Melbourne, Aus. Qué difícil resulta ganarte Novak Djokovic. Parece imposible terminar con la dictadura que has impuesto, cuando uno te ve caminar por los pasillos con el trofeo del Australia Open, el sexto para ti en este torneo igualando el récord de Roy Emerson , el 11 Grand Slam de toda tu carrera, y observa cómo el mundo a tus pies te hace una especie de semidiós ante el resto de los mortales.

Luces inalcanzable, perfecto. Y bien lo sabe Andy Murray, el británico al que has vencido por cuarta ocasión en Australia aunque también cayó ante Roger Federer , y quien no podía dejar de mostrar la frustración que significaba para él no poder amainar tus ataques, tus cambios de juego, y que no pudo responderte cuando le exigiste al máximo.

Y así, veías cómo el pizarrón se ponía a tu favor una y otra vez, hasta marcar, implacable, el resultado: 6-1, 7-5 y 7-6 (7-3) que fulminó a Andy. El próximo año podrás volver a intentarlo , lo consolaste.

Tu fórmula surtió efecto como tantas otras veces. Se trata de astucia, de paciencia, de ese innato talento que tienes al jugar al tenis. No hay duda de por qué el mundo está a tus pies.

Porque si no lo sabes, habría que contarte que Australia estaba entregada a ti desde antes de saber que estarías en la final. Melbourne y sus calles, pintadas todas de colores azules con las banderas del torneo, veían en ti a un campeón. Coreaban tu nombre

Y en las inmediaciones del Melbourne Park, los colores de Serbia, tu patria, inundaban los pasillos, las caras pintadas en tu honor y aquellos que no son tus compatriotas pero te siente tan suyo, corean los himnos que, para algunos, son incomprensibles.

Hoy, Novak Djokovic, te has vuelto una moda, en Melbourne, y en el mundo entero. Y tú tan sólo has aprovechado el momento, te has aferrado a la cima como nunca antes. ¡Novak, dale una oportunidad! , te gritó un aficionado cuando en el primer set dejaste claro que no desaprovecharías la falta de concentración de Murray, que pensaba en su mujer a punto de parir y en su padre, que estaba hospitalizado mientras se desarrollaba el torneo.

Tampoco fue fácil. Pero lo has conseguido, con cada uno de los puntos que le exigiste a Andy, a quien viste apretar con frustración los puños, golpear el suelo con su raqueta, y a quien le anulaste cada intento de oportunidad que buscaba.

Tener el mundo para ti y comértelo a bocanadas.

Ha sido difícil. Esto, has dicho, ha sido consecuencia no de unas semanas, sino de años de esfuerzo, de muchas horas de entrenamiento, de compromiso.

Hoy, todo eso, sin duda, te ha dado resultado.

Detrás del micrófono se escucha una quebrada voz. Escuchemos a Andy Murray: Fueron unas semanas difíciles para mí fuera de la cancha . Ésta es la quinta vez que tiene que enfrentar una derrota en las canchas del Rod Laver Arena, donde esperaba por primera ocasión obtener este Grand Slam que tantas veces se le ha negado.

Ustedes (Kim, su esposa y su hijo nonato) han sido una leyenda estas dos semanas. Muchas gracias por su apoyo. Voy a tomar el próximo vuelo a casa , dice mientras contiene el aliento, mientras evita el llanto.

Ha perdido. Pero ha vendido cara su derrota. Con una invaluable muestra de orgullo que no le alcanzó para darle pelea al invencible Nole, sobrehumano ya.

Andy ha mostrado su frustración cuando cerraba los ojos, cuando gritaba al cielo frases ininteligibles cada vez que se veía sobrepasado por Djokovic. Cuando vio, en sólo dos horas y 53 minutos, cómo se le escapaba en cada punto perdido la oportunidad de cambiar su historia.

Así, Murray se convirtió apenas en el segundo hombre que pierde cinco finales en un grande. Ivan Lendl perdió cinco y ganó tres finales del Abierto de Estados Unidos en la década de 1980.

Djokovic resultó implacable y Andy demostró, sin quererlo, la fragilidad que posee el ser humano. Una vez más, Nole ha mostrado ser demasiado bueno.

Aun mejor desde el 2014, cuando decidió cambiar de entrenador, el orgulloso Boris Becker quien en Melbourne aplaudía a su pupilo, mientras Andy miraba desde lejos, desconcertado.

Murray lo intentó. Pero no pudo con el extraordinario Nole, quien en Melbourne, mostró por qué se acerca cada vez más al mundo de las leyendas.

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