A la Santa Muerte le vienen muy bien los versos de Don Juan Tenorio: “Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”.

Aunque su culto es más bien reciente en México, se nutre de tradiciones muy lejanas: una figura esquelética del siglo XVII con corona y guadaña, custodiada en el Museo del Ex Convento de Yanhuitlán, en Oaxaca, da cuenta de la importancia de la Santa Muerte en las procesiones religiosas que se practicaban durante el Virreinato.

Las Leyes de Reforma la mataron en el siglo XIX. No hay rastro de ella. Al prohibirse las manifestaciones religiosas en público, la Santa Muerte no pudo salir a las calles. Quedó confinada en las sacristías y su culto permaneció en la oscuridad, en el ámbito privado.

El culto a la muerte se pierde en la noche de los tiempos. No se sabe con certeza cómo, cuándo, y dónde surgió, pero hay evidencias de que los celtas ya lo practicaban hacia el año 1,200 antes de nuestra era.

En particular, el culto a la Santa Muerte, endémico de México (esa figura ataviada con túnica y manto, con aureola y empuñando una guadaña), permaneció por más de un siglo desterrado, en sordina, entre murmullos, hasta que salió del armario a mitad del siglo XX cuando doña Queta hizo público su altar en el barrio bravo de Tepito de la capital mexicana.

Dicen que la trajo a México un santero cubano, otros aseguran que se le apareció a un chamán de Córdoba, Veracruz, y le pidió que propagara el culto. No se sabe. Lo cierto es que hoy la Santa Muerte está en todas partes y más viva que nunca.

Sus altares aparecen y desaparecen por cientos, tal vez miles, en todos los rincones y espacios posibles del país: en hogares, comercios, tianguis, taxis, microbuses, en carnavales, tatuada en los cuerpos, estampada en camisetas, en el grafiti callejero, en los colguijes que porta la gente, incluso en el arte contemporáneo.

La doctora en Antropología Katia Perdigón Castañeda, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), estudia el fenómeno desde 1994 y confirma que el culto a la Santa Muerte, como hoy se practica, “es muy reciente y se ha vuelto una moda pero no tiene nada que ver con la celebración de los difuntos, producto del sincretismo prehispánico y católico, ni con los altares de muertos” que abundan en estos días por todo México, pero es innegable que, pese a la reprobación eclesiástica, se abre paso cada día con mayor fuerza en la devoción popular.

La doctora Perdigón, quien también es restauradora, nos cuenta que su interés por el tema surge en el Ex Convento de Yanhuitlán, cuando apareció ante sus ojos esa figura esquelética de color marfil fabricada en madera en el siglo XVII, sentada en un trono de madera, y al investigar sus antecedentes encontró que gozaba de un particular fervor entre la población.

Diez años de investigación fraguaron en el libro La Santa Muerte, defensora de los hombres, publicado por el INAH, que a ocho meses de su aparición, en 2008, quedó agotado y nunca más ha vuelto a imprimirse.

Perdigón Castañeda refiere que el culto original apareció asociado a personas que tenían trabajos o vivían situaciones de alto riesgo: policías, veladores, sexoservidoras, barrenderos, migrantes, pero hoy en día su base de creyentes se ha ampliado y diversificado, como también se han diversificado su iconografía y la manera de venerarla.

“Su iconografía se ha venido adaptando a las particularidades de los creyentes, en su mayoría católicos, pero también convive en ambientes de santería, brujería, new age, heavy metal o el movimiento religioso de la nueva mexicanidad que reivindica las creencias del México prehispánico. Se funde con otras tradiciones y se inserta en muchas causas sociales”, detalla la especialista.

También su indumentaria es dinámica, nos dice: “La visten de novia cuando quieren pedirle un milagro importante o cuando le piden que les conceda un buen matrimonio.  Para el Día de Muertos la suelen vestir de catrina; en el mes patrio le ponen un atuendo muy mexicano, o la visten de dorado para pedirle prosperidad y abundancia”.

Recientemente, la doctora Perdigón, en colaboración con el antropólogo físico Bernardo Robles, ha explorado el culto a la Santa Muerte en los tatuajes y en el transporte público.

Esta semana, Robles presentó en el Congreso Internacional de la Muerte, en Hidalgo, una ponencia sobre los altares semimóviles que le dedican a la Santa Muerte en las combis, microbuses y taxis que viajan por toda la ciudad. “Los devotos continúan el culto y colocan los altares en el transporte público de la Ciudad de México. Gente de pensamientos y creencias diversas sube y baja del transporte público; conviven en el mismo espacio devotos y no devotos de la Santa Muerte al acecho de la inseguridad”, dice Katia Perdigón.

“Se tiene la creencia de que ella protege al chofer y a los pasajeros devotos de asaltos, accidentes y vicisitudes del camino”.

La santa y los tatuajes

El culto a la Santa no es territorio exclusivo de malandros. A la par con la Virgen de Guadalupe, San Juditas o Malverde, se abre paso entre los pliegues de la piel y comparte la geografía del cuerpo humano.

“En el tema de los tatuajes intentamos romper el estigma de que todos los devotos de la Santa Muerte tienen que ver con lo malo. Nos dimos cuenta de que no había una tipificación de los tatuajes y la creamos, hablamos con tatuadores, con devotos, creyentes, que no fueran del ámbito carcelario, señala Perdigón.

Contra lo que pudiera creerse, “los tatuajes no están asociados necesariamente al ambiente carcelario, gente devota se tatúa a la Santa para agradecer algo o pedir un milagro. El significado depende de donde se coloca el tatuaje y la manera como se la coloca y los elementos iconográficos que le acompañan”.

“Quisimos indagar sobre la Santa Muerte buena, benéfica, que apoya, que ayuda a la gente en el día a día a salir adelante, a tener trabajo, a que el hijo se cure o que pase un examen, a que la mamá salga bien de una operación, o a que ayude a rescatar de un secuestro”, precisa Perdigón Castañeda.

“El próximo año saldrá un libro sobre La Santa Muerte y los tatuajes que publicará una Universidad en Holanda, con una versión en español para México”, revela la antropóloga.

Pese a ser un culto repudiado por la Iglesia católica, lo cierto es que “la Santa Muerte está mucho más extendida de lo que se cree. No tenemos estadísticas de cuántos devotos ni cuántos altares tiene en México, porque no figura en los censos del Inegi, pero se pueden contar por miles”, señala la experta; sin embargo, la conjura social y eclesiástica no es óbice para que aún hoy a hurtadillas, los devotos que visitan el Museo del Ex Convento de Yanhuitlán le recen a la “santa” y le prendan una veladora.

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