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Trabajar bien ya no basta
Claudia Ivett Romero-Delgado | Columna invitada
Hace veinte años, muchas personas confiaban en una idea sencilla: si hacemos bien nuestro trabajo, los resultados hablarán por nosotros. Cumplir objetivos, ser confiables y esperar que alguien reconociera el esfuerzo parecía una ruta razonable para crecer. Hoy esa lógica suena casi ingenua. En 2026 no basta con producir valor; también debemos aprender a mostrarlo, explicarlo, publicarlo y convertirlo en una identidad profesional reconocible.
Me encontré con una imagen que circula en redes sobre lo que significaba “ser bueno” en el trabajo en 2006, 2016 y 2026 acierta al mostrar la acumulación. Nada de lo anterior desapareció. Seguimos obligados a cumplir, resolver problemas y aprender. A eso sumamos inglés, liderazgo, redes de contacto, LinkedIn, inteligencia artificial, reputación digital, actualización constante y, por si todo falla, un plan B. La carrera profesional dejó de parecer una escalera y se convirtió en una plataforma que debemos administrar mientras trabajamos.
Esa acumulación no nació de la nada. El Foro Económico Mundial estima que 39% de las habilidades que hoy utilizamos cambiarán o perderán vigencia entre 2025 y 2030. Pensemos en una fuerza laboral de cien personas: 59 necesitarían capacitación antes de terminar la década. Aprender durante toda la vida dejó de ser una frase aspiracional. Ahora condiciona nuestra empleabilidad en sectores transformados por la automatización, los datos y la tecnología.
La inteligencia artificial añadió otra exigencia. La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro empleos en el mundo tiene algún grado de exposición a la IA generativa. El escenario más probable es la transformación de esos puestos, no su desaparición inmediata. Aun así, el trabajador recibe un mensaje difícil de ignorar: aprenda nuevas herramientas, produzca más rápido, conserve el criterio humano y no se equivoque. Aún debe demostrar que sigue siendo indispensable.
El resultado es una segunda jornada laboral, menos visible y casi siempre no remunerada: la jornada de visibilidad. Después de entregar resultados, todavía hay que actualizar el perfil, documentar logros, asistir a encuentros, comentar publicaciones, cultivar contactos y producir contenido. Una marca personal bien construida puede abrir oportunidades y hacer legible una trayectoria. La dificultad surge cuando deja de ser una opción y se vuelve un requisito informal para que el mercado reconozca un trabajo ya realizado.
No todas las personas pueden asumir esa carga en las mismas condiciones. La visibilidad exige tiempo, seguridad, acceso tecnológico y dominio de códigos profesionales. En México, la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024muestra que las mujeres destinan, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario no remunerado; los hombres, 18.2. Pedir a todos que desarrollen su marca fuera del horario laboral ignora quién dispone de noches libres para hacerlo y quién inicia otra jornada al cerrar la computadora.
La desigualdad no termina en la falta de tiempo. Algunos trabajos se exhiben mejor que otros. Un proyecto premiado, una conferencia o una campaña pueden convertirse en publicación. En cambio, cuesta volver visible la escucha paciente de una maestra, la prevención de un error operativo, el cuidado cotidiano o la labor de quien sostiene un equipo sin ocupar el centro. Si confundimos visibilidad con valor, premiaremos a quien comunica mejor su contribución, no necesariamente a quien más contribuye.
Los datos sobre productividad confirman la tensión. El informe Work Trend Index 2025 de Microsoft señala que 53% de los líderes considera necesario aumentar la productividad, mientras 80% de la fuerza laboral global dice no contar con tiempo o energía suficientes para hacer su trabajo. Si añadimos la autopromoción a esa ecuación, corremos el riesgo de producir profesionales muy ocupados en parecer productivos. La reputación digital importa, aunque no debería sustituir sistemas serios de evaluación, retroalimentación y promoción.
Las empresas tienen responsabilidad. Si necesitan nuevas habilidades, deben ofrecer formación dentro de la jornada, criterios transparentes para reconocer resultados y oportunidades que no dependan de la popularidad en redes. También deben valorar el trabajo colaborativo, el cuidado de los equipos y las aportaciones que no generan una publicación llamativa. La actualización no puede financiarse siempre con el tiempo personal del empleado.
A las universidades y centros de formación les corresponde otra tarea: enseñar competencias digitales sin presentar la adaptación como una carrera contra la obsolescencia. Formarnos importa. La discusión incluye quién paga, quién acompaña el proceso y cómo se reparte el beneficio obtenido.
Nos corresponde ajustar nuestra estrategia. Podemos aprender a narrar el propio trabajo, usar la IA con criterio, mantener vínculos profesionales y registrar resultados. Eso no exige convertirnos en una campaña permanente. En lugar de publicar cada día, necesitamos construir una presencia coherente, respaldada por evidencia y guiada por límites claros.
El mundo laboral ya cambió y nuestra estrategia tendrá que hacerlo. Eso no nos obliga a aceptar que el trabajo solo vale cuando llama la atención. La visibilidad abre puertas. El trabajo bien hecho debería seguir sosteniendo una trayectoria.