Diabaly. Poco después de que las fuerzas francesas desembarcaron en Malí, los combatientes radicales ocuparon esta aldea polvorienta de casas de barro y tierra roja y durante cinco días, su presencia significó un poderoso símbolo de desafío.

Los combatientes fueron casa por casa -comentaron los residentes-, diciéndole a la gente que no tuviera miedo. Los militantes insistieron en que sólo atacaban a hombres blancos y soldados malienses , aunque después golpearon a los cristianos locales.

En puestos de control improvisados, cateaban a quien sospecharan se trataba de un espía. Ocuparon casas, saquearon medicinas del hospital y se robaron los pollos de los residentes.

Fue hasta el lunes, cuando los soldados franceses llegaron al pueblo, que los rebeldes se retiraron. Pero una visita a Diabaly, la primera hecha por periodistas occidentales desde la irrupción militante, reveló los desafíos que le esperan a Francia y a sus aliados en su intento de controlar a un movimiento que ha dividido al país en dos.

Muchos de los obstáculos se han vuelto predecibles para cualquier Ejército convencional que combate a una contrainsurgencia, pero su predicción no los hace menos intimidantes. Sugieren una larga campaña por delante, en un país que tradicionalmente ha sido visto como un lugar con retraso, pero que súbitamente ha pasado a ser el núcleo de una creciente guerra entre las fuerzas occidentales y los extremistas islámicos de África.