Conocíamos al sabio Próspero como un anciano que ha visto ya muchas cosas, pero el dramaturgo y director Flavio González Mello lo imaginó de otra manera: vigoroso, desenfadado, temerario y alevoso.

Próspero es el punto de partida y el punto de enlace entre las distintas partes que conforman la pieza teatral Temporal, en la que el director reelabora con tino, humor e imaginación, una de las obras fundamentales para comprender la expansión de la cultura moderna-occidental: La tempestad, de William Shakespeare.

Con una estética que nos recuerda a la reelaboración de este mismo mito hecha por el cineasta Peter Greenaway, en su película Los libros de Próspero, Temporal dialoga no sólo con el cine, sino también con la literatura y el teatro desde el teatro.

La obra apunta su crítica hacia uno de los dilemas de siempre: la visión del otro no moderno, el irracional, loco y estúpido pobre Calibán (Gerardo Taracena, quien figuró en Apocalypto); pero aquí lo hace con especial atención en el presente y con mucha ironía, una ironía que se devuelve de forma violenta bajo una doble estratagema: el poder de la seducción y la razón como absoluto, como ordenamiento del mundo, en un punto histórico de total sacudimiento que, si bien nos va, es un temporal prolongado.

El diseño de la escenografía –que corrió a cargo del joven Jorge Kuri- nos conduce a un espacio intelectual intenso: los libros componen y crean nuestro mundo; la transparencia de la tramoya confirma nuestra existencia como montaje. El sabio es el director de escena, es quien domina los tiempos y formula la convergencia.

Próspero es quien domina el tiempo y las escenas, es quien tiene la dramaturgia y la mueca perfecta, quien sabe, es el más fuerte y el más violento, es un erudito, un soberbio, un soberbio en retirada.

Lo amargo de haber desterrado a los sabios del mundo es que su lugar lo ocupan los burgueses comodinos, los tramposos, los simuladores, los que no actúan con pasión, los que no se entregan, los rapaces, los que no leen en el sentido amplio del término, los que engañan, los otros salvajes, los que usan pieles finas y cazan elefantes.

A lo largo de la obra, es claro cómo Flavio juega con tres piezas de Lego que va acomodando de diferentes formas, piezas que son tres grupos de actores: los borrachos (con José Sefami, acompañado de Emilio Savinni), los ilustrados (Calva y la pareja de enamorados: David Gaitán y Zaira Ballesteros) y los burgueses (Dobrina Cristeva, fuerte, expresiva y sensual, de las favoritas de Mello; Raúl Adalid y Carlos Orozco); además de quien cruza el espacio durante toda la obra, Ariel (la simpática y brillante Olivia Lagunas), el espíritu del aire, el genio en toda su inocencia y brillo, que no discrimina pero sí obedece, el genio vuelto esclavo incapaz de usar sus alas.

En este punto refulge el relato de Shakespeare, porque el dramaturgo modela personajes que sirven a un tipo específico.

El triunfo de la Enciclopedia es Próspero, en una isla mágica en la que nada sale de su control, una isla cuyos límites se desbordan en forma de libros con tapas azules, libros a los pies de la escena y, sobre todo, a los pies del público. La paráfrasis es precisa, pero le falta adaptación; sin embargo, Shakespeare es Shakespeare. El valor de puesta se encuentra en hacerlo hablar en tiempo presente.

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