Ángel Ron y Emilio Saracho son, pese a compartir ambos la categoría de expresidentes de Banco Popular, dos personas enfrentadas y con visiones radicalmente distintas sobre los motivos que hicieron caer a la entidad, lo cual se percibe apenas uno se refiere al otro: durante sus cerca de dos horas de declaración, Ron jamás pronunció el nombre de Saracho, aludiendo a él en todo momento como su sucesor. Por su parte, el exbanquero de inversión no dudó en referirse constantemente a Ángel, mientras desarrollaba el relato de su versión de los hechos.

Saracho y Ron defendieron la semana pasada, durante sus declaraciones ante la comisión de investigación de la crisis financiera, dos versiones contradictorias entre sí e irreconciliables sobre los motivos que llevaron a la resolución de Popular, en esa suerte de careo inevitable en que se convirtió la comparecencia doble del viernes, tal y como la calificó el ex vicepresidente mundial de JPMorgan.

Popular era un banco que, pese a sus problemas, “valía miles de millones”, en opinión de Ron. Por eso, acusa a las autoridades de resolución de haber llevado a cabo una confiscación del patrimonio neto de los accionistas de la entidad, que en el momento de su caída se elevaba a más de 10,000 millones de euros. Saracho, por su parte, no ahorró calificativos para describir la crítica situación de Popular: “La acción de este banco tendía a cero”, reiteró, para después insistir en que esos supuestos recursos propios descritos por Ron no se los creían los inversionistas debido a los ajustes pendientes en la cartera inmobiliaria. “El mercado creía que teníamos un agujero infinito. No teníamos recursos propios, cotizábamos a 0.2 veces sobre nuestro valor en libros”, destacó.

Un banco idílico y otro en crisis

En la versión de Ron, los problemas del banco, fruto de la excesiva exposición al sector inmobiliario, son un asunto menor frente a la vocación de la entidad de permanecer independiente y hacer bandera de ello. Precisamente, por esa voluntad de seguir en solitario a toda costa, se explicarían decisiones como la compra de Banco Pastor sin ayudas, el no traspaso de activos tóxicos a Sareb (el banco malo) o el rechazo, a finales del 2016, de una oferta para comprar la entidad por parte de BBVA de más de 5,000 millones de euros.

Frente a esta idílica visión del banco, Saracho insistió en la idea de que Popular era una “bomba” con graves problemas a corto, mediano y largo plazo, y con crisis abiertas en todo tipo de frentes: reputación, ratios de capital y liquidez, mediático. La resolución que finalmente se llevó por delante a la entidad en junio del 2017 “tenía un porcentaje elevado de posibilidades de ocurrir”, según el exbanquero de inversión.

Saracho reveló también en su comparecencia como el presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, Sebastián Albella, le llamó cuando todavía era sólo un candidato a presidir Popular, para tratar de convencerle de que aceptara el cargo. “En la misma conversación, dijo que si me ofrecían la presidencia, no me podría negar”, aseguró.

En lo que sí coincidieron ambos antiguos ejecutivos del banco, ahora controlado por Santander, es en que la entidad era solvente, al menos en términos regulatorios. En su opinión, la crisis de liquidez que obligó a encontrar un comprador la madrugada del 7 de junio no debería haberse llevado por delante a Popular en ningún caso, de haber existido un prestamista de último recurso. “No se entiende que a un banco que se le califica de solvente no se le dé liquidez”, indicó Ron, quien dijo hablar en nombre de los accionistas perjudicados, entre los que se incluyó.

Para Ron, las autoridades europeas aplicaron una normativa de resolución a la que legalmente Popular no podía ser sometido, precisamente por ser un banco solvente. “No se entiende que a un banco que se le califica de solvente no se le dé liquidez”, criticó. Saracho, aunque reconocía que se afrontaron severos problemas puntuales de liquidez, apuntó a la ausencia de un prestamista de último recurso europeo como la causa última que tumbó al banco.