Después del ataque terrorista en Orlando, Florida, se nos dijo que no era momento para una discusión sobre el control de armas. Y a pesar de que el lunes se estancó el debate en el Congreso, el tema sigue más que vigente. Ampliar la lista de personas que no pueden poseer legalmente armas de fuego o hacer más severa la verificación de antecedentes no habría detenido esta tragedia.

Omar Mateen, un estadounidense inspirado por una combinación de radicalismo, odio y desesperación por matar a 49 personas en una discoteca gay, no estaba en una lista de vigilancia de terroristas. Mejores controles de antecedentes pudieron no haberlo detenido. Si se prohibieran las armas de asalto, podría haber utilizado otras armas de fuego. Si el gobierno encomendara armas inteligentes, las huellas dactilares de Mateen todavía le habrían permitido apretar el gatillo, porque él era el propietario legítimo de las armas que utilizó para la masacre.

La Asociación Nacional del Rifle (NRA) y otros extremistas utilizan formas de jiu-jitsu cada vez que una persona con una enfermedad mental o un enemigo utiliza las eficientes máquinas de matar, conocidas como armas, para causar muertes masivas.

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Pero en la era de la radicalización del lobo solitario, tras las secuelas de un ataque terrorista interno, es exactamente el momento de hablar de los límites razonables sobre la propiedad de armas. Después de Sandy Hook habría sido el momento adecuado.

Después de Umpqua habría sido el momento adecuado. Los encabezados de la prensa sobre fusilamientos en masa nos recuerdan lo bien que las armas pueden matar gente. También nos recuerdan o deberían de hacerlo que un gobierno racional regularía estos productos peligrosos, tal como regula automóviles, productos farmacéuticos y otras cosas más útiles. Por supuesto, el gobierno no puede legislar un fin a la violencia armada. Pero puede tomar medidas que puedan reducir la violencia armada sin infringir los derechos constitucionales.

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El Congreso debatió esta semana formas de terminar con la venta de armas a presuntos terroristas, una política que -los legisladores se han dado cuenta- debe venir con las protecciones del debido proceso para los sospechosos. Incluso si esto no hubiera evitado lo que pasó en Orlando, la reforma buscaba obligar al próximo terrorista interno a trabajar más duro para encontrar sus armas, levantando la atención en el proceso, o podrían darse por vencido. Otra propuesta negaría armas a las personas que tienen condenas por delitos menores de crímenes de odio, lo que plantea menos problemas durante el proceso.

Estas ideas no son las únicas ni las más importantes reformas de control de armas a considerar. Las investigaciones demuestran cada vez más que la verificación de antecedentes universales podría ayudar a disminuir la violencia con armas; sin ellas, añadir a la lista a personas que no pueden poseer armas de fuego legalmente simplemente no es tan eficaz.

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Requerir puntos de control, tales como lectores de huellas digitales, por su parte, evitaría que los niños o miembros suicidas de la familia se disparen a sí mismos o a otros con un arma en casa. Prohibir armas de alta capacidad, al menos, obligaría a los asesinos en masa a recargar con más frecuencia. Si el Congreso permitiera a los centros para el control y prevención de enfermedades estudiar la violencia armada, el gobierno tendría los datos para saber qué conjunto de políticas funcionan mejor que las ideas y restringiría de manera efectiva la propiedad de armas.

Las tragedias siguen sucediendo y la NRA todavía sostiene que las reglas son inútiles. Pero, con el tiempo y, en promedio, un menor número de personas morirían. Ése es un objetivo legítimo.

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