Oponerse es una condición que, para los honestos con el propio espíritu, existe desde el nacimiento. Nada que ver con una profesión ni con las ganas. André Breton, por ejemplo, acorde con su vocación por la medicina, estudió las enseñanzas de Galeno pero ya había sido seducido por la poesía. Y no encontró a sus escritores favoritos en el deleite estético. Baudelaire y Mallarmé, de los cuales devoró gustoso cada verso, eran poetas contestatarios que estaban en plena búsqueda espiritual.

Después se dio cuenta de cómo destruían las formas literarias y abogaban por otras nuevas. Y no le gustó el lenguaje, la estructura, nada de lo que el mundo proponía e imponía. (¿Será que desde su más tierna infancia pensó aquello de: El hombre que no puede visualizar un caballo al galope sobre un tomate es un idiota ? No hay manera de saber. Lo que sí es sabido es que André Bretón fue el creador del surrealismo. Una de las vanguardias más exquisitas, trabajadas e influyentes del siglo XX).

Durante la Primera Guerra Mundial, Breton trabajó en hospitales psiquiátricos, estudió las obras de Sigmund Freud y se maravilló con la fuerza del inconsciente y la escritura automática. Aquella nueva manera en que las palabras revelaban y ocultaban lo fascinó. Por ello no es extraño que desde 1916, André Breton se acercara a nuevos movimientos artísticos. Se quedó primero con el dadaísmo, en el que creyó apasionadamente.

Dadá, que significaba el balbuceo o primer sonido que dice un niño, fue inmediatamente adoptado como el nombre de aquel nuevo estilo que buscaba empezar desde cero, escandalizar, romper todos los esquemas y declaraba más trascendente el acto creador que el producto creado.

Bretón estaba convencido de los postulados dadaístas pero fue un paso más allá. Para bregar con la realidad y darle su lugar a la imaginación, inventó el surrealismo. Su nombre -en francés, surréalisme- quiere decir por encima de la realidad y era el movimiento que él encabezaría.

Proponía, en toda acción o creación artística, seguir los dictados del pensamiento sin la intervención de la razón y que todo fuera ajeno a cualquier preocupación estética o moral. El surrealismo proyectaría el interior con imágenes tomadas tanto de lo real como de lo onírico y transformaría la vida. Porque la mente del hombre se habría liberado de todas las restricciones que la esclavizaban.

Después de haber fundado la revista Littérature, André Breton publicó en 1924 el Primer Manifiesto Surrealista . En aquel largo, específico y apasionado texto, Breton comenzaba explicando el origen y el motivo del surrealismo con las siguientes palabras: Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer varias páginas después lanzaría una de sus frases que ya se convirtieron en un clásico: Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas .

Durante hojas y hojas, otros dos manifiestos, ensayos y poesías, Breton le explicó al mundo la maravilla del surrealismo porque estaba convencido y escribió que lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso es bello, de hecho, sólo lo maravilloso es bello ). Sin embargo, como siempre, tanta pasión llegó al desbordamiento: Breton se asoció al Partido Comunista Francés y expulsó del grupo surrealista a todos los que no apoyaban su idea de caminar hacia la revolución marxista . (Entre ellos a Artaud y Dalí).

Y en 1938- a su surrealista manera-, Breton acabó en México. De aquella visita- que originalmente era el propósito de esta columna-, Fabienne Bradu hizo un libro maravilloso, por supuesto, llamado Andre Breton en México que acaba de reeditarse. En él, la escritora habla de los seguidores y detractores del poeta, de las reacciones positivas y negativas que provocó en suelo mexicano y de cómo el poeta conoció a León Trotsky y a Diego Rivera. El arte y el marxismo ortodoxo se toparon de frente y los tres ensayaron a escribir un Manifiesto por un arte revolucionario independiente . Pero las cosas no salieron como se tenían planeadas. El surrealismo, una doctrina que pretendía revolucionar la realidad por medio de la poesía, había cometido un error de fondo. Porque el arte y la política no se llevan bien, pues no buscan lo mismo.

Ambos querían cambiar el estado de las cosas-explica Bradu- pero uno lo hacía desde la libertad y el otro desde el poder. Y así- todo fuera como eso- no había nada que pudiera hacer la imaginación para salvarnos.