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Memoria, cariño y solaz: el Museo del Juguete
Roberto Shimizu, el fundador y dueño del museo, empezó a coleccionar de niño los juguetes que sus padres, inmigrantes japoneses, vendían en su tienda.
Si debe haber un dogma en la vida, que sea éste: de niños, todos debemos tener juguetes. Juguetes: hermoso recordatorio miniatura de que la vida es para jugar.
Por eso, recorrer el Museo del Juguete Antiguo Mexicano (Mujam) es bueno para el alma. Porque es ese recordatorio de que alguna vez fuimos chicos y la vida se nos iba en llenar álbumes y armar rompecabezas; en batallas campales entre luchadores, He-Mans y GI Joes; en vestir a Barbie para su boda con Snoopy.
Eran buenos esos días, y quien lo niegue, pobre.
La colección del Mujam es impresionante. Dice el texto museográfico que aquí hay más de 45,000 piezas en exhibición: puede que haya muchas más.
Aquí está todo el siglo XX mexicano: de los juguetes con los que se divertían los niños del porfiriato, pasando por los carros de acero de los cuarenta, las pulgas vestidas de los cincuenta, las muñecas de carne (así les decían a las hechas de vinil) de los 60, los Kid Acero de los 70, hasta llegar a los personajes de caricatura tan de los 90: Halcones Galácticos, Tortugas Ninjas, pokemones.
Esto es historia también, esa parte que los historiadores han descuidado, la vida cotidiana, los pequeños afectos que confirman el carácter de un país.
Si uno lo visita en familia, es para ir gritando: ¡Yo tuve esa Barbie! ¿Te acuerdas de cuando te lo trajeron los Reyes? De esos vendía mi tío Juan (esto lo pensé yo. Mi tío Juan vendía muñecos de los monstruos de las películas clásicas de terror: el Hombre Lobo, Drácula, esos. Todavía tengo un Frankenstein que me regaló).
UN MUSEO DIFERENTE
Así es el Mujam, un museo muy emotivo. No espere el típico donde todo está etiquetado y puesto en orden, iluminado, catalogado y más o menos muerto. Esto es más como una tiendita. Todo está puesto sin mucho concierto. Los juguetes, por supuesto, pero también hay todo tipo de objetos. Por un lado, hay una vitrina dedicada a Cantinflas, con caricaturas, carteles y muñecos; en otro piso está el uniforme completo del Santo y utilería de películas. Desde el tercer piso mira al resto del museo la cara enorme de un maraquero negro con la boca abierta. Antes vivía en el Salón Colonia, hoy es el guardián de los juguetes.
No todo es desorden. En el Mujam hay cierta cronología, si bien en todas las salas hay piezas de todas las épocas.
La primera sala, por ejemplo, sería fascinante para los nacidos por ahí de los años 40 y los 50, porque hay una vitrina con todos los álbumes de estampitas, tan populares aquellos tiempos: de futbolistas, toreros, luchadores.
Hay una joya titulada El álbum de la victoria : todos los presidentes que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los generales y, supongo, los uniformes de los ejércitos triunfantes. Qué raro debe haber sido juntar un álbum así. No, me corrijo: debe haber sido tan divertido como juntar uno de futbol, acaso más. Pienso en Las batallas en el desierto, la novela de José Emilio Pacheco: sí, debió haber sido divertido.
Tantos objetos acumulados se deben a la verdadera obsesión de Roberto Shimizu, el fundador y dueño del museo. Empezó a coleccionar de niño los juguetes que sus padres, inmigrantes japoneses, vendían en su tienda de la Doctores (hoy todo ese edificio es la sede del Mujam) y no ha parado nunca. Es como si Shimizu sintiera que el mundo se va a acabar y necesitara guardar todos estos objetos para que los arqueólogos astrales del futuro se den cuenta de que no fuimos tan malas personas. Bien hecho, señor Shimizu.
Museo del Juguete Antiguo Mexicano
- Doctor Olvera 15, Doctores.
- Lunes a viernes de 10 am a 6 pm. Sábados, 9 a 4. Domingo, 10 a 4.
- Entrada: $25
concepcion.moreno@eleconomista.mx