La fuerte infección de estómago que lo dejó con cinco kilogramos de peso menos hubiera sido suficiente justificación para que sólo cubriera la papeleta y cumpliera en su lote.

Sin embargo, a Octavio García El Payo no le importó presentarse disminuido de facultades y tras dos faenas recias, con raza y entrega, logró cortar un apéndice a cada uno de sus enemigos y salió a hombros de la plaza México.

Primero enfrentó a Cartageno, el tercero de la tarde, al que toreó por ambos lados flexionando la pierna para seguir por el lado derecho y poco a poco hacerse de las embestidas del bravo y noble ejemplar de Barralva, un toro al que a base de aguantarle le pudo hilvanar series por el lado natural que le fueron muy coreadas, una dosantina seguida de otra tanda por el lado derecho y adornos que coronó con una estocada entera y delantera para recibir su primer trofeo.

Al sexto, de nombre Patorro, un bravo astado que saltó al callejón, lo recibió en la faena de muleta con pases por alto, sin reponer terreno y dándole toda ventaja.

Siguieron series templadas que le jalearon con fuerza, un momento dramático cuando el toro no le perdonó su osada labor y lo prendió pasándoselo de un pitón a otro en el aire y donde se temía que llevara la cornada, pero luego de reponerse y que su cuadrilla comprobara que no estaba herido, regresó ante la cara de su enemigo a pegarle tres molinetes y meterle la espada en buen sitio, algo tendida, pero que le valió fuerte petición, la concesión y la consabida salida en hombros.

Por su parte, Diego Urdiales estructuró una faena para entendidos que le redituó una salida al tercio en el quinto y en su primero se retiró en silencio; en tanto, Federico Pizarro también se desmonteró después de entregada labor en el primero y le sonaron un aviso tras despachar al cuarto.

Por los de plata sobresalió el subalterno Gustavo Campos, quien saludó tras cubrir el tercio de banderillas, junto con los picadores Carlos Domínguez y César Morales quienes cobraron dos excelentes puyazos.