Siempre me ha llamado la atención que la trilogía cinematográfica de añoranza del porfiriato (así se llama el género, no es broma), con las magníficas actuaciones de Fernando Soler y Joaquín Pardavé En tiempos de Don Porfirio (1939), Yo bailé con don Porfirio (1942) y México de mis recuerdos (1943) fueron filmadas apenas 30 años después de que Porfirio Díaz se marchó en el Ypiranga. ¡Qué rápido se empezó a extrañar a don Porfirio, a doña Carmelita, a José Yves Limantour y a toda la pléyade de científicos !

Y no porque a los revolucionarios les faltara razón para levantarse en armas, pero la cuestión es que apenas 30 años después, el porfiriato ya había sido idílicamente representado como una época dorada donde todos, peladitos incluidos, eran más felices que en 1940. No es de extrañar: de 1913 a 1938 se vivió una guerra intermitente, con etapas aparentemente pacíficas, porque la guerra no era general, se libraba por focos de insurrección. En 1940, las diferencias con el porfiriato eran visibles hasta en el modo de vestirse, pero los remanentes autoritarios nunca se fueron. Hoy cargamos con ellos y casi decimos que estábamos mejor cuando estábamos peor, es decir, entre el 2006 y el 2012. La verdad es que entre el 2013 y el 2016, lo peor se ha superado a sí mismo.

Lo anterior explica la nostalgia que algunos sienten por el panismo y Felipe Calderón. Y que algunos, muy nostálgicos, pretendan ir más allá postulando a Margarita Zavala como candidata presidencial del PAN… y que otros más, quieran votar por ella en el 2018.

Veamos las cifras en materia económica. En tiempos de don Felipe, la paridad del dólar varió apenas 2 pesos, de 10.99 pesos por dólar en el 2007 a 12.92 en el 2012. Del 2013 a la fecha, el dólar pasó de 13 a 20 pesos, con lo cual la devaluación del peso en los últimos cuatro años es de alrededor de 54% frente al poco más de 17% de todo el sexenio anterior. Un peso depreciado puede ser competitivo por el incremento en las exportaciones, pero un peso exageradamente depreciado da cuenta de la fragilidad de las finanzas públicas y estimula la fuga de capitales. Es cierto que entre el 2008 y el 2009 se vivió una crisis económica, que coincidió con la epidemia de gripe porcina, pero al final del sexenio, Calderón dejó una economía sana, con reservas internacionales más que suficientes. En el 2016, la economía, a pesar de la serie de reformas estructurales energética, telecomunicaciones, antimonopolios, hacendaria y fiscal está sostenida con alfileres, la inversión internacional es poca, debido a la inseguridad y tampoco repunta la inversión interna. El crecimiento del PIB pasó del 2006 al 2012 de 3.15 a 4.02, dando 13% de manera acumulada. La tasa de crecimiento del PIB en el 2013 fue de 1.36; en el 2014, de 2.25; en el 2015, de 2.46, y en lo que va del 2016, de 2.0. Bastante por debajo de las promesas de aquellos que dijeron que sí sabían cómo hacerlo. Es cierto que la salud macroeconómica no se reflejó tanto en el bolsillo de las personas, pero la inflación acumulada fue de 28.9% en todo el sexenio de Calderón. En los casi cuatro años que van del actual sexenio, la inflación es del orden de 13%, pero analistas como Jonathan Heath sostienen que tal cifra es inverosímil (confróntese Heath, 7 de septiembre del 2016, Reforma), pues si se toma como referencia el 2010, entonces la inflación acumulada en los últimos seis años y medio es de 28.9%, es decir, dos años de Calderón y los cuatro que van de Peña. Obvio, la inflación incide en el salario mínimo y el acceso a la canasta la básica, pues hoy se compra bastante menos, con la misma cantidad de dinero.

Y en seguridad

Ésa es la parte económica. Lo más grave es el tema de la seguridad, porque si bien lo económico tiene visos de solución mediante la venta de los activos petroleros, por ejemplo, la inseguridad cada vez es peor, a pesar del discurso gubernamental.

La estrategia calderoniana de combate a la inseguridad, ideada por Genaro García Luna, adolecía de un problema central: era demasiado trabajo de gabinete y poca estrategia inteligente aunque recursos de inteligencia sobraban a la hora del combate in situ. Algunos episodios hubo en los que efectivamente se logró poner un alto a la delincuencia, pero también hubo montaje, ruptura de cadenas de custodia que alteraron los resultados de las investigaciones, pésima integración de expedientes y, en consecuencia, una impartición de justicia muy deficiente. Caso paradigmático: Florence Cassez, acaso culpable, pero liberada por violación al debido proceso por parte de las autoridades ministeriales. Este caso provocó un roce diplomático entre los gobiernos de Calderón y su homólogo francés Nicolás Sarkozy. A la llegada de Peña Nieto al poder, el tema se destrabó, beneficiando la relación bilateral, pero dejando bastante maltrecha la percepción ciudadana de la impartición de justicia.

El nuevo modelo de seguridad para México, ideado por García Luna, fue bastante fallido en cuanto al combate al narcotráfico. La estrategia de acabar al mismo tiempo con todos los cárteles y propiciar el surgimiento de las autodefensas en zonas asoladas por la delincuencia organizada, no frenó el avance del narcotráfico, ni la producción ni la distribución ni el consumo de estupefacientes. En realidad, se trató de una estrategia parcial sustentada en la inteligencia y la inclusión de las Fuerzas Armadas, aunque sin tener muy claros temas como la reinserción y la reparación del daño que se quedó corta porque no contempló las variables culturales de su operación, como la corrupción.

Otro aspecto que se infravaloró en el sexenio calderonista fue el alcance del Plan Mérida; la ayuda norteamericana incluía, como en el Plan Colombia, aspectos para la reinserción social de los involucrados en la cadena de producción, distribución y tráfico de estupefacientes, así como programas para la reformulación de los sistemas de impartición de justicia. Las autoridades mexicanas no aceptaron esa parte y sólo se quedaron con los programas operativos de combate y los recursos.

A pesar de la ingente cantidad de muertos que dejó el combate a las drogas de Calderón 120,000 muertos, aunque se presume que son más, entre narcotraficantes, personal combatiente y civiles no involucrados el número de bajas del sexenio peñista no le va a la zaga: hasta febrero de este año, se calculaba que el número de víctimas del combate al narcotráfico ascendía a 64,000 personas. De seguir así la tendencia, superará al sexenio anterior.

Como sea, en tiempos de don Felipe, la libertad de expresión y las instituciones fueron mucho más respetadas. En el 2012, movimientos como #Yosoy132 se pudieron manifestar en paz; en cambio, desde el 2013, las manifestaciones de la CNTE han provocado que los niños oaxaqueños lleven dos años perdidos, sin contar el negativo impacto económico.

Si a don Porfirio lo extrañaban 30 años después, cómo estará el asunto que a Calderón se le extraña apenas cuatro años más tarde. ¡Quién lo hubiera dicho el 30 de noviembre del 2012!

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