Febrero de 2014. Con motivo de los 20 años del TLCAN, entrevisté a Jaime Serra Puche. Concedió que había faltado una lectura industrial del sector cultural en el tratado. Pero que en ningún momento de la negociación se vio como riesgo no incluir reservas en el campo. Bastante fuerte la cultura mexicana para protegerla de sus socios. Le pareció que no había temor como el canadiense, tampoco detectamos grandes ventajas en adoptar una posición similar . Michael Wilson, ministro responsable de la negociación por Canadá, se encargó de fijar la exención en las industrias culturales con respecto a Estados Unidos.

En el contexto de la renegociación del TLCAN, no ha aparecido la postura del Primer Ministro Justin Trudeau, y de su negociadora, Chrystia Freeland. Tampoco sabemos de los pareceres de la comunidad cultural de ese país. Tal ausencia podría interpretarse como una marcha atrás, si bien puede ser una omisión por el alud de aristas. Para comprender lo que sucede con Canadá, vale la pena recordar la visita, en el mes de marzo de 2014, de Charles Vallerand, entonces director de la Coalición Canadiense para la Diversidad Cultural. Vino invitado por la UAM y el GRECU a un foro que organizamos para evaluar las dos décadas del acuerdo comercial. Además de su aleccionadora presencia, su pensamiento puede leerse en el libro TLCAN/Cultura ¿Lubricante o engrudo? Apuntes a 20 años , descargable aquí.

México y Canadá tienen una balanza comercial cultural pequeña. Nuestra nación ocupa el treceavo lugar de las exportaciones de bienes, servicios y productos culturales canadienses, y el séptimo en importaciones. El PIB cultural de ellos es de 3.1% (al año 2010) y el nuestro de 2.9% (a 2015). La diferencia se encuentra en el terreno de la diplomacia y la cooperación cultural, donde le intercambio es visible más no abundante. En muchos sentidos, 23 años de relación comercial en poco ha abonado al desarrollo cultural de las naciones.

A contrapelo, Estados Unidos (con un PIB cultural de 4.2%) es para Canadá el primer socio cultural tanto en importaciones como en exportaciones. En esa perspectiva, el especialista Vallerand nos dijo que la exención cultural ha tenido un alcance limitado. No disuadió a los Estados Unidos de impugnar con éxito ciertas políticas culturales . A partir de 2005, la Convención de la UNESCO sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, se convirtió en un nuevo instrumento para intentar contrarrestar las presiones norteamericanas.

Cito a Vallerand: Aunque se escuche que Canadá ha sido el menos afectado de los tres países por haber establecido la exención cultural en el tratado, es difícil concluir que salió bien librado. Ésta protege las políticas y los programas de ayuda a las industrias culturales, pero su éxito depende de varios factores , entre ellos, la competencia de los productos extranjeros y la capacidad financiera de los poderes públicos para sostener la cultura .

En otro momento señaló que no cabe duda que el poder de atracción de la cultura estadounidense afecte la balanza comercial y representa un riesgo para la identidad cultural. Las multinacionales de la cultura norteamericana tienen medios técnicos y financieros contra los cuales las empresas y los creadores canadienses pueden muy difícilmente rivalizar .

En el foro del GRECU, sin vislumbrar una renegociación, Vallerand nos recomendó adoptar la exención cultural, los equiparía para desarrollar o reforzar sus políticas culturales sin temer a la impugnación legislativa de sus socios y sin dejar de ser un mercado abierto al aporte cultural del exterior . Lo cierto es que si Canadá repite su postura, es de esperarse obtenga mejores condiciones que en 1994. Sería un notable aporte al nuevo TLCAN y que a las autoridades mexicanas, sin duda, volvería a importarles poco. Si Canadá se olvida de la exención, vaya derrota.

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