Beirut. Ayer, en una rara aparición pública, el presidente sirio Bashar al-Assad se comprometió a intensificar su guerra en contra de los terroristas que desafían su gobierno, al mismo tiempo que propuso una serie de reformas encaminadas a poner fin al derramamiento de sangre que envuelve Siria.

Luciendo cansado, pero desafiante, mientras se dirigía a sus partidarios en el teatro de la ópera en el centro de Damasco, Al-Assad esbozó sugerencias para lo que él llamó un periodo de transición en el que un nuevo gobierno sería formado, un pacto nacional sería redactado y un referéndum sería llevado a cabo.

Pero al mismo tiempo no mostró ninguna muestra de que está dispuesto a ceder el poder y dejó en claro que no estaba dispuesto a negociar, ya sea con las facciones exiliadas de la oposición siria o los rebeldes que combaten en el país, a quienes se refirió como radicales islámicos que apoyan a Al-Qaeda y títeres del Occidente.

Ellos son los enemigos de Dios y se irán al infierno , afirmó refiriéndose a los rebeldes.

Al igual que en discursos anteriores, Al-Assad explicó su convicción de que la revuelta inicialmente pacífica en contra de su gobierno, que desde entonces hasta ahora se ha disparado en una rebelión armada, se trata de una conspiración internacional en la que los países occidentales financian y apoyan a grupos filiales de Al-Qaeda con el fin de destruir a Siria.

Se burló de sus oponentes como carentes de ideología alguna y en ningún momento sugirió que su paquete de reformas pretendía llevar a un sistema de gobierno más democrático.

¿Es acaso esto una revolución y son estos revolucionarios? Por Dios digo que son unos delincuentes , recriminó.