Me tomo la libertad y el pésimo gusto de dedicar este garage a una digresión personalísima. Hace unos días, unos amigos y yo estábamos pensando en los libros y cómics que nos hicieron mexicanos.

Digámoslo bien claro: más que cantar el himno nacional o hacer honores a la bandera, lo que forma la identidad nacional es la música, la comida, los juegos, las narraciones y los dicharachos y groserías que uno aprende mientras va creciendo. A la hora de insultar, de celebrar un gol o de bailar, no da lo mismo ser español que argentino o mexicano.

Hablando de cómics, todo mundo mencionó a la Familia Burrón como referente, también al Memín, las tiras de Jis y Trino (Sin El Santos no hay mexicanidad contemporánea posible, me cae) y las historietas populares del tipo Sensacional de Maistros y el incomparable ¡Así soy y qué!

En la parte literaria abundó el desacuerdo. Que si Fernando del Paso y Noticias del imperio , y el aspirante a intelectual recetó la obra entera de Paz, Rulfo y Arreola, otro citó a Alfonso Reyes, y el megahipster dijo que antes de Juan Villoro todo era Cuautitlán.

A mí déjenme unas diez novelas de Luis Spota y me aviento al Zócalo envuelta en el lábaro patrio. Creo que yo supe que era mexicana porque todo lo que narraba Spota (al que nunca vi con vida y que antes leerlo era para mí únicamente otro nombre entre los libros de mi papá) me parecía asombrosamente cotidiano.

Spota, autor olvidado y reivindicado varias veces, cuya prolífica narrativa fue (y sigue siendo) despreciada. Es, sin embargo, uno de los autores mexicanos de más éxito entre los lectores, todo un best-seller. De esos insólitos casos en nuestra literatura en que un escritor tenía filas de gente esperando por su autógrafo.

Sus grandes pecados, según sus detractores: su prosa fácil y fluida, sus temas periodísticos, su interés por la trama por sobre todas las cosas. Es decir, era muy poco vanguardista y no tenía gran ambición estética. Su estilo es correcto pero no exquisito.

Ah, pero documentó como nadie la vida cotidiana de las múltiples caras México. En Más cornadas da el hambre hace un retrato apasionante de la Fiesta Brava, o más bien, de los torerillos que hacen la legua soñando con llegar vivos a la Plaza México. En La carcajada del gato Casi el paraíso , mi favorita, es una novela picaresca en la que un pillo se hace pasar por príncipe europeo y se vuelve el rey de la burguesía mexicana.

Quizá su obra más perdurable es su extensa revisión de nuestra clase política en la serie de novelas La costumbre del poder , cinco libros maravillosos que cuentan con gran atención al detalle los pasos que seguía un político del PRI para pasar de gris subsecretario a Presidente: el destape, la cargada, la campaña, la toma de poder, la caída en desgracia y el nombramiento del sucesor.

Apenas camuflados aparecen personajes como Emilio Azcárraga Milmo, Jacobo Zabludovsky, Luis Echeverría… Toda la pléyade de los sospechosos comunes que sostenían ese sistema que hoy se desmorona y que algunos añoran, otros todavía temen y otros más apenas conocimos pero que todavía sentimos.

Ahora que con el Bicentenario está de moda discutir qué diablos es México, yo recomiendo que le saquemos el polvo a Don Luis Spota. Pocas de sus novelas siguen disponibles en las librerías de novedades, pero seguro si se da la vuelta por las librerías de viejo las encontrará todas.