones acumuladas y las tragedias humanas que sin duda existen —por encima de insistir en el distanciamiento social para evitar el contagio.

Más allá de que en 1963 se aprobara en Estados Unidos la vacuna contra el sarampión, de que ésta y otras enfermedades como las paperas y la varicela hayan dejado de representar una carga de sufrimiento inevitable para la infancia, el fatalismo que en la Edad Media consideraba los malos acontecimientos como irrevocables ha persistido hasta nuestros días porque en la historia de la humanidad el conocimiento de la causa y el tratamiento efectivo de las infecciones es un fenómeno relativamente reciente.

Cuando se ha descubierto una estela egipcia de la dinastía XVIII con data de hace 3600 años, que muestra a un joven con muletas soportando la atrofia muscular de una pierna característica de la poliomielitis, hay que revelar asimismo que ese virus fue aislado por primera vez por Landsteiner y Popper en 1909, es decir 3500 años después. Fue hasta 1954 cuando la OMS estableció el ensayo masivo de inoculación con la vacuna contra la poliomielitis desarrollada por el Dr. Jonas E. Salk. En ese año Estados Unidos registró 55 mil casos de parálisis infantil; un trienio después solo se reportaron 200 casos.

En el contexto actual de la pandemia el Instituto Jenner de la Universidad de Oxford ha desarrollado un antígeno con el que los laboratorios suecos Astra-Zeneca están elaborando 400 millones de dosis de vacuna contra Covid-19; se prevé que inicie su distribución a partir del próximo septiembre. Para el caso y en conjunto, se estima que la industria farmacéutica puede garantizar la producción de mil millones de dosis.

Las normativas de confinamiento y aislamiento deben ubicarse en la opinión pública como el necesario sacrificio y la moderación temporales, derivados de una emergencia sanitaria, mientras se generan los fármacos antivirales efectivos y las vacunas preventivas que son las herramientas del siglo XXI para enfrentar las epidemias de enfermedades infecciosas. La alternativa de una nueva normalidad, implica resignarse a la adopción indefinida de restricciones en menoscabo de la calidad de la vida en sociedad. Sería muy alentador que los mexicanos pudiésemos estar seguros de que tendremos acceso a esa vacuna, pues si confiere una protección razonable, se contaría con una medida de prevención que permita el relajamiento seguro de las medidas de distanciamiento social.

En tal escenario, una de las declaraciones más importantes emitidas por la OMS es la referente a considerar como bien público mundial la vacuna resultante contra el virus SARS-CoV-2. Porque no se trata solamente de rescatar el trabajo productivo y la economía sino también de conservar los tesoros sencillos pero imprescindibles de la vida, como el cultivo de los lazos afectivos y amistosos, la necesaria interrelación entre docentes y alumnos, la apreciación del arte y la cultura, la práctica del deporte, el goce de playas y paisajes naturales, y algo tan humano y agradable como la grata conversación en grupo. Todo por tranquilidad, por salud mental y espiritual.

* Leopoldo Paasch Martínez es médico veterinario zootecnista por la Universidad Nacional Autónoma de México y doctor en Filosofía en el área de Patología Comparada por la Universidad George Washington de Washington, D.C., Estados Unidos. Ha sido director de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, secretario administrativo y candidato a rector de la propia UNAM, donde es profesor titular “C” e imparte en licenciatura y posgrado las asignaturas Patología General, Patología Aviar y Enfermedades Metabólicas de las Aves. Sus áreas de especialización son patología aviar, patología comparada y políticas públicas pecuarias. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

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