A un año de la pandemia y del confinamiento, una de las mayores certezas que tenemos, sin duda, es que nuestros hábitos de alimentación se han visto transformados. No sólo nos referimos aquí al tipo de productos alimenticios que compramos, sino a todos los procesos que tienen que ver con la alimentación: desde cómo los compramos, pasando por quién los prepara, cómo los preparamos, hasta cómo algunas ideas, opiniones y percepciones en torno a los alimentos se vieron modificadas a raíz de la pandemia.

Gracias a las encuestas de consumo por ejemplo, sabemos que existió un incremento en los alimentos que ofrecen confort. La categoría de confort food sin embargo, es tan difusa como diversos son los límites culturales y las preferencias alimentarias que podrían clasificar como alimentos de confort. Esta categoría en Estados Unidos es movilizada para referirse a ciertos platillos que evoquen a la nostalgia, recuerdos y emociones de quien los consume. Pero aun en el país sajón, muchas de estas nociones resultan confusas puesto que mientras para algunas personas un caldo de pollo puede resultar una confort food, otras personas asocian el concepto con algo que evoca emociones placenteras pero que asocian con alimentos “prohibidos”. Lo que sí se tiene documentado, es el aumento de consumo de ciertos productos que emocionalmente están asociados al placer y a la nostalgia.

Por otro lado, acerca del consumo de productos frescos se tienen datos que aún no son concluyentes. Por ejemplo, en Bélgica y Alemania se documentó la preferencia de las personas por comprar alimentos no perecederos en lugar de productos frescos en razón de dos argumentos: el primero, que tiene que ver con la frecuencia de compra – para poder guardar mejor el confinamiento – y el segundo, tiene que ver con que la cuestión económica se vio afectada y por lo tanto, se disminuyó el presupuesto que algunas familias destinaban a alimentos frescos. Estas son sólo algunas de las interpretaciones que algunos investigadores han podido dar en torno a este fenómeno, del que aún restan por explorar diferentes variables.

Por ejemplo, existen también reportes de que algunas personas se preocuparon de una manera incrementada en mejorar el consumo de alimentos saludables. No está claro sin embargo, cuáles son las variables que están vinculadas a esta tendencia, puesto que también se ha observado que durante la pandemia muchas personas incrementaron el peso corporal por el cambio de hábitos no sólo de alimentación, sino de actividad física. Queda por determinar si existen variables determinantes de estos fenómenos como la edad, el sexo, el grupo socioeconómico, la ocupación, entre muchas otras cuestiones.

En el ejemplo del consumo de carne roja, podemos entender cómo los datos de consumo nos ofrecen luz sobre ciertas tendencias pero también hay que verlos con lupa. A inicios de la pandemia, se había reportado en Estados Unidos un incremento en el consumo de carne roja que las personas almacenaban en congeladores. Posteriormente se observó un decremento en el consumo de carnes rojas (posiblemente, por la cantidad de carne congelada almacenada). Al mismo tiempo, se ha reportado algunas personas vegetarianas regresaron a comer carne durante el confinamiento, considerado por algunos como un tiempo de tregua para sus convicciones éticas. Aunque tenemos los primeros datos del año de pandemia, todavía restan muchas interrogantes a documentar de los cambios que ésta ha provocado en nuestros estilos de vida.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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