Tal vez usted recuerde más esta historia por su tratamiento pleno de situaciones fatuas, amelcochamiento, absurdos pececitos de colores y paisajes del fondo marino, en la cinta conocida como La Sirenita…, que por el drama presente en la obra maestra del músico checo Dvo?ák (se pronuncia Borjiak, según me enseñaron), que representa las tribulaciones que debe sortear un ser al cambiar su naturaleza y convertirse en otro, en este caso, un espíritu acuátil en humano.

Cabe reconocer que la producción de Otto Schenk, aunque ya un tanto añejada (1993), no cae en el garlito de convertir a Rusalka en una ópera a lo Disney (sin embargo, por ahí se le escaparon algunos animalitos a lo Cenicienta), sino que se mantuvo en un espectáculo sobrio, verosímil y bien cantado, que gustó mucho al público neoyorquino, a juzgar por los aplausos.

RENÉE FLEMING

El éxito se debió sobre todo a la presencia de la señora Renée Fleming, que sigue haciendo este papel después de casi tres décadas de que lo cantara como estudiante y como su carta de presentación para ingresar a este recinto del Lincoln Center, con la misma frescura, gracia y brillantez de aquellos años.

Uno no se cansa de escuchar las grabaciones de esta ópera, en especial de esa aria bellísima que es La canción de la luna , tan llena de elegancia, fraseo musical como de ondas acuáticas, atmósfera nostálgica, sentimiento amoroso por todas partes… Y en estas grabaciones uno observa ligeras variaciones en cuanto a intensidad, color, brillantez. Pero en todas no se puede dejar de reconocer la calidad, su control de la respiración, el manejo del legatto, su buen desempeño en las notas altas, la intensidad dramática…, porque la soprano de Pensilvania no sólo canta técnicamente bien, sino que cala hondo, estremece las fibras más íntimas.

Por eso, escucharla desde el Met, mediante la transmisión al Auditorio Nacional este sábado 8 de febrero, con esa sonorización de tecnología impresionante, es un privilegio. La gente que llenó el espacio destinado en el recinto de reforma salió inflamada de ese espíritu que nos deja la ninfa Rusalka, el espíritu de cambio a pesar de todos los riesgos. Al respecto recuerdo la frase de una escritora mexicana: Cambiar es un peligro, pero el estancamiento es la muerte.

LAS QUE PIERDEN A LOS HOMBRES

Esta ópera cuenta la historia de un ser que no tiene nombre, ya que rusalka es la denominación que se da a estos espíritus femeninos, que no son exclusivos de Europa, sino que están presentes en casi todas las culturas. En América son especialmente abundantes, desde México hasta Chile, en las mitologías prehispánicas y más recientes, seres que amenazan a los hombres que se pierden en los bosques o en las selvas: la Xtabay, la Tatuana, la Marota, la Patasola, la Siguanaba, la Llorona, la Descarnada y otra media docena más.

Rusalka es una ópera en tres actos (cuatro horas de duración que se pasan volando), de Antonin Dvo?ák (1841-1904), con libreto del poeta checo Jaroslav Kvapil, basado en la novela Undine de Friedrich de la Motte. Fue estrenada en 1901 en Praga y hasta la fecha se la identifica como una de las mejores muestras del arte musical de la República Checa.

TAMBIÉN LUCIERON LA ORQUESTA Y EL RESTO DEL ELENCO

En esta temporada del Met, el elenco estuvo integrado, aparte de por la señora Fleming, por Piotr Beczala, como el Príncipe, quien hace excelente pareja con la Fleming, se mueve con soltura, buen timbre y potencia en la voz.

Dolora Zajick en el papel de la hechicera Ježibaba, quien tiene un buen desempeño en la voz aunque en ocasiones suena cansada; es una bruja que la verdad no atemoriza a nadie. John Relyea es el Gnomo del Agua, padre de Rusalka, quien aparece pintado el cuerpo de verde y luciendo un abdomen plástico de lavadero ( en entrevista para el Met dijo en broma que era producto de años de gimnasio). Relyea tiene una voz profunda y vigorosa, como corresponde a su papel. Emily Magee es la princesa extranjera que le roba el amor del Príncipe a Rusalka; aunque canta muy bien no da el papel de mujer fatal.

La escenografía corrió a cargo de Günther Schneider-Siemssen, quien concretó un buen concepto aunque le sobró cartón, lo que a veces sí se notaba.

En cuanto a la orquesta, dirigida por el muy joven maestro Yannick Nézet-Seguin, se desempeñó de lo mejor: fue una actuación limpia, correcta, con brillo, con el tempo justo en los distintos pasajes, que dio realce al gran trabajo musical de Antonin Dvo?ák.

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