Cuentan que a la edad de 49 años, la escritora Virginia Woolf habló frente a un grupo de mujeres que querían ser profesionistas sobre su experiencia como escritora.

Habló de sus intentos de matar a lo que llamó El Ángel de la Casa . Se refería a las mujeres virtuosas, que vivían en un estado casi incorpóreo, elevándose sobre los impulsos animales, dedicadas absolutamente al bienestar de la familia y a realizar las tareas domésticas con gran eficiencia. Algo muy conveniente para el señor de la casa, que por cierto no era ningún ángel y a veces parecía un demonio.

El aplauso de las féminas se convirtió en una ovación. Fue en su libro Una habitación propia en el que Virginia Woolf consignó estas ideas, aunque no de manera tan radical.

Virginia, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no estaba preocupada por convertirse en una portavoz del feminismo. Quería depurar su narración literaria y decir con palabras, frases y oraciones en papel. Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir .

Pero también quería decir que las mujeres, para escribir, necesitaban independencia. Económica y personal, es decir, un espacio sólo suyo.

La contraposición con los varones no era su tema. Alguna vez solamente ironizaba diciendo: Los hombres pueden preciarse de escribir honesta y apasionadamente sobre los movimientos de las naciones; pueden pensar que la guerra y la búsqueda de Dios son los únicos temas de la gran literatura; pero si la posición de los hombres en el mundo tambaleara por un sombrero mal escogido, la literatura inglesa cambiaría dramáticamente . Y se reía porque Virginia lo logró. Escribir. Sobre la vida y sobre la muerte antes de morirse.

Virginia no llegó a ver cómo, un par de siglos después, las mujeres ya sabían miles de cosas, habían participado en las muchas batallas que se pelearon en nombre del género, bien o mal entendido, cuáles fueron las luchas bien ganadas que sólo le correspondían a cada quien. Pero sabía que desde siempre las mujeres sabían hacer muchas cosas: gobernar naciones, dominar la ciencia, inventar los mejores inventos, dar nuevos sentidos a explicaciones viejas. Descubrir lo que nunca se había visto y dominar lo filosófico, lo mecánico, lo matemático y lo mágico.

Quizá, por ejemplo, supo que Agameda, griega del siglo XII A.C., curaba toda enfermedad y que en La Iliada Homero juraba que sabía de toda hierba medicinal a lo largo y ancho del mundo. (No supo de Juana de Asbaje, y le hubiera encantado saber que tuvo como única opción volverse monja para estudiar y dedicarse a la escritura, pero que en 1691 expresó a sus enemigos –engañándolos, por supuesto- que escribir nunca había sido dictamen propio, sino una fuerza ajena que jamás comprenderían).

Tampoco supo que habría un Día Internacional de la Mujer -como el que es hoy-, cuya existencia oficial habría sido propuesta por la alemana Clara Zetkin en 1910, testigo de una tragedia horripilante contra las mujeres, cuando había sido integrante del Sindicato Internacional de Obreras de la Confección. Y que su frase de batalla había sido lo mejor: Contra el maltrato, la palabra . Le hubiera encantado. Todo fuera como eso y hay que hacerlo. Porque también podemos hablar con el silencio, pero nos gusta celebrar con la voz.