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El reto de la vivienda ya no es sólo acceder, sino permanecer y crear comunidad
La ubicación, los costos de traslado, la falta de servicios, las tareas de cuidado y el mantenimiento del entorno pueden dificultar que las familias sostengan su hogar y permanezcan en la ciudad

El acceso a una vivienda también depende de su ubicación, la disponibilidad de servicios, la movilidad y las condiciones del entorno urbano.
El acceso a una vivienda no garantiza que las familias puedan sostenerla en el tiempo, pues una vez superadas las barreras para conseguir un hogar aparecen otros obstáculos relacionados con su ubicación, los costos de traslado, la falta de servicios, las tareas de cuidado y el mantenimiento del entorno.
La discusión se dio durante el panel “Población no atendida y gentrificación”, realizado en el segundo día del IV Foro Regional de Vivienda 2026 del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde especialistas de organizaciones sociales, academia y desarrollo urbano analizaron las condiciones que enfrentan las familias después de conseguir una vivienda.
En América Latina, unos 120 millones de personas viven en asentamientos informales, más de 40% de la población enfrenta algún tipo de déficit habitacional y más de 78% de la población económicamente activa trabaja en la informalidad, de acuerdo con Ernesto Castro, vicepresidente para América Latina y el Caribe de Hábitat para la Humanidad Internacional.
Castro identificó cinco brechas que profundizan la exclusión habitacional: déficit cualitativo, exclusión financiera, vulnerabilidad climática, asequibilidad y debilidad institucional.
“Cada vez más, el crecimiento de las ciudades está empujando hacia la periferia a las personas más vulnerables. Y en términos de política pública, muchas veces la implementación de los programas o el acceso al sistema de subsidios no se ejecutan de la mejor manera posible”, comentó Castro.
La ubicación de la vivienda afecta más a las mujeres
La ubicación de la vivienda tiene efectos distintos entre hombres y mujeres, debido a que las responsabilidades de cuidado y las condiciones laborales modifican la manera en que cada hogar utiliza el tiempo y se desplaza por la ciudad.
“Las mujeres son mucho más sensibles a la localización que los hombres”, expuso Adriana Hurtado, directora del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo de la Universidad de los Andes, debido a que los tiempos y costos de traslado se acumulan con las tareas de cuidado no remuneradas.
Una vivienda alejada de los empleos y servicios puede llevar a las mujeres a combinar el trabajo formal con negocios dentro de sus hogares para completar sus ingresos, mientras que en otros casos la carga de cuidados puede llevarlas a abandonar el empleo formal.
“Entonces, la formalización que estamos logrando en vivienda nos está llevando a informalización económica”, planteó Hurtado, quien también explicó que la ubicación puede limitar el crecimiento de esos negocios por la poca demanda en zonas socialmente homogéneas.
Ana Falú, directora ejecutiva de CISCSA-Red Mujer y Hábitat LAC, cuestionó que las políticas habitacionales sigan construyéndose bajo una idea de población homogénea.
“No es lo mismo ser mujer que ser hombre en ninguno de los territorios de nuestra América Latina ni del mundo”, planteó Falú, al referirse a las diferencias en movilidad, seguridad, servicios y cuidados.
Las mujeres mayores enfrentan necesidades particulares de movilidad, seguridad, servicios y cuidados, por lo que las condiciones del entorno adquieren mayor peso en sus posibilidades de sostener una vida independiente.
Vivir lejos también tiene un costo
La distancia entre la vivienda, el empleo y los servicios convierte el tiempo de traslado en un costo para las familias.
“Yo respondería esto con localización, localización, localización”, dijo Falú al plantear que el tiempo y el espacio también tienen un costo económico para los hogares.
Juan Diego Céspedes, director de Desarrollo Urbano de la Fundación Santo Domingo, vinculó esa dimensión territorial con las posibilidades de movilidad social.
“La vivienda va más allá de las cuatro paredes en las que dormimos”, sostuvo Céspedes, al describir traslados de dos, tres y hasta cuatro horas diarias para algunas familias, con mayores gastos de transporte y menos tiempo para los hijos y las tareas de cuidado.
“Hay que dejar de invertir en vivienda y empezar a invertir en barrios y desarrollo de ciudad”, planteó Céspedes, para quien el espacio público, los servicios y las oportunidades de generación de ingresos deben acompañar a los proyectos habitacionales.
La falta de mantenimiento puede hacer que un conjunto vuelva a presentar condiciones de déficit cualitativo, de acuerdo con Hurtado.
Falú propuso aprovechar la ciudad ya construida para generar vivienda en zonas que cuentan con infraestructura y servicios, en lugar de continuar extendiendo los asentamientos hacia áreas cada vez más alejadas.
Permanecer también significa quedarse en la ciudad
La permanencia enfrenta otra presión cuando las zonas bien ubicadas aumentan su valor y las familias de menores ingresos dejan de tener capacidad para sostenerse en ellas.
Hurtado planteó articular la gestión del suelo, la planeación urbana y la producción de vivienda social para mantener su vocación habitacional frente a los procesos de gentrificación.
El acceso a una vivienda debe acompañarse de condiciones que permitan conservarla, atender las responsabilidades de cuidado, acceder a servicios y permanecer en el territorio.





