Él no estaba presente, se había escapado en el ensueño dejándose llevar hasta el infinito del toreo verdad, ése que no deja lugar a dudas cuando resulta en un triunfo. Eulalio López Zotoluco toreó al natural, lento, templado, sublime y recreándose en cada muletazo largo, terso y rematado que hacía el gusto en el público asistente a la octava corrida del serial en La México.

Después, se cambió el engaño a la mano derecha, fue al pegar una vitolina seguida del martinete cuando parecía torear al natural pero, por el lado derecho, con cambiado de mano por la cara provocó una sonora ovación en los tendidos.

Una dosantina y más gritos de ¡olé! , dando todas las ventajas a su enemigo que, de pronto, le tiró la puñalada trapera, fue de esos gañafones que por poco se le clava en el pecho y suelen ser de mortales consecuencias; pero el torero chintololo no se amilanó, aguantó el derrote y siguió con su toreo de poder hasta domeñar al burel y matarlo de una estocada entera y fulminante.

Previamente, el diestro de Azcapotzalco lanceó con variedad y gran técnica. Recibió con largas cambiadas de rodillas y cerrado en tablas para continuar con mandiles y una media pinturera de remate para seguir con una chicuelina, estático, seguida de otras mientras llevaba a su enemigo frente a la cabalgadura del picador y que remató con un vistoso manguerazo de Villalta.

La lidia estaba consumada y completa, los tres tercios habían sido cubiertos con excelencia por parte del experimentado matador y su cuadrilla, la petición fue mayoritaria y, luego de un momento de duda protagónica, el juez concedió los dos trofeos.

En su primero, un toro rajado y difícil, el Zotoluco estuvo tesonero y lidiador; le dio la bienvenida con lances a la verónica que remató con media y en la faena de muleta le plantó cara al de Marrón para hilvanar pases por ambos lados y algunos más con variedad para matar de pinchazo y cuatro golpes de descabello y escuchar fuerte ovación.

Manzanares y Aguilar ?se van sin triunfo

José María Manzanares enfrentó un lote poco propicio, al primero, rajado y reservón, lo mató de tres pinchazos y entera para oír breves palmas, y en el quinto, débil y sin trasmisión abrevió para retirarse en silencio.

A Mario Aguilar le protestaron fuerte al tercero por su poca presencia y terminó en silencio su labor, y con el último de la tarde, el mejor del encierro, lo toreó por ambos lados con cadencia y lentitud, pero al que terminó por pinchar para recibir ovación.

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