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Opinión

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¿Trump más grande que Elvis?

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Hay hombres que nacen con una sana autoestima. Otros desarrollan una confianza admirable en sí mismos. Y luego está Donald Trump, quien considera que la modestia es una enfermedad comunista y la autocrítica una conspiración de la prensa liberal.

La última demostración de esta saludable estabilidad emocional ocurrió cuando varios artistas decidieron retirarse de los festejos del Freedom 250, la gran celebración del 250 aniversario de Estados Unidos. Ante un cartel que comenzaba a parecer más desierto que una convención de vendedores de Enciclopedias. Trump reaccionó como solo él sabe hacerlo: anunciando que el sustituto ideal era… él mismo.

Las palabras que se convirtieron en un manifiesto para que los psiquiatras del mundo se unan, fueron expresadas por el orate anaranjado en su plataforma Truth Social, al escribir que estaba considerando llevar al escenario a "la atracción número uno en cualquier lugar del mundo, un hombre que convoca audiencias mayores que Elvis en su apogeo, y lo hace sin guitarra, el hombre que ama nuestro país más que nadie, y el hombre que, algunos dicen, es el mejor presidente de la historia. The Goat —escribió— es decir el mejor de todos los tiempos. Donald Trump para sustituir a esos artistas de tercera fila.

La comparación merece una evaluación. Elvis vendió cientos de millones de discos. Trump vende gorras. Elvis revolucionó la música. Trump revolucionó el uso de las redes sociales. Elvis provocaba desmayos entre sus admiradoras. Trump provoca hipertensión entre sus detractores y éxtasis entre sus seguidores. Cada uno tiene su público.

Lo verdaderamente extraordinario es que Trump ha conseguido convertir la política en una rama avanzada del espectáculo. Ya no aspira a gobernar un país. Aspira a protagonizarlo. Hace años que dejó de competir contra políticos. Su verdadera competencia son las celebridades. Trump no quiere ser nada más presidente. Quiere ser presidente, estrella de televisión, influencer, comentarista, empresario, héroe nacional y figura histórica de manera simultánea. Y, si es posible, también Elvis Presley.

Lo curioso es que Elvis tenía una ventaja importante: cantaba. Trump, en cambio, ha descubierto algo mucho más rentable: Hablar. Hablar durante horas. Hablar sobre sí mismo. Hablar sobre lo injustamente tratado que ha sido. Hablar sobre lo maravilloso que es él. Hablar sobre lo mucho que lo aman. Y cuando ya parece imposible seguir hablando de sí mismo, encuentra la forma de hablar de sí mismo desde otro ángulo.

De hecho, quizás ahí resida la confusión. Tal vez Trump realmente cree que es un artista. Después de todo, lleva décadas interpretando el mismo personaje: el hombre más exitoso, más brillante, más perseguido, más querido y más incomprendido del planeta. Un personaje tan persistente que terminó devorando a la persona.

Por eso no sorprende que se vea a sí mismo como una estrella capaz de llenar cualquier escenario. Cuando uno vive permanentemente dentro de su propio espectáculo, resulta lógico pensar que cualquier evento mejora con su presencia.

Si alguna vez se cancelara el medio tiempo del Super Bowl, Trump probablemente se ofrecería a lanzar pases con un balón de básquetbol. Si suspendieran los premios Oscar, propondría entregarse él todas las estatuillas para llevárselas a Mar-a-Lago.

Y si algún día descubrieran vida inteligente en otra galaxia, seguramente publicaría un mensaje explicando que ya tenía encuestas muy favorables entre los extraterrestres.

En cualquier caso, la comparación con Elvis deja una enseñanza valiosa. Elvis pasó a la historia porque millones de personas lo llamaron Rey. Trump intenta pasar a la historia llamándose Rey él mismo. Esa diferencia, pequeña pero fundamental, separa a las leyendas de quienes se escriben sus propias reseñas.

Al final hay algo que ni el mejor discurso puede conseguir: obligar a la realidad a aplaudir de pie. Y aunque Trump se considere más grande que Elvis, existe un detalle imposible de ser resuelto: Elvis llenaba estadios porque la gente quería escucharlo cantar. Trump llena escenarios porque quiere escucharse a sí mismo.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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