Los inversionistas cuentan con muchas clases de activos para armar una cartera. Si bien, algunos suelen optar por los más tradicionales (bonos y acciones), la diversificación y la sofisticación de los últimos años le han agregado cada vez más alternativas: commodities, hedge funds, productos estructurados con garantía de capital, fondos específicos de activos reales (inmobiliarios, obras de arte), opciones, CFDs y ETFs, entre otros.

Se puede acceder a ellos tanto mediante una administración pasiva (con un administrador que busque replicar el retorno de un determinado índice) como con una activa (con uno que analice constantemente los mercados y opere en busca de maximizar las ganancias o minimizar las pérdidas).

La industria de los ETFs le ha quitado mucho atractivo a las estrategias llevadas a cabo asesores profesionales, ya que son prácticos, líquidos y ahorran dinero porque persiguen un plan pasivo que no requiere de ningún intermediario.

Estos son ideales para quienes buscan operar por su cuenta, sin ningún administrador. Es allí donde es importante establecer el balance adecuado entre distintas clases de activos para controlar tanto el riesgo asumido como el retorno.

Existen distintas estrategias que se pueden llevar a cabo y que se adaptan a cada tipo de inversionista. La asignación estratégica adhiere al concepto de mezclar la política de base, una combinación proporcional basada en las tasas de retorno esperadas por cada tipo de instrumento.

Si las acciones han tenido un retorno histórico del 10% por año y los bonos un 5%, un mix del 50% de cada uno tendría como tasa de retorno esperada el 7.50 por ciento. El vencimiento dependerá de las circunstancias, pero podría ser de cuatro a siete años.

Esta estrategia reflejará la actitud que mantendrá en promedio el portafolio manager en un período prolongado independientemente de las operaciones de corto plazo. Para algunos inversionistas institucionales este proceso viene dado por ley o reglamentos de gestión, como en el caso de los fondos comunes, pero entre los particulares se regirá por su perfil de riesgo.

Otra opción es la asignación con ponderación constante, que se basa en comprar y mantenerse en el tiempo, aún si el valor de los activos cambia. También, se puede elegir aplicar la variante que continuamente se está balanceando.

En ese caso, si un activo cae de precio, se debe comprar más y si está aumentando, se debería vender una parte para volver al porcentaje de participación inicial que tiene en la cartera. En estos casos, habría que fijar primero los porcentajes de desvío para evitar problemas en momentos de crisis.

Una tercera alternativa es la asignación táctica que precisa de que se establezca un rango con límites entre los que se puede mover la ponderación de los activos a corto plazo. Dependiendo de la visión que tenga el inversionista para cada uno de ellos, las posiciones se situarán en la parte inferior o en la superior del rango.

Otra variante es la asignación dinámica que ajusta constantemente el mix de instrumentos cuando los mercados suben o bajan, cuando la economía se fortalece o se debilita. Se venden los que caen y se adquieren los que crecen. Así, por ejemplo, si la Bolsa muestra síntomas de debilidad, se desprenden de los papeles anticipando mayores pérdidas y viceversa.

En el caso de la asignación asegurada, se establece un portafolio de base, que sirve como piso. Siempre y cuando su valor esté por encima, se ejecutan estrategias para darle el mayor valor agregado posible, pero si toca el mínimo, se invierte en activos libres de riesgo como resguardo.

En ese punto se deberá hacer una pausa y determinar el plan a seguir en adelante y analizar por qué se falló en el pasado. Esto puede ser acertado para inversionistas aversos al riesgo pero que buscan no perder más de lo colocado en un principio (quienes quieren vivir de rentas o usarlo como una jubilación).

Finalmente, la asignación integrada, considera tanto las expectativas de rentabilidad como las de riesgo, por lo que incluye una variedad de activos más amplia, con lo que permite llevar adelante tanto una asignación dinámica como una de ponderación constante (no las dos al mismo tiempo).

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