Ciudad de México. México forma parte de la política de seguridad de Estados Unidos. La relación generalmente se vincula a través de códigos diplomáticos; sin embargo, desde la agenda estadounidense la interacción entre los dos países trasciende a la diplomacia.

Después de la crisis que desató la liberación del narcotraficante Ovidio Guzmán la tarde del jueves, el gobierno de México se debilita ante Estados Unidos. Sin embargo, la labor del embajador Christopher Landau ha logrado traducir, a través de estrategias de soft power, una empatía hacia México como pocos embajadores estadounidenses lo han hecho.

Pocas horas después de la crisis que se desató en Culiacán el pasado jueves, Landau escribió en Twitter: “Expreso mi solidaridad total con las fuerzas de seguridad de México, y el apoyo de mi gobierno a la lucha contra el crimen organizado trasnacional. El bien siempre derrota al mal. México no está solo. Juntos venceremos”.

Más allá del soft power, el embajador trasladó al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, un apoyo sin precedentes en materia del trasiego de armas: Estados Unidos implementará un programa de seguridad para evitar que crucen la frontera con México a través de delincuentes.

Es una política que Ebrard empujó desde el sábado 3 de agosto, día del tiroteo en El Paso, Texas, en el que murieron ocho mexicanos.

Estados Unidos apoyará también a México en información de inteligencia sobre cárteles mexicanos por parte de la DEA y armas.

Landau no sólo genera empatía con México, también ha comentado su preocupación por la fortaleza de armas nucleares chinas que se pudieron ver el pasado 1 de octubre en el desfile militar del aniversario número 70 de la creación de la República de china.

China ha aumentado el número de armas nucleares durante la última década; de tener 145 en el 2006, en el 2017 ya tenía 270. En este año, la cifra alcanza el número de 290.

Landau ha resultado ser una grata revelación en México.