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Un panadero, un cirujano y una lección a diez mil pies

OpiniónEl Economista

Como estamos acostumbrados quienes habitamos la provincia mexicana, mi regreso a Veracruz tenía la obligada escala en el aeropuerto de la Ciudad de México. Venía de pasar un par de días en un destino de playa, más para pensar que para descansar. Mi asiento era el 1A y, cuando subí al avión, el 1B ya estaba ocupado por un hombre de poco más de sesenta años, de pelo entrecano. Vestía un pantalón café, una delgada sudadera Arc'teryx y unos tenis On. Tenía la cabeza metida en un libro, que leía a una velocidad inusual.

Saqué el mío, El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas, e intenté concentrarme. No pude. Mi vecino leía ¿Quién es dueño de la pobreza?, de Martin Burt. Pasaba una página cada veinte segundos y todavía encontraba tiempo para doblar algunas esquinas, con la intención evidente de volver después a ciertos pasajes. Creí reconocerlo, aunque no lograba ubicarlo.

Hacía poco había leído sobre el valor de conversar con desconocidos y me había propuesto intentarlo. Intrigado, me quité los lentes y le pregunté sin preámbulo.

—¿De verdad lee tan rápido?

—No realmente. Estoy leyendo por encima para darme una idea. Tengo que terminarlo.

—¿Y está bueno?

—Sí, está interesante. Te lo recomiendo.

Seguimos conversando. Hablamos de los lugares que habíamos visitado, del crecimiento de la región y de los motivos de nuestros viajes. Le conté que era cirujano y director general de un hospital. Cerró el libro y me miró de frente por primera vez, con unos ojos inquisitivos pero alegres. Tenía una voz reposada, parsimoniosa, y una manera de conversar que transmitía experiencia, y quizá por eso terminé contándole que tenía pendiente una decisión estratégica importante. Le expliqué la disyuntiva que había estado analizando durante el viaje y su respuesta fue simple.

—Creo que debes decidir como cuando vas a rebasar un coche en carretera. Te asomas un poco y, si no estás seguro, no rebasas.

La imagen era clara. Rebasar en carretera no es un problema de valentía sino de visibilidad. Uno no adelanta porque el motor alcance o porque el carril contrario parezca libre por un instante. Lo hace porque puede ver lo suficiente para estar seguro. El error costoso casi nunca consiste en frenar de más. Consiste en avanzar cuando todavía no se veía bien. Parece una idea elemental, hasta que uno observa cuántas decisiones empresariales, médicas y personales fracasan justo por ignorarla.

La prudencia rara vez goza de buena reputación. Vivimos en una época que admira la velocidad, celebra la audacia y suele confundir movimiento con progreso. En los negocios abundan las historias de quienes apostaron todo y ganaron. Escuchamos menos sobre quienes prosperaron porque evitaron errores irreversibles.

Warren Buffett ha repetido durante décadas que la primera regla para invertir es no perder dinero, y que la segunda es no olvidar la primera. La frase es deliberadamente simplista, pero no es ingenua. Muchas veces el éxito no depende de tomar riesgos extraordinarios, sino de evitar equivocaciones catastróficas. La supervivencia suele ser más importante que la brillantez.

En medicina ocurre algo parecido. El minimalismo médico no siempre es comprendido y, en cirugía, suele ser todavía más difícil de aceptar. La imagen tradicional del cirujano está asociada con la acción, la decisión rápida y la disposición a intervenir donde otros dudan. Sin embargo, la madurez profesional no se mide únicamente por las operaciones que uno realiza. También se mide por aquellas que decide no hacer.

Aprender a operar toma años. Aprender a no operar puede tomar toda una carrera.

La medicina formuló este principio mucho antes que cualquier escuela de negocios. Primum non nocere, primero no dañar, es una doctrina de contención. La primera obligación no es actuar, sino evitar empeorar las cosas. Suena modesto hasta que uno comprende lo que exige. En cirugía, como en la vida y en los negocios, casi todo empuja hacia la acción. El ego, la presión del entorno, la urgencia de demostrar resultados y la tentación de exhibir destreza favorecen el movimiento. Permanecer quieto cuando todo invita a intervenir suele ser mucho más difícil.

El problema de la prudencia es que sus triunfos son invisibles. La complicación que se evitó no es evidente. La operación que no se realizó no aparece en ninguna estadística de éxito. El negocio del que uno se retiró a tiempo no figura en ningún informe trimestral. Celebramos a quien interviene y rara vez a quien se abstiene con criterio. Por eso confundimos prudencia con timidez y minimalismo con falta de carácter.

Pensé entonces en la forma de leer de mi vecino. Pasaba las páginas por encima para hacerse una idea del terreno y marcaba algunos pasajes para volver después. Hasta su manera de leer era una exploración previa, una forma de mirar antes de comprometerse.

El piloto anunció que habíamos alcanzado los diez mil pies de altitud. Mientras ajustábamos nuestros asientos seguimos conversando. Me comentó que presidía el consejo de su empresa, y fue entonces cuando lo reconocí. Era Daniel Servitje, presidente ejecutivo de Grupo Bimbo, la panificadora más grande del mundo. Entendí entonces que el consejo del rebase no era una ocurrencia de viaje, sino el resumen de toda una manera de dirigir. Intercambiamos algunas trivialidades hasta el aterrizaje y, antes de despedirnos, me dijo:

—Tu decisión no es fácil. Si no ves, no rebases. Suerte.

La prudencia no es lo contrario de la decisión. Tampoco es miedo disfrazado de cautela. Es la disciplina de esperar hasta ver lo suficiente.

En cirugía, en los negocios y en la vida, las decisiones más costosas rara vez se toman por exceso de prudencia. Casi siempre ocurren porque alguien decidió rebasar antes de tiempo.

*El autor es director general del Hospital Español de Veracruz.

ramos.antonio@heveracruz.mx

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