Aunque el tema del Covid-19 pone de manifiesto las inequidades sociales, no debería de ser un pretexto para atizar al resentimiento social, que poco hace por la solidaridad de todos.

Nuestro sistema alimentario ha sido puesto en evidencia en tiempos de crisis, como la pandemia del Covid-19.

¿Qué comer en confinamiento? ¿Cómo sacar mejor provecho de las compras de comida para que duren varios días en casa? ¿Qué alimentos pueden prevenir el Covid-19? ¿Es seguro pedir comida a domicilio? ¿Quién garantiza la seguridad de los repartidores? ¿Por qué comemos más estando en confinamiento?

Todas estas preguntas se producen a la par de que en algunos países la cuarentena y el confinamiento se han vuelto un sistema regulado por el Estado. Actividades tan simples como el aprovisionamiento de comida se han vuelto un reto en los países en donde el virus ya ha cobrado varias vidas. Toda la relación con el sistema de aprovisionamiento y consumo de alimentos nos pone a pensar en la relación que establecemos con la alimentación.

Por ejemplo, la relación de lo público y lo privado en lo que comemos. ¿Cuántas veces hacemos de nuestra alimentación un acto público, fuera del hogar? El confinamiento ha puesto en evidencia no sólo nuestra dependencia a comprar comida lista para comer, sino también cómo esto está tan integrado en nuestros modos de vida. Por ejemplo, a algunos les cuesta creer que a algunas personas se les dificulta imaginar o planear cómo hacer una lista de despensa para 15 días de la que puedan sacar provecho para respetar el confinamiento. Estas lógicas en la planeación para algunas generaciones simplemente no existen, puesto que sus dinámicas cotidianas en el espacio público no dan margen a la necesidad de comprar para dos semanas.

Otras de las grandes manifestaciones del aprovisionamiento son las inequidades sociales en torno a la comida, y por lo tanto las inequidades sociales con respecto a lo que se considera problemático. Mientras que para algunos el tema será cómo poder acceder a su canasta de alimentos orgánicos, para otros el acceder a alimentos frescos simplemente no es tema, porque los no perecederos son los que se encuentran al alcance de sus bolsillos. Mientras que para algunas personas las compras en volumen son la solución para quedarse en casa, para otras que viven al día esto significaría dar casi la totalidad de su sueldo en una sola compra.

Sin embargo, no debemos de perder de vista que aunque el tema de la alimentación y el Covid-19 pone de manifiesto las inequidades sociales, no debería de ser un pretexto para atizar el resentimiento social, que en tiempos de crisis poco hace por la solidaridad de todos. La crisis ha puesto de manifiesto las inequidades que se acentúan: la imposibilidad para algunos de quedarse en casa, y la disponibilidad de otros para hacerlo; la posibilidad de comprar alimentos preparados o insumos en avanzada, en contraste con las personas que viven al día, o preocuparse por no ganar peso mientras se está en confinamiento, en contraste con la preocupación por no saber si se va a comer ese día. En tiempos de crisis, de todos modos, los problemas de unos son el pretexto de risa para otros. El tema es que cada quien desde su trinchera puede colaborar a la prevención de la propagación del virus. Negar un problema no lo desaparece por arte de magia. Y entender que los problemas de unos son diferentes a los del otro, aun bajo la misma crisis, es el primer paso hacia la solidaridad.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.