El reciente terremoto del 19 de septiembre en la Ciudad de México y la impresionante secuela de huracanes y tormentas que desde los océanos Atlántico y Pacífico han azotado al Caribe, Centroamérica y Norteamérica, dejando centenares de muertos y miles de millones de dólares de daños económicos, han alimentado nuevamente la narrativa mediática de los desastres NATURALES y sus impactos.

Desde varios años la comunidad científico-social de nuestro país y de la región latinoamericana que estudia los desastres afirma que los desastres NO son naturales, sino un producto de la construcción social del riesgo. Es decir, que el riesgo, conocido como el producto de una amenaza (por ejemplo, un huracán) y la vulnerabilidad (una población que vive expuesta a diferentes peligros) se transforma en un desastre cuando esos dos factores se combinan y se concretan por la presencia del elemento humano.

Un terremoto, un tsunami, un huracán, un deslizamiento o las decenas de formas de peligro que sufre México por su geomorfología y geología, se vuelven un desastre cuando hay una población y la infraestructura que ella utiliza de por medio. Si un huracán anda libre por el océano Pacífico sin tocar tierra y amenazar a las poblaciones costeras, no representa un desastre sino un peligro natural.

¿Por qué entonces se habla de desastres “naturales” de manera equivocada?

En el imaginario colectivo, tanto de los medios de comunicación como de mucha gente, el desastre se debe a fuerzas naturales poderosas o sobrenaturales que actúan irremediablemente contra los seres humanos. Algunas personas, como vimos en recientes sondeos mal formulados en algunas televisoras nacionales, creen además que las causas de los acontecimientos son fruto de un castigo divino. En este caso, los hechos catastróficos se le presentan al ser humano como provocados por fuerzas extrañas sobre las cuales no tiene control.

Sin embargo, la realidad es diferente. La relación entre fenómenos naturales peligrosos (como un terremoto, un huracán o un maremoto) y determinadas condiciones socioeconómicas y físicas vulnerables (como una situación económica precaria, viviendas mal construidas, tipo de suelo inestable, mala planeación urbana o la especulación inmobiliaria en zonas de riesgo) son la mayor causa de los desastres. ¿Cuántos edificios se siguen construyendo con materiales y estructuras no idóneas en zonas de riesgo? ¿Cuantos permisos de construcción se siguen otorgando sin validar previamente las zonas de riesgo y su vulnerabilidad?

Las condiciones de vulnerabilidad socioeconómica, institucional y de otros tipos son finalmente un factor fundamental para que haya un desastre. Los seres humanos tenemos una gran responsabilidad en la producción de los desastres que erróneamente llamamos “naturales”, ya que los fenómenos de la naturaleza no causarían daños de por sí, si no tuvieran una interacción con el entorno humano y su desarrollo.