“El tema de mecenazgo, que es filantropía en el arte, para América Latina suena un poco a la época del Renacimiento, ¿no?”, bromea Carmen Reviriego en referencia al uso de ese término, mucho menos habitual en la región que en España, su patria.

La especialista en mercado del arte, autora de cuatro libros sobre filantropía y mecenazgo, presidenta de la Fundación Callia e impulsora de los Premios Iberoamericanos de Mecenazgo, viajó a México para presentar su más reciente publicación: La suerte de dar, un documento editorial que reúne sus conversaciones con grandes mecenas y filántropos de Iberoamérica.

“Lo que he querido con este libro es transmitir de alguna manera que el arte no es la hermana rica de la filantropía; que es algo necesario porque humaniza, porque nos reconecta con la vida. Que en él aparezcan algunas personas que son filántropos en otros ámbitos ha sido intencionado. Tenía esa motivación: integrar el arte como una causa más dentro de la filantropía”, comenta Carmen Reviriego, quien a través de Callia también se dedica al asesoramiento en arte a coleccionistas o potenciales coleccionistas desde una visión no sólo artística sino social.

Algunas de las personas con las que Carmen Reviriego entró en diálogo para esta publicación son el empresario mexicano Manuel Arango, fundador del Centro Mexicano para la Filantropía; la coleccionista uruguaya Estrellita Brodsky, una de las más grandes promotoras del arte latinoamericano y mecenas del Met, la Tate y el MoMA; la empresaria venezolana Adriana Cisneros Phelps, también impulsora del arte latinoamericano en Nueva York e hija de los mecenas Patricia Phelps y Gustavo Cisneros, y uno de los más grandes desarrolladores de bienes raíces en Estados Unidos, el empresario nacido en Argentina Jorge M. Pérez, coleccionista y primer latino en tener un museo con su nombre en el país norteamericano (Pérez Art Museum Miami).

El arte mueve

Carmen Reviriego pasa la mayor parte de su tiempo a bordo de un avión. Prioriza hacerse siempre presente en el gran circuito del arte mundial, es decir, en las grandes ferias de arte en el mundo y estar al tanto de las tendencias creativas y de las novedades de las galerías más influyentes. Conoce desde dentro cómo funciona el mercado y sabe mejor que nadie el valor emocional que el arte tiene para los grandes mecenas, con quienes permanece tan cercana que ha sido capaz de desmenuzar sus sensibilidades, sus motivaciones y sus empatías.

“El arte para un empresario es bueno en todos los sentidos”, adelanta. Dice que la primera motivación para adquirir una pieza es la emocional, que la gente colecciona arte porque simplemente le gusta y que éste es solamente el primer paso de un valioso proceso de sensibilización.

“Después viene el aspecto social: el arte les permite un tipo de relación que a lo mejor por su actividad empresarial no les es fácil conseguir, con un espectro de personas distinto que tiene, sin embargo, la misma sensibilidad que ellos. Coleccionar arte tiene un componente de sofisticación, les da cierto prestigio social”, asegura en primera instancia, y agrega que después esa motivación se transforma y es ese punto el que más aborda en La suerte de dar: la oportunidad de trascender a través del arte.

“Cuando las personas tienen mucho dinero, muchas veces necesitan hacer algo por los demás, trascender, porque el dinero solo no les llena. Uno puede comprar un Ferrari y a los cuatro meses está aburrido; sin embargo, el arte les cultiva, les educa, les sofistica y les llena el alma. Al final es un refugio”, destaca. Afirma que después de tantos años trabajando con los grandes impulsores del quehacer artístico, notó que todos ellos tienen algo común: “el que prueba el compromiso social con los otros al final queda enganchado”.

Reflexiona que, si hay valores que puedan definir a la cultura occidental, esos son la razón, la compasión y la empatía. Está consciente de que para transmitirlos hoy en día las herramientas son indispensables y que una de las más importantes es el arte en general.

“Porque es una manera de conmover y de recordar al hombre que es hombre. En el momento que el hombre se detiene y hace un viaje interior se compadece de los otros”, concluye.

Un círculo virtuoso

La también columnista de Forbes confiesa que dentro de su agenda inmutable aprovecha las mañanas de los sábados y los domingos, así como el tiempo que permanece en el aire, para escribir. Asegura que su prioridad es hacer textos que sean de servicio. Se dice sorprendida porque sus libros frecuentemente son objeto de estudio en las universidades.

A través de sus publicaciones ha evidenciado cómo mecenas, como Estrellita Brodsky (quien, entre muchos otros logros, ha conseguido instalar un curador en el MoMA dedicado exclusivamente al arte latinoamericano) logran generar tendencias de mercado y, con ello, favorecer al quehacer artístico, al mercado hispano y motiva un círculo virtuoso que finalmente permea en todos los estratos sociales.

Dice que en Nueva York, el principal mercado del arte en el mundo, 50% de las obras latinoamericanas que salen a subasta lo compran coleccionistas no latinos. Afirma que el arte latino ha dejado de ser local y concede este logro a las personas que aparecen en su libro, las cuales se han vinculado con los grandes museos internacionales de arte moderno y contemporáneo y, con ellos, han globalizado las obras de los grandes maestros de la región.

“Ese círculo virtuoso es en el que hay que trabajar, porque cuando un coleccionista adquiere obra de artistas buenos mexicanos y es mecenas, los está acercando al circuito del arte, a los grandes museos y está haciendo mucho bien al mercado. Eso se traduce en puestos de trabajo, en galerías, en difusión de la cultura mexicana”, enfatiza.

Asegura que con su libro pretende que las personas que comparten su experiencia sirvan de inspiración. Planea que sirva de puente para que todo aquel con la intención de iniciarse en el coleccionismo o de trascender en la filantropía pueda hacerlo.

Es categórica cuando dice que para adquirir una responsabilidad social no es, ni de lejos, asunto de los que tienen más dinero.

“Promover el compromiso social con el arte de todas las personas es una responsabilidad de todos. En México, hay algo que falta por desarrollar, que son los amigos de los museos. Del Museo del Prado, por ejemplo, 72% es autosustentable a través de las personas que apoyan. El vincularse a un museo no requiere de tanto, no hace falta ser un millonario. Tiene que haber más gente que apoye el arte”, afirma.

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