“Dicen los estudiosos que Hansel y Gretel, la historia original de los hermanos Grimm era una especie de advertencia contra la dureza de la vida en la Edad Media, un tiempo caracterizado por la hambruna y la escasez constante de alimentos que, con mucha frecuencia, con una frecuencia acaso aterradora, conducía al infanticidio. Añaden esos estudiosos que la historia de Hansel y Gretel, tal y como la conocemos ahora, es sólo una versión esterilizada para las clases medias del siglo XIX. De hecho, aseguran que en las primeras copias de la colección de los hermanos Grimm, en las que no había madrastra alguna, era la propia madre quien persuadía al padre de que abandonara a sus hijos en el bosque para que así murieran de hambre (...). Por otra parte, todo parece indicar que, al menos en la historia de Hansel y Gretel, tanto la madre o la madrastra como la bruja, a quien los niños terminan matando, son la misma mujer transfigurada”.

El anterior es un extracto del libro “El mal de la taiga”, de la escritora tamaulipeca Cristina Rivera Garza, que, publicado originalmente por Tusquets en 2012, hace un par de meses ha tenido una revitalización con su publicación en la colección editorial Literatura Random House y su traducción al inglés, lanzada el año pasado, ha sido nominada al Premio Shirley Jackson, especializado en suspenso psicológico, los fantástico, lo oscuro y el horror.

La novela es esencialmente oscura, introspectiva, con un relato que, como sus personajes, no mira atrás en un periplo para internarse en un bosque de taiga donde suceden cosas extrañas y la realidad se distorsiona; y es que, se dice que la gente que vive en la taiga se vuelve loca por la desesperación de huir de ahí, pero, ¿qué hay de los que se empeñan en internarse? Ese es el caso de la protagonista de este relato, una ex detective que, a pesar de sus fracasos, ha aceptado retomar el oficio e ir en busca de una mujer que abandonó a su marido para huir con otro hombre hacia el interior de la taiga.

Entre las tantas reflexiones que esta siniestra inmersión en el bosque despiertan en la reivindicada detective y su traductor hay una determinante: “el desamor aparece igual que el amor, un buen día (...). Justo como el amor, el desamor un buen día se va”.

La angustia de irse alejando

En entrevista con El Economista, Rivera Garza explica que “a pesar de que la novela no explora las geografías conocidas, como podrían ser lugares de México, en su afán de mostrar cierta práctica de la lejanía, como quiera, pone atención a asuntos que tienen que ver con la producción misma del paisaje en general, con las fuerzas que lo habitan y elementos oscuros que están en la raíz de muchos modos de vida. Hay mucho del contexto político y social que yo vivía en el 2012 pero transmutado, traducido, a una obra de ficción en la cual la experiencia de la lejanía era fundamental”.

Relata que el reto como escritora, para este relato de gran calado psicológico, era descifrar cómo producir esa sensación angustiante de la lejanía física y de cómo, conforme se va cobrando distancia de los lugares y modos que nos resultan familiares, también se va comprendiendo menos. “Es un viaje también interno, sobre cómo con el lenguaje estamos produciendo también esa sensación de ir dejando los lugares que conocemos; el vértigo y a veces, el terror, de irnos aproximando a cosas que cada vez entendemos menos”, detalla.

Comparte que “El mal de la taiga” es uno de los libros que más le ha apasionado escribir, en términos de ritmo de creación. Agrega, para retomar el texto con el que inicia esta nota, que le parecía determinante abordar la idea del bosque que todos hemos recibido de los cuentos de hadas, pero prescindiendo del final feliz.

“Esos cuentos de hadas en los que el bosque no está encantado sino en el que se explota la madera, en el que hay trazos del fin del mundo, en el que hay casos de usura y de violencia (...). Hay un afán interdisciplinario en el libro, de llevar la anécdota tradicional de los cuentos de hadas a su punto más material. Me ha interesado mucho cómo nos hemos ido apropiando de historias que en su origen eran historias mucho más salvajes, sangrientas y mucho menos aleccionadoras”, concluye.

¿Quiés es?

Cristina Rivera Garza ha sido merecedora de la beca del Fondo Nacional Para la Cultura y las Artes (Fonca), la primera ocasión, de la beca para Jóvenes Creadores en novela 1994-1995 y más tarde, de la beca para Jóvenes Creadores en poesía 1999-2000. Consultada sobre su postura acerca de lo propuesto por la senadora Jesusa Rodríguez para desaparecer el sistema de becas, la escritora dijo:

“Sin las becas del Fonca resultaría difícil reconocerse a uno mismo como escritor. Creo que, a nivel económico e identitario, las becas han sido bien importantes para muchos escritores, y me incluyo en esa lista. Habiendo dicho esto, sí creo que las becas necesitan una revisión puntual acerca de a quien benefician, de cuántas veces puede alguien tener becas, acerca de su alcance a nivel nacional y no nada más en el centro del país, entre muchas más cosas. También creo que el estado tiene la responsabilidad no solo, como lo dice la Constitución, de proteger la educación pública pero también estas nociones de cultura pública”.

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