Hace unos días, tuve la oportunidad de estar en un foro universitario con la idea de compartir algunas reflexiones sobre la situación económica de México y el mundo. Quizá los dos temas que más estuvieron en la mente de los jóvenes fueron cómo ha cambiado nuestro país en los últimos años y cuál es el reto que hoy tenemos como nación

Dentro de los cambios que me parecen más relevantes, y que hoy la gente joven no tiene presente, está el referente a la estructura del sector exportador. En la década de los 70, México era un país monoexportador, teniendo como único producto que se destinaba al mercado externo al petróleo.

A principios de los años 80, las exportaciones petroleras representaban casi las tres cuartas partes de las exportaciones totales y las exportaciones manufactureras el resto. En esa época se hablaba de administrar la riqueza, toda vez que los precios del petróleo aumentaban constantemente; sin embargo, nunca se pensó en un escenario caracterizado por la caída de los petroprecios y por un incremento de las tasas de interés.

Cuando este combo se presentó, quedó en evidencia que la dependencia del petróleo y los altos niveles de endeudamiento constituían una combinación que inyectaba una gran vulnerabilidad a la economía mexicana.

Ahora la situación es diametralmente diferente, entre otras cosas, como resultado de la entrada en vigor, en 1994, del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.

De esta forma, hoy las exportaciones manufactureras representan cerca de 85% de las exportaciones totales y el resto son básicamente ventas de petróleo.

A pesar de lo anterior, el contexto actual en el mercado petrolero ha dejado en evidencia un gran problema de la economía mexicana, que tiene que ver con la dependencia de las finanzas públicas de los ingresos petroleros. Actualmente, los ingresos provenientes de la venta de petróleo representan 35% de los ingresos públicos, mientras que el remanente son ingresos tributarios.

De esta forma, en la medida en que se han venido ajustando a la baja los precios del petróleo, los ingresos públicos se han visto golpeados, ocasionando recortes en el gasto y, por lo tanto, limitando la capacidad de expansión de la demanda agregada.

De hecho, esto último es desde mi punto de vista, el gran reto que tiene México: crecer. Cuando uno voltea hacia atrás y revisa la historia económica del país a partir de 1994, salta a la vista que hemos avanzado mucho en la consolidación de los equilibrios macroeconómicos.

Hoy contamos con la inflación más baja de la historia, tasas de interés igualmente bajas y niveles de endeudamiento ampliamente manejables.

Sin embargo, el análisis de los últimos 20 años nos deja entrever algo que inquieta y que preocupa: el país registra tasas de expansión muy bajas. La tasa de crecimiento de México en las últimas dos décadas es de apenas 2.3%, la del bloque de países emergentes, de 4.8%, y la de China y la India, de 8%; es decir, nuestro país se ha quedado rezagado en cuanto a la expansión del PIB se refiere, lo que a su vez ha limitado la capacidad de generar más y mejores empleos.

El diagnóstico anterior nos lleva a concluir que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria pero no suficiente para crecer. Se necesita algo más para recuperar la competitividad de la economía, que tiene que ver con la transformación estructural del país.

A finales de la década de los 80 y principios de los 90 se llevaron a cabo las reformas estructurales de primera generación. Así, por ejemplo, se inició el proceso de adelgazamiento del sector paraestatal, que incluía cafeterías y cines, entre otras empresas, de manera tal que el número de empresas estatales se redujo de 1,155 en 1982 a 70, a finales de 1994.

En este lapso, se promulgó la autonomía del Banco de México, institución que ha jugado un papel altamente relevante en la forma en la que se ha enfrenado la actual crisis económica, y entró en vigor, como se indicó, el TLC con Estados Unidos y Canadá, acuerdo que permitió a finales de 1996 empezar a registrar tasas de crecimiento positivas, luego de la caída de la actividad productiva resultado de la devaluación de diciembre de 1994.

Sin embargo, este proceso de transformación se detuvo durante las siguientes dos décadas, ocasionando que el país enfrentara rigideces para crecer. Afortunadamente, en los últimos años se ha avanzado significativamente en la aprobación e instrumentación de las reformas estructurales de segunda generación, lo que incrementa la capacidad potencial de crecer.

Desafortunadamente, nos tardamos mucho en la aprobación de estas reformas y, cuando llegaron, el mundo estaba en medio de la segunda crisis económica más profunda de los últimos 80 años, lo que se ha reflejado en la recesión de muchos países avanzados y emergentes.

Las reformas aprobadas son de gran calado y posibilitarán que el país logre mayores tasas de crecimiento de manera sostenida, sin embargo, la velocidad a la que se pueda alcanzar este objetivo dependerá en gran parte de que el mundo entre también en una nueva etapa de expansión.

Aunque todavía existen muchos pendientes en la parte macroeconómica, como fortalecer las finanzas públicas, me parece que el gran reto para los siguientes años es crecer, entendiendo que el crecimiento no es un fin en sí mismo, sino el medio a través del cual se puede mejorar la calidad de vida de la gente.

Manuel Guzmán es director de Asset Management en Monex.

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