“El año pasado, mi hijo de 16 años fue diagnosticado con cáncer, por lo que tuvo que someterse a un largo tratamiento de quimioterapia y radioterapia. Entre los meses de marzo y abril del 2020, en plena pandemia, recibió 20 sesiones de radioterapia en el Hospital Infantil de México Federico Gómez, un hospital Covid. Día a día, pudimos ver cómo el hospital aumentaba sus medidas de seguridad para pacientes y personal médico. Día a día, su carnet de radioterapia se llenaba de caritas felices hasta llegar a 20, el fin del tratamiento y comienzo de una nueva oportunidad de vivir”.

El testimonio viene acompañado por la imagen de una tarjeta de control de radioterapia del Departamento de Hemato-Oncología del Hospital Infantil. Misión cumplida. Alrededor de los datos del pequeño paciente, 20 casillas que corresponden a cada día de la terapia están llenas con estampas de caritas sonrientes.

Esa historia y su imagen son solamente uno de los 100 testimonios seleccionados por el Museo del Objeto del Objeto (MODO) para integrar la exposición virtual Los objetos del confinamiento, el caleidoscopio de un centenar de maneras de vivir el aislamiento por la pandemia de Covid-19, expuesto en la página del recinto de la colonia Roma cuyo equipo seleccionó de entre 600 propuestas que el público hizo llegar durante el mes de junio.

La reproducción de un esqueleto humano que le recuerda a su dueño lo único inminente de la vida; un anillo de bodas al que se le desprendió una piedra justo en el inicio de la pandemia y ha tenido que quedarse “chimuelo” hasta que la situación permita repararlo; el mazo de tarot que ha ayudado a un nigromante a mirar dentro de sí; dos compañeras de departamento de un soltero que, pese a quererlas sobre todas las cosas, le avergüenza mostrar en las reuniones virtuales de trabajo: sus chanclas; el ruidoso ventilador que rescató a alguien del borde de la locura; una trampa para ratón, porque una familia ya no soportaba los antojos de medianoche de su inquilino incómodo; un relicario elaborado desde la soledad por alguien con un cuadro severo de Covid-19.

Son piezas a las que hubo que asirse desde la tristeza, el miedo, la preocupación, la gratitud, la diversión, el aburrimiento, la introspección, la creatividad, que se han convertido en emblema de la reclusión; algunos como fetiches, otros, más bien, como estigmas.

Inesperado y emotivo

“Leer las historias es como echar un vistazo al confinamiento de decenas de casas, de cientos de personas. Nos sorprendió que estuvieran contadas con tal emotividad. Sabíamos que íbamos a recibir una gran respuesta, pero no esperábamos que la gente le dedicara tanto detalle al cuidado de sus testimonios. Esto nos permitió darnos cuenta de que, con esta exposición, le dimos una oportunidad a la gente pasa sacar lo que tenía dentro e incluso para reflexionar algo sobre lo que no había reparado antes”, comparte Paulina Newman, directora del MODO.

Algunos objetos fueron recurrentes, pero cada uno fue dotado por una historia distinta. Mientras un reloj recuerda a un pariente fallecido, para alguien más es motivo de reflexión sobre cómo la percepción del tiempo ha cambiado desde el confinamiento.

“Los objetos pasan a un segundo plano. Lo que los hace valiosos es la historia y el valor que las personas les confieren. Darme cuenta del cariño, el empeño que las personas le pusieron para compartir una parte de ellas mismas fue muy conmovedor y también muy gratificante; saber que, de alguna manera, estamos tocando la parte emocional de la gente”, concluye.

Los objetos del confinamiento

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