Tal vez era cierto: los dioses habían muerto y por ello no hubo cuchillo de obsidiana ni cabeza clavada en un tzompantli que impidiera la destrucción. La fuerza oscura que acabó con todo había llegado en barco y recorría la tierra a caballo. Había traído consigo el fuego mortal del arcabuz y el brillo asesino del acero. Deshechos y casi muertos, víctimas de un dolor indecible, los sobrevivientes ya no querían ni mirar hacia los cielos.

Corría el año 13 ácatl, para los habitantes de esta tierra. En el calendario gregoriano el año de 1531. Habían transcurrido 10 años desde la llegada de los españoles y era otra vez el momento de la antigua celebración del nacimiento del sol, la conmemoración de la salida de Aztlán de los mexicas y la fundación de México Tenochtitlan, que ya se llamaba con otro nombre. Se cerraba el ciclo del tránsito de Venus, que había durado 416 años, y en Tlatelolco se conmemoraba el fuego nuevo. Fue entonces cuando en el cielo apareció una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de 12 estrellas. Los pájaros cantaban, el cerro estaba lleno de ruido de viento y de pronto todo quedó en silencio. El que iba por ese camino, elegido que daría testimonio de tan milagrosa aparición, nada más oyó que le decían su nombre y deslumbrado porque todo en ella resplandecía, cayó postrado mientras todas las turbaciones de su corazón se iban convirtiendo en humo.

Fue un viernes 12 de diciembre, juran las crónicas y relató Juan Diego, cuando la Virgen de Guadalupe se le apareció por cuarta vez. Había tomado otro camino, porque iba a buscar ayuda para su tío enfermo, pero la Morenita, esta vez, lo encontró junto al pocito. Le dijo que llenara de rosas su tilma —justo en esa época donde no había rosas— y Dieguito volteó y las flores estaban allí. Antes, el 9 de diciembre, fecha de la primera aparición, la virgen le había dicho: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?... sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios, por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”.

Después de tal discurso le había pedido que apurara sus pendientes y fuera a hablar con quien correspondiera. Juan Diego se fue hasta el Palacio del Arzobispado. El obispo escuchó el relato, sospechó que había herejía en su pensamiento y tontería en su corazón y lo mandó a paseo. Pero le dijo que volviera días después a ver si podía demostrarle la verdad de sus dichos. Milagro y destino, tal cosa sucedió y así tenía que ser. Fray Juan de Zumárraga, obispo excelentísimo de la Nueva España, no se convenció de nada hasta que Juan Diego se puso delante de él y desenvolvió su blanca manta. Cientos de rosas rodaron por el suelo y apareció pintada en la tilma una santa imagen, retrato de la morena virgen que Juan Diego le había descrito. Después de aquello no hubo duda: la iglesia que pedía Juan Diego para la virgen debía construirse sin demora, con la pintura de la tilma presidiendo el altar. Así se hizo y allí sigue.

De Tonantzin a Guadalupe y hasta nuestra virgen morena, atendió peticiones, se insertó en nuestra historia y desató todo tipo de pasiones. Eclesiásticas, como la que provocó el arresto de fray Servando Teresa de Mier y sus 10 años en el exilio por haber pronunciado un discurso en la Colegiata de Guadalupe, negando la historia de la tilma de Juan Diego; revolucionarias, como la que sostuvo Miguel Hidalgo cuando hubo de responder a los jueces que el arma más poderosa de su ejército insurrecto era el estandarte de la Virgen de Guadalupe, que había tomado a su paso por Atotonilco, porque al mirarla los hombres se alzaban y se crecían e iban a recuperar las tierras conquistadas.

Desde el inicio, el culto a la Virgen de Guadalupe ha sido objeto de estudio y discusión: ¿invención o milagro? Sin embargo, tanto ateos como creyentes reconocen que tal devoción tiene un significado característico que asciende a lo nacional. Tanto, que se acuñó la frase “todos los mexicanos somos guadalupanos”.

De pie o de rodillas, a la Guadalupana le solicitamos lo posible y lo imposible: desde curar nuestras indolencias hasta que acabe con la estupidez humana. Y no faltará quien haga como que la virgen le habla y le pida un hígado a la altura de los desmanes que ya comienzan y terminarán el Día de Reyes.

En el pedir está el dar, lector querido.