Montevideo, 24 de mayo de 1919

Ministro de Relaciones Exteriores.

México.

Con la mano estrechada entre la mía acaba de fallecer a las nueve de la mañana el ilustre poeta Amado Nervo. Gobierno decreta honores correspondientes a su alto rango diplomático y sociedades literarias tribútanle su homenaje al inspirado cantor mexicano. Suspéndanse los festejos ante tan grande desgracia. En nombre de mi gobierno presento al de México las más hondas condolencias por este triste suceso que enluta a todo Montevideo.

Tales fueron las palabras del telegrama que, hace 100 años, llegó por entrega urgente a México para avisar que nuestro cónsul en Uruguay y excelso poeta nacional, Amado Nervo, había perdido la vida. Las exequias se sucedieron una tras otra hasta contarse por cientos. Homenajes, cartas, ceremonias y declaraciones de duelo y respeto no pararon hasta que su cuerpo llegó a México y fue inhumado en el Panteón de Dolores a perpetuidad el 14 de noviembre de 1919.

Tanto entonces, como ahora, grandes adjetivos y las más gloriosas loas se pronunciaron y se pronuncian en su memoria. Pero Nervo no había sido leído lo suficiente –ni lo es-  su vida es una suerte de enigma, víctima de palabras pomposas y arrogantes o de las habladurías de los que suponían – y suponen- conocer y entender su vida y obra. En el momento de su muerte las exequias y honores no pararon.

Hoy, ante la cercanía de la fecha fatal, estamos en las mismas, escribiéndolas.

Pero esta vez, de su vida, primero hablará él.

“Nací en Tepic,  pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870. Mi apellido es Ruiz de Nervo; mi padre lo modificó, encogiéndolo. Se llamaba Amado y me dio su nombre. Resulté, pues, Amado Nervo, y, esto que parecía seudónimo -así lo creyeron muchos en América-, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de  Nervo ancestral, o si me hubiera llamado Pérez y Pérez”.

En su otro texto autobiográfico, Nervo continúa: “Soy descendiente de una vieja familia española que se estableció en San Blas a principios del siglo pasado. Hice mi instrucción primaria en las modestas escuelas de mi ciudad natal; muerto mi padre cuando yo tenía nueve años, mi madre me envió a un Colegio de Padres Romanos, al de Jacona, en Michoacán, que entonces gozaba de cierta fama. En este colegio y después en el seminario de Zamora, Michoacán, hice mis estudios preparatorios, empezando, naturalmente, por el latín. Quise seguir la carrera de abogado y estudié dos años, pero el quebrantamiento rápido de la herencia paterna me obligó a volver a Tepic a ponerme al frente de lo poco que nos quedaba y a trabajar para ayudar a mi familia, que era numerosa. Más tarde me dirigí a la capital y ahí con los esfuerzos y penalidades consiguientes, logré abrirme camino”. Y resultó que aquel sendero era el de las letras.

Residente de Sinaloa por una breve temporada descubrió la escritura. Terminó la primera versión de su novela Pascual Aguilera y con el poema “una estatua” comenzó a colaborar en El Correo de la Tarde, vespertino del puerto de Mazatlán. En dicho diario, se inició como cronista con el seudómimo de Román y fue tal su éxito que publicó una larga serie de Semblanzas en verso, firmadas como el Conde Juan. A golpe de prosa y verso, con la timidez desaparecida, envió a El diario del Hogar de la Ciudad de México, su poema “Ritmos”. La colaboración fue aceptada y publicada.  En julio de 1894 se instaló definitivamente en la capital y se convirtió en periodista de oficio. También en colaborador de varios medios: en la redacción de El Partido Liberal  se hizo amigo de Manuel Gutiérrez Nájera,  Emilio Rabasa, Luis G. Urbina y Carlos Díaz Dufoo; escribió  crónicas de ópera y teatro  para el periódico El Nacional;  publicó “Un cuento de invierno” para El Mundo, semanario ilustrado, comenzó su columna Fuegos Fatuos, de tono humorístico, primero con  el seudónimo de Tricio y luego con el de Rip-Rip . También escribió para la revista Azul iniciando oficialmente su relación con el movimiento modernista.

“Hizo su aparición en la época de los adjetivos, escribió sobre él Víctor Mercante- pero aprendió  desde temprano que estos no constituían una riqueza por sí solos. Fue el único modernista que llegó a emplearlos de una manera juiciosa.”

Tenía razón: a Nervo no lo convencían los anhelos de “versos brillantes ni las ideas nuevas” porque no quería forjar un cielo sino contemplar un mundo.

Con extrema libertad editorial, Nervo publicaba no sólo crónica, poesía y cuento  sino hasta temas conjeturales de los tiempos modernos. En uno de ellos, titulado “El teléfono-telégrafo, vaticina la aparición del fax y también  compone el primer texto mexicano de ciencia ficción que se llamó  “La última guerra”. Con espíritu moderno y agorero, Nervo decreta también  la desaparición del automóvil porque el pésimo estado de nuestros caminos y la contaminación que causan -está seguro- jamás iban a cambiar, pero a la vez declara su fascinación por la novedosa iluminación eléctrica que realza la vista de la catedral e imagina a muchachas conversando placenteramente sobre los muchachos y la última moda, arriba en el cielo y conduciendo sus aviones.

Anhelante de viajar, Nervo consiguió llegar a París cuando fue enviado como corresponsal del periódico El Imparcial para la primera Exposición Universal de 1900. Allí se hizo tan buen amigo de Rubén Darío que vivieron juntos casi todo un año en un modesto piso en Faubourg Monmatre, compartiendo un fogoncillo lleno de papeles amontonados que les servía de escritorio. Allí Nervo se dio tiempo para publicar la versión francesa de su novela El Bachiller y un tomo de obra poética, Poemas, que lo haría inaugurar su celebridad en México y otros  países de habla española. Uno de los poemas de ese libro, “La Hermana Agua” le dio un largo prestigio y considerables fanáticos. A la vez cumplía eficazmente con su encargo de reportero y consignaba que a los lectores les parecían muy bellas sus correspondencias  “De México me dicen – escribió un buen día-  que se ha desarrollado mucho mi talento en París”. Sin embargo, abruptamente, el sueño terminó. Nervo fue despedido por correo y en forma inopinada por el gerente del periódico por estar escribiendo sus crónicas en varios medios. “Mi talento no puede ser esclavo de nadie”, le respondió Nervo a su jefe. Y la corresponsalía se acabó. Nervo estuvo de regreso en México en 1902. Quizá por ello en aquel mismo año publicó su libro de prosa y verso llamado El éxodo y las flores del camino y se volvió colaborador asiduo de la Revista Moderna.

En desacuerdo con el aislamiento modernista ( el del poeta encerrado en su torre de marfil), Nervo estaba convencido que la poesía y la vida debían ir de la mano.. Sin embargo, y a pesar de sus deseos de alejar el ánimo azul del modernismo, estaba tocado por una exploración moderna del lenguaje y una tristeza propia (“Todas las cosas llegan, le hacen a uno daño y se van”, decía) pero también estaba marcado por un ensueño de una creencia: “El alma es un vaso que solo se llena con eternidad.”

En 1906, Nervo  escribió “¿Versos autobiográficos? Ahí están mis  canciones, allí están mis poemas: yo, como las naciones  venturosas, y las mujeres honradas no tengo historia: nunca me ha sucedido nada”.

Aquello no es verdad. Si lo fuera ¿por qué es que aquí y ahora, en el centenario de su muerte, empezamos a publicar páginas desde hoy lunes, hasta llegar al exacto día, este viernes, donde también se contarán por cientos?

Será que a base de palabras estamos esperando prolongar su recuerdo otros 100 años.

@CeKuhne