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Opinión

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Lo naco no es chido

El domingo pasado muchas personas (entre 10,000 y 800,000, según las diferentes versiones interesadas) marcharon para exigir que en este momento, ya con las corcholatas viajando por todos lados para promoverse, no se modifiquen las reglas que dan forma al sistema electoral mexicano. Lo ideal, argumentan desde la oposición, es esperar a que pase la elección de 2024, para entonces sí sentarse a ver la forma en la que nuestras elecciones cuesten menos. La marcha tuvo pocos incidentes, quizá el más escandaloso fue el que protagonizó la diputada de Morena, María Clemente García, a quién ya me referí en este espacio. Aquella vez defendí su derecho a ser diputada y actriz porno, y alabé su disposición a presentar una iniciativa para regular el trabajo sexual. Pero estar de acuerdo con alguien en una cosa no implica estar de acuerdo en todo. Así pues, perfectamente puedo estar de acuerdo con ideas del presidente y con ideas de sus opositores, si no somos unívocos ni en nuestra conciencia.

Dicho esto, paso a repudiar la conducta de María Clemente durante la marcha, no tanto por corretear e increpar opositores, sino por decirles «nacos». «Naco» debería tener en nuestro país el mismo rechazo que tiene «Nigger» en Estados Unidos: no es una palabra prohibida (prohibir el uso de palabras no tiene sentido práctico), pero sí una palabra señalada: quien la usa sabe que ofende profundamente no solo al referido, sino a muchos que la escuchan. Y por eso las personas se la suelen guardar; saben que pueden generar una respuesta violenta, porque la ofensa es profunda, y saben que pueden ser expulsados de ciertas esferas, cada vez más, donde esa palabra es inaceptable. El hecho de que se vigile tanto el uso de lenguaje ofensivo es, en parte, reflejo de un reconocimiento: en el caso de «Nigger», por ejemplo, que el racismo ha humillado y dañado a muchas personas y que es momento de «desnormalizar» las palabras racistas que son parte de la estructura que daña. 

En México estamos lejos de construir esas esferas amplias donde el uso de ciertas palabras sea inaceptable. Cada vez que digo que «naco» es la «N word» (así le dicen a «Nigger» los gringos) mexicana, alguien sale en su defensa apelando a los muchos matices de «naco». Otros tratan de darle la vuelta: «lo naco es chido». Para mí son patadas de ahogado clasista. Yo esperaría vivir en un entorno que castigue su uso, expulsando a quienes la enuncien.

Volviendo al caso de María Clemente, si me pongo a pensar qué miembro de la cámara de representantes podría ir por la calle ofendiendo a sus opositores con la «N word» como hizo ella, solo viene a mi mente algún supremacista blanco. Dudo que la diputada quiera asemejarse a esos grupos racistas: piense sus palabras, las personas (diputadas, padres, profesoras, jefas, burócratas, policías, presidentes, etc...) tenemos que hacernos cargo de lo que decimos. Hay palabras que ofenden, dañan y perpetúan esquemas injustos. ¿No me diga que no lo sabía?

Twitter: @munozoliveira

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L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

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