Por Dante Escalante M.

Los hablantes de una lengua la usan y la hacen suya y, a veces por ignorancia o confusión auditiva y otras por la pretensión de parecer cultos e informados, suelen interpretar una palabra como proveniente de otra. Esto se conoce como etimología popular; es decir, la interpretación espontánea, y hasta cierto punto insolente, de una palabra, relacionándola con otra palabra o raíz.

La frijolidad del asunto

El resultado de esta confusión muchas veces es el humorismo involuntario, un nuevo vocablo que nos produce hilaridad. Por ello sentí la obligación de compartir estos casos —todos auténticos— de etimología popular. La mayoría de ellos fueron oídos “por mis propios oídos” y los otros fueron aportados por fuentes más que fidedignas.

Ahí les van algunas perlas de esta corona:

Trabajó conmigo un mensajero que, al poner una cortina, se encajó una astilla y, ante mi alarma, resignado, comentó: “...ni modo, jefe, ¡son los gases del oficio!”.

Otro día, circulando por la salida hacia Toluca, el mismo sujeto advirtió un letrero de lo que entonces era la Secretaría de Ganadería que decía “Banco de semen congelado”, y me preguntó: “Oiga, ¿eso es para ganado o para personas?”, yo le contesté, riéndome, “¿Tú qué crees?”, a lo que él, muy indignado, añadió, “¿Qué?, ¿a poco no hay bebés de profeta?”.

Así, la versión auténtica de una palabra que “no le dice nada” al hablante es sustituida por una nueva palabra que se cree que es la correcta, como los famosos casos de: mondarina en lugar de mandarina —por el verbo mondar—, andalias en lugar de sandalias —por el verbo andar— o de San Juan en lugar de zaguán.

Otros casos más del mismo autor:

—¿Por qué te tardaste tanto?

—Es que el cuate ése no me hacía caso.

—¿Estaba muy ocupado?

—No, nada más estaba ahí, palpando moscas.

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  • Al subir y bajar una escalera por frascos de acrílico de color que le pedía, me sugirió, muy agitado: “¿Por qué no me da una lista de una vez? ¡De tanto subir y bajar, me va a dar un parto cardíaco!”.
  • Y también está el caso de la secretaria de una agencia de publicidad, que, al pedirle que escribiera un memorándum en el que debía solicitarle a un cliente “Favor de enviar, para fotografía, una llanta seccionada”, escribió en su lugar: “Favor de enviar, para fotografía, una llanta sexy o nada”.
  • A veces el error tiene una cierta lógica de origen o de cruce semántico, como en estos casos:
  • Una empleada doméstica que preguntaba: “¿Le tiendo la cama con el enredón?”.
  • La vieja chismosa que le asegura a su igualmente vieja y chismosa comadre: “Me lo contaron con lujuria de detalles”.
  • El chofer que comentaba, preocupado: “Se veía muy mal. Traía un rostro calavérico”.
  • El dependiente de una tlapalería: “¿Va a querer el IVA deshuesado?”.
  • La mujer que confesaba que su marido “estaba enfermo de la columna vertical”.
  • Otras perlas populares de este tipo tienen un resultado poético:
  • Un diseñador inglés proponía: “¿Vamos a comer al Fondo del Recuerdo?”
  • Por su parte, un niño de preescolar preguntó: “Hoy es lunes, ¿no va a haber enfermérides?”
  • Preguntando el resultado de un encuentro deportivo, una voz anónima respondió: “Se fueron a la muerte súbdita”.
  • También hubo a quien le diagnosticaron presbicia y dijo que era presbítero.
  • O el consejero de una revista que aseguró: “¡Tenemos que romper paradojas!”
  • La ultracorrección y la supuesta erudición se evidencian en los siguientes casos:
  • En un tianguis, un vendedor anunciaba su mercancía con la garantía de no ser piezas defectosas, y, al corregirle que seguramente quería decir defectuosas, se defendió, diciendo: “¿A poco dice usted defectuo?”
  • El hombre aquel que, tras haberse descubierto una grave serie de errores en su empresa, declaró: “¡Zas! ¡Ahora sí se destapó la caja de Pantera!”
  • El adolescente que citaba, con mucha autoridad: “Como dice el viejo y conocido Refrank” —personaje conocidísimo y, seguramente, ya muy viejo.

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El humorismo involuntario está siempre presente y nos sale al encuentro del modo más inesperado. Encontrar la veta de la sonrisa solamente requiere de atención en lo que se oye o se lee. Las pepitas de oro de estos tropiezos verbales salen cotidianamente y su brillo de carcajada nos refresca la existencia. Hay que aprovecharlos para producir endorfinas. Lo demás, como dijera el hermano de una conocida mía, “son frijolidades de la vida”.

Dante Escalante Mendiola es diseñador gráfico egresado de la UAM Azcapotzalco, especializado en ilustración. Es un algarabiadicto confeso e incurable. Cuando no está custodiando celosamente una Algarabía, observa y aprecia el humorismo involuntario de la vida.

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