De México a Timbu, en el Reino de Bután, la distancia es de 14,708 kilómetros. En este pequeño país de los Himalaya, en 1972, fue coronado su cuarto monarca con sólo 17 años de edad, al poco tiempo de ser admitido a las Naciones Unidas.

Pronto, el bisoño rey planteó a su pueblo que gobernaría en favor de la felicidad nacional bruta en lugar del tradicional Producto Interno Bruto.

Siguiendo su propuesta se creó el grupo internacional de expertos para el bienestar, encargado de elaborar el Paradigma para un Nuevo Desarrollo, donde las claves debían ser: felicidad y bienestar. La doctora en Filosofía y Economía Sabina Alkire, de la Universidad de Oxford, es la directora.

Para quienes nos movemos en el resbaladizo terreno de la salud mental, este proyecto contiene varias ideas frescas e interesantes.

En particular, el apartado relativo al Bienestar Psicológico que conviene consultar en el Centro de Estudios de Bután: http://www.grossnationalhappiness.com/

Resulta que en psicología y otras ciencias sociales ya se han identificado los factores determinantes del bienestar psicológico subjetivo, investigando cómo las personas evaluamos nuestras vidas, sea a través de las ideas o los afectos.

Cuando a alguien se le pregunta qué tan satisfecho está con su vida, la respuesta será producto de su pensamiento (cognitivo). Esa persona puede experimentar simultáneamente emociones y sentimientos (afectividad) asociados con el placer o el malestar. La mayoría de la gente distingue la diferencia entre bienestar y malestar o felicidad y zozobra, aun cuando conscientemente no logre describirlos.

El nuevo Paradigma define el bienestar psicológico en términos de la experiencia interna del individuo y de la percepción de su propia vida, ocupándose tanto de los estados de ánimo efímeros como del bienestar mental de largo aliento.

En los modelos tradicionales, indicadores como tasas de suicidio, embarazos no deseados, problemas ambientales o adicciones solamente reflejan aspectos económicos sobre la calidad de vida; sin embargo, estos números nada dicen acerca de cómo se sienten las personas en cuanto a su bienestar particular. No reflejan vivencias reales y cotidianas como la calidad de las relaciones humanas, la frustración personal, el aislamiento comunitario, el estigma social o la depresión.

Los indicadores económicos tampoco incluyen algunos efectos colaterales de la producción y el consumo como los daños ecológicos o el aumento del riesgo suicida. Otro problema es que parten de modelos que privilegian la razón, cuando ya se ha demostrado que la lógica no siempre predomina a la hora de tomar decisiones, incluso algunas de las más importantes.

Es tiempo de que el bienestar sea tan importante como los indicadores económicos. Las sociedades actuales deben poner atención a los aspectos psicológicos de bienestar y los políticos, los mexicanos incluidos, deberán comprometerse a generar planes y estrategias colectivas para disminuir el estrés, mejorar la satisfacción de vida y los niveles de felicidad de la población.

La gente con altos niveles de bienestar psicológico tiene mejores probabilidades de obtener buenos ingresos en el futuro, más satisfacción laboral y mejor salud que aquellos que viven y se sienten tristes y frustrados.

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