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Regresar ya no es opción
“Tienen 24 horas para salir”, advertencia de palabras simples; y la vida en un vuelco complejo. Fue el 2 de octubre y la madrugada del 3.

“Tienen 24 horas para salir”, advertencia de palabras simples; y la vida en un vuelco complejo. Fue el 2 de octubre y la madrugada del 3. Miriam Hernández junto con siete miembros de su familia ya iban en fuga rumbo a Guatemala.
Una historia común en Honduras. Este caso ocurrió en Colón y quien amedrentó es el enemigo de siempre: La Mara.
Miriam vendía “saquitos” de 100 naranjas por 100 lempiras. El “impuesto de guerra” a veces era imposible y el costo alcanzó la vida en febrero del año pasado de su hijo de 17 años y su pareja. Los asesinaron frente a ella en su propia casa. En marzo del 2018 mataron a su madre.
Ahora junto a sus cuatro hijos y cuatro nietos, espera afuera de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Puebla, para continuar con los últimos de la Caravana Migrante de camino a la Ciudad de México.
De la Caravana se enteró estando ya en Tapachula, Chiapas, y sin dudar se les unieron. Viajar en grupo es más seguro en un país con alta criminalidad en contra de los migrantes.
“Para mí es imposible volver a Honduras. Quiero pedir aviso en Estados Unidos, no quisiera regresar porque el riesgo es para toda mi familia”, cuenta tras aceptar que dejó todo, incluso su casa que seguro será ocupada por La Mara.
Yolanda Sifuentes viaja con sus hijos de 10 y 11 años. Madre soltera de otros tres a los que dejó con su abuela en Mazatenango, Guatemala; la venta de ropa fue insuficiente, por lo que decidió retomar estos caminos.
Experiencia migrante la tiene: seis años de vida y trabajo en Tapachula en restaurantes, y cinco más repartidos entre Phoenix, Los Ángeles y Florida, en Estados Unidos, donde se dedicó a la limpieza en hoteles.
“Para mí México no es opción, es igual que en mi país”, y lo dice sin recelo, con la certidumbre de la experiencia.
El temor de la temporada en la que se lanzó al camino en esta Caravana la pone a pensar. Tras su experiencia de cruzar el desierto en Altar, Sonora, sabe que no son tiempos para vivir esa experiencia, menos con sus dos hijos.
“Es más duro que esto”, más duro que un trayecto que ha pasado por tres estados y está a un paso de la Ciudad de México.
Ellas esperan junto con otro grupo de mujeres migrantes en su mayoría acompañadas de sus hijos. La dificultad de agarrar “jalón” de Córdoba a la capital las forzó a hacer escala en Puebla. Son parte de los rezagados de este periplo.
Esperan en el parque junto a la iglesia. Sus hijos juguetean mientras ellas desesperan frente a la promesa de transporte directo a la Ciudad de México. Un grupo de más de 40 hombres se les une. Todos esperan la salida a las 4 de la tarde, tiempo que se dilata hasta pasadas las 7 de la noche.
Una camioneta blanca entra por la 42 Norte, luego otra, así hasta juntar cuatro. Después un autobús. Sin pensarlo sujetan primero a sus hijos y luego sus pocas pertenencias repartidas en varias mochilas. Como pueden, se acomodan en las bateas, las de mayor suerte van en el autobús.
Son los últimos 125 migrantes, de acuerdo con la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, que llegarán la noche del lunes a la capital.
Mientras esperan en la batea, una de ellas lanza la pregunta: “¿Qué tanto llevaremos de camino?”, alguien por ahí responde: “Dicen que vamos a la mitad”. No gusta la respuesta. Piensa un rato antes de soltar la siguiente: “¿Cuantos días serán?”. “Depende el ritmo, pero unos 20 más”. No dice más, sólo voltea hacia otro lado haciendo una mueca.