Buenos Aires. Cuando Cristina Fernández dijo el miércoles pasado que la reforma judicial que se estaba tratando en el Senado no era la que se tenía que debatir, expuso sin pruritos el abismo de la grieta interna.

Y cuando al día siguiente, ella misma presidió el simulacro de sesión que terminó en una ostentosa manifestación de poder, no se pudo verificar a ciencia cierta si en verdad la vicepresidenta estaba abusando de los opositores o del mismísimo Alberto Fernández, a quien le cambió de un plumazo muchos puntos de la reforma que había partido desde la Casa Rosada. Todo indica que lo que hizo lo hizo a escondidas, sin hablarlo siquiera con el Presidente.

¿Orbitan de manera diferente pero son la misma cosa? ¿Es Cristina quien va a dar el golpe que anunció Eduardo Duhalde? ¿Hay desencanto en el Presidente o es quizás lo que él esperaba conociendo cómo se traiciona en política? ¿O quizás todo es una simple confusión? Son algunas de las preguntas que dejó todo este escenario.

Todo lo sucedido con la media sanción de la reforma de la Justicia, hoy tan poco oportuna habida cuenta de la necesidad de operar de urgencia otros males de la hora, dejó en descubierto que el interés social de este tiempo de pandemia y cuarentena, de encierro y de pobreza, no se vuelca de lleno y en forma prioritaria hacia la salud, la economía, el empleo, la seguridad o la educación sino que se deriva por caminos diferentes, un recorrido que durante la última semana culminó por transitar veredas ideológicas diferentes (aunque a veces no tanto).

Si la semana ya venía mal para el Presidente, peor se le puso cuando expresó sus tirrias hacia la ciudad de Buenos Aires: “nos llena de culpas al verla tan opulenta”, dijo en un discurso. Lo expresa sin pruritos un Presidente que vivía en Puerto Madero y un ministro de su Gabinete que se codea más con los sindicalistas.