Para Ximena.

Llevábamos meses esperándolo. Sonaba maravilloso. ¡Mira, mira! Me dijo mi grandota pero todavía chiquita y doceañera hija. En la televisión, en uno de esos canales de niños y preadolescentes se desplegaba un alud de luces y burbujas. La voz de locutor –grandiosa, grandota, capaz de despertar las emociones más extremas- decía feliz:

¡Llega a México el Gazillion Bubble Show, un espectáculo que te llevará a un mundo asombroso, con música, efectos especiales, iluminación y fascinante coreografía de rayos láser que te dejarán maravillado. Ganador de 16 récords mundiales Guinness. Directo desde Las Vegas, Moscú, Tokio, Londres, Nueva York... Y ahora, en la ciudad de México. ¡Ven a ver el show de burbujas más increíble del mundo! .

Los apasionados y a veces feroces ojos de mi vástago no permitían equivocaciones. Era obvio que ya había visto el promocional muchas veces. Que había calculado si valía la pena enseñármelo, primero; después, preguntar si podíamos ir a verlo y, en caso de provocar reacción extraña o negativa, hacer uso del repertorio completo del convencimiento (que puede incluir una gama variopinta e interminable de recursos).

Pero no fue necesario. Yo, atenta como buena teleidiota, miraba las imágenes en las que una suerte de prestidigitador sonreía ante una docena de niños encantados por estar dentro de una burbuja, un enorme elefante encerrado en su redonda cárcel de jabón, muchas luces de colores y fanfarrias. No había necesidad alguna de súplica o chantaje. Anuncié que claro, que podíamos ir al espectáculo de burbujas más grande del mundo. Feliz como pocas veces, mi hija sacó su plumón favorito y anotó en todos los calendarios de la casa la fecha del ansiado día. Todavía faltaba mucho tiempo.

Debo confesar que no averigüe nada. Sucumbí, como ella, al encanto prometido. Mi único sobresalto en esos meses de deliciosa inopia fue que se agotaran los boletos antes de haber conseguido dos. Nada de eso sucedió.

Cuando llegó el ansiado día nos levantamos pensando en qué nos íbamos a poner. Zapatos que no se arruinaran con el agua y el jabón, alguna camiseta vieja que no se despintara si es que acabábamos rompiendo una burbuja que nos tuviera presas y el pelo recogido –por aquello del pegoste.

Una vez vestidas y peinadas, salimos con una hora de anticipación por si acababa el mundo justo aquella tarde. Llegamos cinco minutos antes.

El lugar era como una carpa pero de cemento y alta tecnología -eso sí-. Nos sentamos en las butacas.

Era obvio, pensé, que sentarse era cosa temporal porque si uno es el espectador del espectáculo de burbujas más grande del mundo espera un espacio donde, al menos, haya cancha para atrapar burbujas y, por supuesto mirar de cerca al elefante atrapado en su frágil prisión de detergente. Pero no. El espacio era un teatro convencional a la italiana (cuarta pared, escenario negro con proscenio y hartas luces en el techo), el público no podía desplazarse sobre advertencia de los amenazantes altavoces (nadie podía moverse, ni correr, ni salirse de su asiento por los dispositivos especiales sembrados por todos el espacio).

Se hizo la oscuridad. Después de algunas fanfarrias –de sintetizador ochentero- apareció Fan Yang, el creador del concepto y mago de la burbuja. Antes de sacar cualquier utensilio espumoso aparecieron dos pantallas que presentaban una película de la niñez del mago. En ella aparecía –en blanco y negro- con su hermanito diciendo, tristemente, que su niñez no había sido abundante ni fácil y que desde siempre había querido tocar el arcoíris. ( Es un show inspiracional –leí días después del impacto en una entrevista con Fan Yang- porque al ver lo que se puede hacer con el jabón, se despierta la creatividad ). La película cerraba con la confesión de que el show había surgido mientras observaba la espuma que hacía la cascada al caer sobre el río de su pueblo natal en Vietnam y se imaginaba lo genial que sería poder entrar en una de esas pompas y volar.

Lo mismo hubieran querido los niños que estaban sentados aquel día mirando su show -pensé yo-, que iban a volar, a divertirse tanto que tocarían el arcoíris, a hartarse del puro gusto de hacer y reventar burbujas. Pero no fue así. Durante hora y media vimos, desde lejos, cómo un tipo vestido de negro hacía burbujas de jabón. Grandes, chicas, que se reventaban pronto, una y otra vez. Y esperaba hartos aplausos. Y ya.

(Ya del elefante ni hablar.)

La cara de mi hija lo decía todo. La ilusión de ambas se había reventado justamente cual burbuja. Sólo nos quedó reírnos. Después pensamos que todo fuera como eso.

Que a lo mejor al pobre de Fan Yang, en vez de explicarle que el arcoíris es un fenómeno óptico y mandarlo rapidito a la escuela, le regalaron un frasco de burbujas. La próxima vez, pensé yo, vamos a Chapultepec a comprar nuestro propio frasco y luego entramos a un museo.

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