La vida es un naufragio, en el que, a última hora, sólo se salva el barco, dijo Noel Clarasó. Como metáfora es tan cierta como insuperable. Y así pasa con todas las alusiones marítimas. Navegar es como el tiempo, como todo el suceder de la vida. De ahí que toda cuestión, desde la antigüedad más clásica y remota hasta la literatura más moderna y reciente, pueda encajar perfectamente y de marina manera con los aconteceres de la existencia: todos los ríos van al mar pero el mar no se desborda, dice un proverbio chino filosofando; para aprender a rezar no hay como viajar por mar, dijo piadosamente Teresa de Calcuta; el hombre se precipita en el error con más rapidez que los ríos corren hacia el mar, ironizó Voltaire. Pero fuera de eso -y justo por eso- un naufragio es terrorífico. Porque no hay metáfora que borre los desastres y la muerte, cuando la trae el agua, parece la peor todas.

Curiosamente, los naufragios son los desastres más espectaculares. Los que se quedan en la memoria mucho tiempo. Muchos artículos, periódicos y revistas enteras han hablado de naufragios. Los cinco más famosos, casi por unanimidad, están encabezados por el hundimiento del Titanic. Aquel barco pertenecía a un trío de trasatlánticos clase Olympic, es decir olímpicamente lujosos, grandiosos y grandotes. El 10 de abril de 1912 partió de Southampton, Inglaterra, en su viaje inaugural, llevando curso hacia Nueva York y presumiendo clase y estilo. Cuatro días después, el 14 de abril a las 11:40 de la noche chocó con un iceberg, dejando sin vida a 1,517 personas.

El segundo hundimiento de la lista es el del HMS Sussex, un barco británico que naufragó el 19 de febrero de 1964, después de una fuerte tempestad en el estrecho de Gibraltar. Aquella nave lideraba una flota del Mar Mediterráneo, viajaba rumbo a Italia, llevaba 80 cañones y 560 marineros abordo, de los cuales murieron 490. Algunos años antes, el 30 de enero de 1945, en la Segunda Guerra Mundial, el trasatlántico alemán Wilhelm Gustloff­ –bautizado en honor de un líder nazi-­se hundió tras recibir la agresión de una serie de torpedos lanzados por un submarino de la Armada soviética, una presea necesaria para completar con éxito la Operación Aníbal y el tercer naufragio más famoso de la lista. En el suceso murieron 9, 343 personas; la mayoría, mujeres y niños así como heridos de batallas.

El desastre del Lusitania, un naufragio ocurrido cerca de las costas de Irlanda fue también muy sonado. El 7 de mayo de 1915 en plena Primera Guerra Mundial, aquel lujoso trasatlántico de pasajeros fue embestido por el submarino alemán U-20. La nave, en aquel entonces, una de las más grandes del mundo en su tipo, enarbolaba la bandera británica, transportaba más de 1,900 personas y se hundió de una manera sorprendentemente rápida. En minutos. Tal ataque a un navío de pasajeros vulneraba todas las reglas de la guerra y la navegación y provocó condena internacional, la indignación de la opinión pública británica y estadounidense, y cambió el curso del conflicto, aunque se sospechara años mas tarde que el navío llevaba un cargamento de municiones encubierto. El quinto naufragio de esta lista de hundimientos fue el SS Eastland. El 24 de julio de 1915, murieron 845 pasajeros en el navío que había sido contratado para realizar una excursión de empleados de una empresa electrónica que iba de Cicero, Illinois, hacia Michigan. La tragedia fue considerada durante años como una de las más absurdas de la historia marítima, pues los propietarios del barco no consideraron que los botes salvavidas significaban un peso adicional y que la tripulación era pésima para hacer cálculos. Fue cuando todos los pasajeros subieron a bordo que el barco comenzó a hundirse. Risible, pero malaventurada.

En ninguna de estas cinco gravísimas tribulaciones el capitán abandonó el barco. Porque en todas, como ya es usual y conocido, las primeras en salir fueron las ratas, después, las mujeres y los niños y al final, los pasajeros que pudieron ser salvados.

El naufragio del crucero Concordia será tristemente célebre por eso. Porque el capitán se fue antes que las ratas. Se subió a un bote con su segundo comandante (para no estar solo). Dijo que no podía volver y cuando lo increparon -sano y salvo y por teléfono- dijo que el barco estaba inclinado, no se veía nada, que todo fuera como eso, que la noche estaba muy oscura y que el mismo navío lo había arrojado al mar. Otro naufragio, sin posibilidad alguna de metáfora, se consumaba: el del honor de un capitán que no supo cuándo abandonar la nave.